Pisar en tierra firme, cuestión falaz
Francisco Javier Acuña (*)
Lunes 8 de marzo de 2010
Según los entendidos, el terremoto de Chile y sus constantes replicas han causado la variación del eje terrestre. El asunto es muy complejo para quienes nada, o muy poco, sabemos de esos temas y no es un signo favorable. Si fue luminoso el poético reproche musicalizado de Mario Benedetti: “El sur también existe”, en torno a las asimetrías del norte rico y del miserable sur, hoy, nuevas y distintas noticias preocupantes provienen de esa latitud, en la Antártida se fragmentan los témpanos de hielo formados hace millones de años; se cimbra fuerte la Tierra y se ha inclinado más el eje que sostiene a la humanidad giratoria.
Resulta curioso que, como en la Edad Media, debamos reconocer aquello que por obvio se nos olvida: que la Tierra es redonda, por dentro eruptiva y de vez en cuando trepida. En pocas palabras, y al margen de los avances tecnológicos (incluidos los inútiles sismógrafos), deliberadamente ignoramos lo que es un dato irrebatible: que no hay tierra firme. Literalmente, se nos mueve el piso en plena era posindustrial, yendo más lejos, como los ancestros primitivos, volvemos a vernos desnudos y despavoridos en la noche de los tiempos, errantes e impotentes como nómadas asustados por la naturaleza y sus poderosos embates, el pavor a la destrucción de las ciudades nos hace mella y en el subconsciente pensamos en soluciones prehistóricas, miramos a la copa de los pocos árboles que nos quedan en busca de un refugio más seguro cuando no cesa de temblar como en la comarca chilena.
La primeras civilizaciones miraron al firmamento, en él encontraron las claves del Universo; pero ante terremotos y tsunamis cada vez más destructivos, suspendemos la astronomía y retornamos con emergencia a comprender los enigmas de la geología, urge asimilar los nuevos perímetros de la geografía, las venganzas hidrológicas y orográficas, cerros que inesperadamente se deslavan y lagos que resurgen en zonas pobladas.
Dejamos de lado la contemplación de la translación en torno al Sol para reconcebir los problemas de la rotación de la esfera terrenal sobre su propio eje, el que ladeado ya estaba y, más ahora, se ajusta el día: se ha modificado su duración, se apura el ritmo de las horas. Justo en esta semana los eruditos reconfirman la teoría que apagó la vida de los grandes saurios tras el enorme meteoro que cayó sobre la península de Yucatán causando la involución –el giro a la inversa del globo– y con ese reacomodo el enfriamiento progresivo, la era del hielo, el largo periodo invernal, que precisamente puso fin al calentamiento que entonces hubo en la aldea global. Lo dijo apenas Rossana Fuentes Berain: “no podemos evitar que choquen las placas tectónicas, pero sí podemos asegurarnos de las nuevas plataformas de nuestras vidas”, eso en un esfuerzo consciente; debiéramos tener previsiones de cara a una experiencia telúrica de gran magnitud como la que los agoreros predican que vendrá especialmente en el convulsivo Distrito Federal.
*Especialista en derechos humanos
fjacuqa@hotmail.com
