Otrora
Enrique Laviada
Lunes 30 de agosto de 2010
En la inauguración de la cátedra de cine Ingmar Bergman, la gobernadora Amalia García hizo una frase de ésas que, a escasos días del final de su sexenio, ya podrían comenzar a extrañarse:
“El cine transforma a la gente y la transporta a otros lugares”.
Me comentan que algunos de los congregados en ese evento con La Señora (así le decían) y el escritor Sealtiel Alatriste recordaron entonces a la joven comunista.
Se llamó Amalia, y otrora los inspiraba.
Quienes me relataron esto describieron la añosa línea del metro que corre desde el lejano norte del DF hasta el antiguo pueblo de Tacuba, específicamente por la estación General Anaya, en Churubusco y su meca del cine mexicano, la Cineteca Nacional.
A pesar del incendio que acabó con el inmueble, aún pasea por allí el recuerdo de la joven comunista ferviente, generosa y llena de ideales que recorría el lugar con varios periódicos bajo el brazo.
Se llamó Amalia, y otrora los arengaba.
La Cineteca Nacional era un punto de reunión obligado de la intelectualidad, sobre todo de los jóvenes de izquierda, con las muestras internacionales de cine, a las que se acudía no sólo con puntualidad, sino también con disciplina estética.
Durante esos años la discusión entre ellos era clara: o se convertían en un sector que provocara los cambios necesarios en el país mediante el reformismo, lo electoral, o los arrastraban mediante la fuerza… la revolución, pues.
En ese contexto Amalia García era una militante que optaba por el primer camino, el de la lucha electoral, y reflejaba una gran magnanimidad, una frescura que tenía la gente que se esforzaba por cambiar el mundo, como muchas otras compañeras de utopía.
Se llamó Amalia, y otrora los sorprendía.
Bergman era uno de los cineastas favoritos de esos jóvenes de izquierda, quizá porque, como él mostraba en cada obra suya, los integrantes de tal generación estaban obligados a enfrentar tanto los grandes dramas sociales como los individuales.
El artista grababa entre cuatro paredes, muy lejos de las grandes producciones comerciales, con un par de cámaras y una enorme profundidad estética fijada en las actitudes de sufrimiento o felicidad repentina.
Antes y después de cada función, “la compañera Amalia” (así le decían) se acercaba y les ofrecía el periódico llamado Oposición, órgano informativo del Partido Comunista Mexicano
(PCM).
Se llamó Amalia, y otrora los convencía.
A esa muchacha peinada con cola de caballo la identificaban los luchadores sociales que, en plazas y cafés, en salas de cine, salones de la facultad y la calle, insistían en conquistar la libertad, la revolución y, sobre todo, la justicia.
La joven García era más que su papá ex gobernador; ella sí quería una sociedad donde tuvieran voz todos y todas.
Era la joven comunista.
Se llamó Amalia, y otrora los ayudaba.
Acertijo:
Lo dicho: la lucha más difícil es la que se libra contra uno mismo.
