En las mismas…
Martín Carcaño
Martes 31 de agosto de 2010
Con veintitantos años de trabajo como taxista, un viejo amigo espera que algún día se agoten, aunque sea nada más en Zacatecas, los viejos esquemas de corruptelas que imperan desde hace muchas décadas en el país nuestro de todos los días. Me lo dijo a su modo, pero, en síntesis, es, palabras más, palabras menos, que “los ganones de los negocios del poder siempre son los mismos, y los que sí nos la partimos seguimos jodidos”.
Más allá de colores partidistas, mucho más allá de pretensiones de modernidad democrática está la necesidad cotidiana de llevar pan a la mesa, de vestir a los hijos y procurarles los mínimos apoyos necesarios para que no dejen de ir a la escuela, para que traten de cambiar su destino.
Mi viejo amigo ha recurrido a mil tretas para convencerse de que le conviene “más mucho”, así dice él, continuar hasta que las fuerzas le alcancen como sub-empleado de un concesionario de transporte público, porque no debe preocuparse por que le falten llantas al coche de alquiler, por que se ocupe una afinación, por el pago del seguro o por la reposición misma del vehículo. “Que se las arregle el patrón, para eso gana un buen dinero”, comenta a manera de conforme actitud.
Pero no ha dejado de soñar, por más que pasen los años. Piensa que algún día, sea como sea, a alguien se le habrá de ocurrir una revisión a fondo de las concesiones de taxis y de camiones urbanos.
Hasta ahora, según me dice, sólo los dirigentes (¿?) sindicales, sus familias y hasta sus compadres obtienen uno, dos o hasta tres permisos oficiales para el servicio de pasajeros, y los auténticos ruleteros y choferes, en general, siguen en las mismas. Cada tantos meses deben pagar, por su cuenta, el Seguro Social, y mejor ni hablar de conseguir una casita propia.
En verdad quisiera decirle a mi viejo amigo taxista que hay esperanzas de un cambio, pero no me lo va a creer, porque está muy difícil que eso ocurra. Ambos lo sabemos, para qué carajos nos hemos de engañar. En su mente se han difuminado, al paso del tiempo, decenas de promesas, de sueños que no llegan a convertirse en realidad.
Ojalá tuviésemos la certeza de que está por comenzar un gobierno honesto, distinto, pero… no la tenemos.
Ojalá pudiésemos saltar de alegría y esperar, ya sólo unos días, que la revolución le haga justicia a quienes “se la parten a diario”, como los sub-empleados del transporte público, pero todavía ni se acomoda el equipo de gobierno. ¿Caben, aun así, los milagros?
Seguiremos en las mismas, la nana de tal, el hijo de doña Perenganita, la comadre de doña Fulana y hasta los agentes de Tránsito se van a quedar con las nuevas y sexenales concesiones que cada cierre de gobierno se reparten para saldar cuentas menores.
De salida
¿Quién será el nuevo director de asuntos viales? ¿Un concesionario de taxis?
El león no es como lo pintan…
