De política y cosas peores
Armando Fuentes Aguirre/Agencia Reforma
Viernes 23 de julio de 2010
La niñita estaba aprendiendo acerca de las horas, los minutos y los segundos. Le pregunta a su papá: “¿Qué es un segundo?”. Interviene la mamá de la pequeña: “A tu padre no le preguntes eso. Él ni siquiera recuerda ya qué es un primero”… El hombre joven le mandó un mensaje a la consejera sentimental del diario comarcano: “Trabajo en un aserradero en la montaña. Con frecuencia me acometen intensos ímpetus eróticos, sobre todo por la noche, y no hay una mujer en 50 kilómetros a la redonda. ¿Qué debo hacer? ‘Desesperado’”. Le respondió la consejera: “Querido Desesperado: en tu mano está la solución”… La empleada de la tienda de ropa le pregunta a la señora: “¿Cuáles son las medidas de su esposo?”. Contesta ella: “Cabeza: medium; abdomen: large; y lo demás, small”… ¡Ya está en prensa, y pronto estará en las librerías, mi nuevo libro de la serie La Otra Historia de México! Más de dos años de ímprobos trabajos quedaron finalmente coronados cuando entregué a mis amigos de Diana, Grupo Editorial Planeta, el original de esa obra cuyo título es: “Díaz y Madero: la espada y el espíritu”. En sus páginas hago la crónica de la Revolución, uno de los períodos más apasionados y apasionantes de la historia mexicana, y describo a sus personajes como fueron, con sus grandezas y miserias, sus aciertos y errores. Me ocupo también en disipar los mitos que han velado a algunas de las figuras principales de ese movimiento, y hablo de los tremendos crímenes y los mayúsculos fracasos de esa que la historia oficialista llama “la gesta revolucionaria”, y que en algunas de sus etapas no fue sino una feroz pugna de hombres que luchaban entre sí por el poder. Contiene además el libro un rico anecdotario de sucesos, a veces trágicos, a veces cómicos, que nos dan el retrato cabal de ese tiempo y de quienes lo vivieron. Con esta obra culmina el ciclo de los tres grandes acontecimientos en que se finca nuestra historia: la Independencia, que traté en “Hidalgo e Iturbide: la gloria y el olvido”; la Reforma, sobre la cual escribí “Juárez y Maximiliano: la roca y el ensueño”, y ahora la Revolución, con “Díaz y Madero: la espada y el espíritu”. Mis editores tuvieron la generosidad de decirme que este libro es aún mejor que los anteriores. Espero que tú, uno de mis cuatro lectores, completes la colección, y leas mi nuevo libro con el mismo bondadoso interés con que leíste los otros dos… Pudicio, joven catequista, tenía escrúpulos de conciencia. Ya se sabe lo que es la conciencia: es la esposa que todos los hombres llevamos dentro. Es esa parte de ti que sientes mal cuando en todas las demás partes estás sintiendo bien. Es esa vocecita interior que te advierte que no hagas algo malo, porque después alguien podría descubrirlo. Es ese sentimiento que no tiene la fuerza suficiente para evitar que busques el placer, pero sí la tiene para impedirte gozarlo. Es aquello que nos dice lo que los demás deberían hacer. Poseído por escrúpulos de conciencia, Pudicio fue a confesarse con el Padre Arsilio. Le dijo: “Me persiguen las tentaciones de la carne”. Lo amonestó el buen sacerdote: “Huye de ellas”. “Lo intentaré, señor cura -prometió Pudicio-. Pero ¿me autoriza usted a huir despacito?”… Eglogio, labriego mocetón, sentía urentes ansias de gozar a Bucolina, zagala en flor de edad. Sin embargo no sabía cómo tratarle el punto, si me es permitida esa expresión urbana. Cierta noche la visitaba en su casa, y al toro de la finca se le antojó de pronto cumplir el rito natural con una vaca. Eglogio vio en aquello una ocasión propicia para declarar su férvido deseo, y dijo a Bucolina: “¡Cómo me gustaría hacer lo mismo!”. Replicó ella: “Mis papás no están en casa, de modo que puedes hacerlo. Aunque, la verdad, no sé si eso le gustará a la vaca”… FIN.
Mirador.
Estoy ahora frente al mar.
Eso quiere decir que estoy frente a la vida.
En la terraza de la pequeña casa de madera leo un libro.
Eso quiere decir que me alejo de la vida.
El libro trata acerca de las conchas y los caracoles marinos. A mí me gustan esas joyas de la naturaleza. Algunas tienen simetrías euclidianas; otras muestran redondeces y curvas de mujer. Sus nombres son igualmente bellos y armoniosos. Ancilla… Turbinella… Babylonia… Calpurnus… Columbella… Strombus… Terebellum… Livonia… Turritella…
Este mar, tan igual a sí mismo, y tan distinto, guarda hermosas criaturas por miríadas. Y también guarda infinitos nombres de hermosura. Oigo cómo las olas rompen en la playa, y su sonar no me parece ya monótono. Llega en ellas la voz de esas palabras melodiosas: Ancilla… Babylonia… Columbella… Y ya no escucho olas: oigo música.
¡Hasta mañana!…
Manganitas.
“… Avanza México en campeonato de futbol femenino…”.
Eso que ahora sucede
nos debe enorgullecer:
avanza el futbol mujer,
y el de hombres retrocede.
