Alberto Anaya
Enrique Laviada
Jueves 25 de febrero de 2010
Hacia principios de los años setenta surgió en nuestro país una corriente política inspirada en la revolución China y en las ideas de Mao Tse Tung.
Para sus precursores, a las teorías de Marx, Engels y Lenin se agregaba una tercera etapa o era en la que debería predominar la “Línea de Masas” en la que se inspiraban los grandes cambios del enigmático gigante oriental.
Las ideas maoístas influyeron especialmente en los ambientes intelectuales y universitarios desde donde, muy pronto, se exportaron a las colonias populares y los corredores industriales en los que se concentraba una clase obrera animada por la lucha en pos de mejores condiciones de vida y en contra del llamado “charrismo sindical”.
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Al frente de esa corriente se encontraban hombres y mujeres de indudable inteligencia y entrega hacia las causas populares, entre quienes destacaron Armando Bartra, Miguel Lanz, Adolfo Orive, Saúl Escobar, Jorge Calderón, Rosario Robles, Armando Quintero, Luis Hernández y Alberto Anaya, entre otros.
Con la consigna de “servir al pueblo”, tal y como lo recomendaban las enseñanzas del presidente Mao, se lanzaron a construir una nueva alternativa dentro de la izquierda que se contraponía al “reformismo” y el “colaboracionismo” de quienes hacían filas en el Partido Comunista Mexicano.
Esto es algo que durante largos años los condujo por “el sendero de la lucha social” y en abierta contraposición a la participación electoral y dentro de la “legalidad burguesa”.
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Para mediados de los ochenta, los grupos maoístas, hasta ese momento dispersos, decidieron formar una sola organización a la que denominaron, si la memoria no me es infiel, Organización de Izquierda Revolucionaria “Línea de Masas” (por sus siglas, OIR-LM) a la que se sumaron nuevas camadas de militantes, entre los que podría nombrar, para que el lector tenga una idea de sus orígenes ideológicos, a Clara Brugada, la actual jefa delegacional de Iztapalapa.
Pero pronto sobrevino la división de la OIR-LM y una parte de sus fundadores se sumaron a la insurgencia electoral encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas en el entonces denominado Frente Democrático Nacional que triunfó en las elecciones presidenciales de 1988, a lo que siguió la famosa caída del sistema y la imposición de Carlos Salinas de Gortari en la presidencia de la República.
La mayor parte de esos dirigentes forma ahora parte de distintas “tribus” dentro del PRD, aunque se sabe que mantienen contacto en una especie de vida política paralela y llena de nostalgia doctrinaria.
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La otra parte de esos dirigentes siguió a Alberto Anaya y a otro destacado negociador llamado José Narro, quienes fundaron el Partido del Trabajo.
Esa nueva expresión del maoísmo se encontraba ligada desde hacía mucho tiempo a un personaje que más tarde haría historia en los anales del desastre moral del país. Su nombre es Raúl Salinas de Gortari.
Con “el compa Raúl”, estos ingeniosos maoístas sacaron todo el jugo imaginable al programa nacional de Solidaridad y lograron el registro electoral de su partido.
Para entonces, la Gran Revolución Cultural Proletaria era nada más que un recuerdo y sus antiguos exponentes se encontraban absortos en el pragmatismo del poder, las listas plurinominales y el manejo de enormes cantidades de dinero.
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Acertijo:
Esta historia continuará.
