NATALIA PESCADOR/NTRZACATECAS.COM
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MADRID. Las últimas tardes en la Feria de San Isidro se mantenía en la tónica de toros mansos y descastados, por lo que nadie imaginaba lo que sucedería este miércoles en la esperada Corrida de la Beneficencia, en la que dos toreros consiguieron la salida en hombros por la Puerta Grande, y con ello regresó la grandeza y el respiro que necesita el toreo.

José María Manzanares cortó dos orejas, aunque faltó el rabo que con tanta fuerza solicitó el respetable, pero lo que queda en la memoria es la naturalidad y pureza de su toreo, esa faena a Dalia, de 588 kilos, de la ganadería de Victoriano del Río, quien, además, marcó el reencuentro con la afición madrileña, al revivir un romance… la espera valió la pena.

Manzanares fue punto y aparte. Dimensionó el temple excepcional que posee, siempre plagado de una parsimoniosa entrega en la que antepone el tiempo y la distancia. Toreó en cámara lenta, con empaque, cadencia, ritmo y, sobre todo, un sentimiento que emana de las manos que dibujan y pintan el arte. Su faena al tercero de la tarde fue mágica, con derechazos estéticos y de clase. Con dulzura corrió la mano, los naturales largos, de aquí hasta allá, como decían los cronistas de antaño. Con esos naturales que intercalaba con derechazos armoniosos provocó el éxtasis en los tendidos. La Corrida de la Beneficencia llevó por nombre Manzanares, que a ritmo y compás deletreó cada trazo hondo y profundo.

López Simón también abrió la Puerta Grande, y si bien tuvo una buena actuación, las dos orejas concedidas fueron un exceso, y así lo hizo ver la afición, que protestó con fuerza. El diestro madrileño dejó momentos de mérito, sobre todo con el primero de su lote, y aunque hizo el toreo correcto, nunca llegó a encumbrarse ni a alcanzar la rotundidad, de ahí que su salida en hombros tenga un valor distinto. Quien volvió a pasar inédito en su cuarto y último paseíllo en la Feria de San Isidro fue el francés Sebastián Castella, quien se fue de vacío, en silencio, y con un público que no estuvo más con él.

En el vigesimoséptimo festejo de la Feria de San Isidro se lidiaron cuatro toros del hierro de Victoriano del Río, y dos más de Toros de Cortés, todos bien presentados, desiguales de juego, sobresaliendo por nota el quinto, del hierro de Victoriano del Río, quien fue el que lidió Manzanares, el cual fue aplaudido con fuerza en el arrastre; protestó el público porque no se le concedió la vuelta al ruedo.

 

Sebastián Castella

Impuesto, de 541 kilos, primero del festejo fue para Sebastián Castella, quien destacó en un quite por chicuelinas. Su faena de muleta la brindó al rey emérito Juan Carlos I, y después se dirigió a las cercanías del Tendido 5, en la zona de sol, para iniciar con estatuarios ante un toro que perdía las manos. El toro de Victoriano del Río tuvo nobleza, pero poca fuerza, y Castella lo entendió para llevarlo con mucha suavidad y buscar meterlo al engaño en dos primeras series por pitón derecho. Continuó con la muleta muy baja y en la tercera tanda los muletazos fueron ligados con temple y calidad; probó por el izquierdo, pero el toro fue más deslucido. El torero apostó por seguir por el pitón donde el toro fue más potable, cogió de nueva cuenta la muleta con la mano derecha, pero el toro ya se había ido a menos, dio medias embestidas. Estocada tendida y el toro no dobló, tomó la espada corta, falló en varios intentos para escuchar un aviso y retirarse en silencio.

Corchero, de 540 kilos, fue el segundo del lote de Sebastián Castella, quien estuvo discreto con el capote. Brindó al respetable y lo esperó en los medios para iniciar con un cambiado por la espalda, ligó después el toreo por el derecho. En esa misma senda continuó su faena, en la que siempre el toro llevó la cabeza a media altura, sin humillar; por ello, la faena tuvo poco contenido, esforzada, pero sin brillo, por el izquierdo, muletazos aislados, y al final apostó por estar en las cercanías, pero el esfuerzo tuvo poco eco. Pinchazo, estocada defectuosa, un aviso y silencio.

 BENEFICENCIA 1-JOSÉ MARÍA MANZANARES

José María Manzanares

Soleares, de 576 kilos, primero del lote de José María Manzanares, quien tuvo algunos destellos en el saludo con el capote; tras la suerte de varas tomó el capote López Simón, quien se adornó en un quite por chicuelinas. Brindó su faena al rey Juan Carlos I, para toparse con un toro que fue deslucido, complicado el quehacer muleteril del alicantino, que no terminó por encontrarse. El toro, además, se metía y resultó todavía más difícil. Certero con la espada, fue silenciado.

Dalia, de 580 kilos, segundo del lote de José María Manzanares, quien lanceó con suavidad para dibujarse con pintureras verónicas, fundiéndose también por ceñidas chicuelinas. Brindó al respetable y en la cercanía de las tablas dejó pinceladas de su toreo artístico como prólogo de su faena. Con la mano derecha toreó con mucha despaciosidad, llevando la muleta suave, con tersura, y surgió así el arte y clase del alicantino, que también alcanzó grandes momentos cuando toreó al natural, estético y acompasado, acompañándose con la cintura, para así comenzar a dar forma a la mejor faena de lo que va de la Feria de San Isidro.

Toreando a placer, a compás, como decía el maestro Belmonte, despacio y sin prisas, embelesándose de calidad, con los trincherazos únicos e irrepetibles, así como esos cambios de mano que detenían el tiempo. Un toro noble que, además, tuvo ritmo y que estuvo entregado a la muleta de Manzanares que siguió plagando de plasticidad con naturales, una auténtica sinfonía del buen toreo en una faena de antología. Deletreó la suerte suprema, mató recibiendo y el toro dobló, concediendo el presidente del festejo las dos orejas a pesar de la fuerte petición que se tuvo por parte del respetable de que se otorgara el rabo. El toro, que merecía la vuelta al ruedo, tuvo que ser ovacionado en el arrastre por otro error cometido por las autoridades.

 

López Simón

Vampirito, de 530 kilos, tercero del festejo, permitió a López Simón jugar bien las manos, lanceó con calidad por verónicas para rematar con una vistosa media. Brindó su faena al rey emérito Juan Carlos I, para comenzar toreando por alto. Surgió –tras someterlo– una primera serie con mucho mando y verdad por la diestra, y fue ahí donde continuó toreándole con clase, siempre correcto y esperando al toro, que de pronto se paraba. Muleta poderosa la del joven diestro que supo poner la chispa de emotividad que le hacía falta al toro. Por el izquierdo, acompañó el trazo con la cintura, con detalles de gran calidad. Una serie más con la que terminó por romper su faena, que consiguió transmitir con mucha fuerza. Se tiró a matar con determinación, fue prendido al momento del encuentro, se llevó la voltereta sin mayores consecuencias; el toro dobló, se asomaron los pañuelos y se concedieron dos excesivas orejas, que terminaron por ser protestadas.

Con el sexto del festejo y segundo de su lote, López Simón fue a recibir a porta gayola a Ebanista, de 507 kilos, un toro al que le faltó fondo y que se empleará más; pisó en la faena de muleta terrenos comprometidos, pues el astado lo obligaba a cruzarse y acortar la distancia para ganar la intención. En todo momento el torero estuvo esforzado, y con valor para en la suerte suprema dejar la espada trasera y tendida, tardó el toro en doblar. Se tuvo ligera petición de oreja y terminó por saludar en el tercio.


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