¿Dónde está el pecado?
Arturo Nahle García
Lunes 8 de marzo de 2010
La semana pasada fue marcada por el escándalo derivado de un convenio suscrito en octubre por los dirigentes nacionales del PAN y PRI, con el mismísimo titular de la Secretaría de Gobernación como testigo de honor. En el polémico documento, los firmantes se comprometen a no hacer alianzas electorales con el PRD.
El documento, lo ocultaron, luego lo negaron, después lo incumplieron y al final tuvieron que aceptar su existencia; el secretario de Gobernación renunció a su militancia en el PAN y el presidente Calderón sigue jurando y perjurando que nunca tuvo conocimiento del acuerdo, que sus subalternos lo hicieron sin su autorización.
Yo creo que la concertación política es válida, sobre todo cuando a ningún partido le alcanzan los votos para sacar adelante sus propuestas legislativas; si no hubiera acuerdos entre las distintas fuerzas caeríamos en la inmovilidad, en la parálisis del país y hasta en el caos.
La concertación política no sólo es común y conveniente, es ineludible en todas las sociedades plurales y en todas las democracias del mundo.
Eso fue lo que hicieron el año pasado Fernando Gómez Mont, secretario de Gobernación, y César Nava, presidente nacional del PAN; hicieron acuerdos políticos con el PRI para sacar adelante la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos de la Federación. No es la primera vez que sucede, siempre ha sucedido así, año tras año.
¿Por qué los diputados federales del PRI votaron a favor las propuestas económicas del presidente Calderón? ¿A cambio de qué?
Primero hay que aclarar que los priístas no votaron a favor de la propuesta inicial del presidente de la República, la modificaron de manera sustancial porque la propuesta original era sumamente lesiva para la mayoría de los mexicanos.
Segundo, quiero creer que lo hicieron con el convencimiento de que las medidas económicas adoptadas eran las más convenientes para hacer frente a la grave situación económica por la que atraviesa el país.
Tercero, lo hicieron porque el presupuesto consideró un importante incremento de recursos para sus estados, para sus gremios y sectores.
Cuarto, en cada comisión, cada diputado y cada grupo parlamentario hicieron su gestión y negociaron su voto; una carretera por aquí, un hospital por allá, una partida especial o un subsidio más allá, etcétera. Siempre es así, es absolutamente normal.
Los únicos que no funcionan de esa manera son los perredistas, ésos siempre votan en contra de incrementar los ingresos, pero son los primeros en pedir que se incrementen los egresos a favor de sus clientelas. ¡Populismo puro!
Pero en la aprobación del paquete económico o de reformas trascendentes también hay acuerdos de otra naturaleza, yo los llamaría de convivencia política; si te voy a ayudar en esto, tu ayúdame en esto otro, no se vale que con una mano me saludes y con la otra me apuñales.
Eso fue lo que sucedió en octubre del año pasado, el PAN-Gobierno y el PRI construyeron acuerdos para continuar con una “civilizada” convivencia política. ¿En qué consistió el acuerdo? Muy simple, en el terreno electoral no te juntes con los que no se juntan con nosotros en el terreno legislativo, ¿lógico no?
¿Entonces en dónde está el pecado del convenio suscrito entre el PAN y el PRI? El pecado está en haberlo firmado porque los acuerdos para la convivencia política regularmente son “pactos de caballero”. Así lo hicieron Ulises Ruiz, Fidel Herrera, Mario Marín y otros gobernadores; comprometieron el voto de sus diputados a cambio de obras y programas etiquetados en el presupuesto, lo demás quedó a la palabra.
Los que no confiaron en la palabra del gobierno y del PAN fueron Peña Nieto y Beatriz Paredes, ellos optaron por estampar los acuerdos políticos en un documento protocolizado.
Que razón tenían el mexiquense y la tlaxcalteca. Está visto que los señores de la derecha no tienen palabra, no son de fiar, ése es su pecado y en el pecado llevarán la penitencia. En lo que resta del sexenio difícilmente podrán volver a concretarse acuerdos políticos gobierno-PRI, y los acuerdos entre el PAN y el PRD serán coyunturales e insuficientes; ello presagia inmovilidad, parálisis y todo porque al presidente le interesan más las elecciones que el avance del país. Qué pena.
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