David H. López
David H. López

Faltan dos años para la elección presidencial y más allá de encuestas, rostros y pretensiones, es importante que nos detengamos a comprender la dinámica que determinará la pelea por el poder.

Como lo comentamos hace una semana la narrativa globalista está herida de muerte a raíz de la conducción que ha dado a la agenda nacional el presidente López Obrador. Eso incidirá en la forma de hacer campaña y en los mensajes que buscarán colocar quienes aspiren a gobernarnos.

El discurso de modernidad globalista chocará con la realidad de un mundo que se desglobaliza y se mueve hacia regionalismos. Se le contrapone una visión que tiene una alta carga de conciencia social y procura la gestión de la desigualdad. Todavía hay quienes lo dudan y por eso no atinan a explicarse el viraje hacia la izquierda que está dando Latinoamérica, tendencia que se pronuncia con la elección del nuevo gobierno en Colombia.

Otro elemento es el abordaje de los problemas que aquejan un México pospandemia. Y no pospandemia porque estemos fuera de peligro del Covid y otros males que crecen con alevosía, sino porque a estas alturas el mundo y México son otros después del inusitado encierro que se vivió en 2020 y que paralizó al mundo.

Aunado a la recuperación económica el abordaje de los temas que nunca se fueron con el Covid se planteará diferente. Seguimos siendo humanos, viviendo “donde mismo”, inclusive detuvimos el frenético uso de las mascarillas, pero la interacción social y la vida misma resultaron trastocadas por la pandemia y sus derivados.

Los temas seguirán siendo corrupción, inseguridad y pobreza, pero el escenario se tiñe del condicionante pandémico. Nadie podrá negar la fragilidad e impreparación con la que nos tomó el Covid y en el fondo todos se deberán enfrentar a ese elefante en la sala. De hecho, quien mejor lo haga tendrá mayores posibilidades de asumir el control de la conversación.

Lo que nos lleva a un tercer elemento que condicionara la contienda electoral: los jugadores frente al electorado. Y en ello saltan a la vista sus atributos personales.

Llama la atención un elemento poco aludido, otro “elefante en la sala”. En 2018 elegimos como presidente a un político con un magnetismo personal como muy pocos se han conocido en el país y ese atributo no es transmisible en automático.

Ni Sheimbaum, ni Ebrard, ni Adán Augusto tienen lo que los teóricos de la ciencia política llaman, “carisma”.

Les fue suficiente tener a un lado al irrepetible Andrés Manuel López Obrador. Cuando la ocasión ameritaba, cuando se justificaba en el trazo de campaña, aparecían juntos en el templete. Le funcionó a Ebrard en 2006 para ser Jefe de Gobierno, y a Sheinbaum en el 2018 y a Adán Augusto López hace 4 años para ser gobernador de Tabasco.

No están donde están por tontos. Son competentes y sagaces y cuentan con la confianza del líder de la 4T.

El problema es esa fuente weberiana de legitimidad llamada carisma. Ninguno despierta las pasiones que AMLO.

Allí es donde podrían crecer opciones que muevan fibras (para bien y para mal), y donde figuras como la de Gerardo Fernández Noroña, pueden resultar disruptivas para vigorizar la contienda. Eso es lo que podrían decirnos los 14 nada despreciables puntos promedio que arroja en población abierta la popularidad de Fernández Noroña en encuestas como la de México Elige.

A la oposición los factores le afectan en un fuerte conflicto ideológico que choca con la corriente narrativa mundial. En un mundo donde las cadenas de suministro se desglobalizan, enarbolar las arengas “ganadoras” y “de competitividad” los volverá, para hablar en sus términos, “fuera de lo in”. Aunarle a ello la falta de figuras carismáticas; acaso, la posible excepción de Colosio, cuya administración regiomontana no ha terminado de develarle piernas de presidente.

 

 


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