NATALIA PESCADOR | NTRZACATECAS.COM
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MADRID. Hay celebraciones que se tienen que postergar, y Miura tendrá que hacerlo. Son 175 años de una ganadería legendaria y mítica, que en este 2017 buscaba el triunfo en grande para honrar sus inicios.

Este domingo, en San Isidro, no pudo ser, al presentar un decepcionante encierro del que, paradójicamente, dos de los toros que fueron devueltos a los corrales correspondían al torero de casa, Dávila Miura, quien después de una década de haberse retirado de los ruedos anunció que mataría en Pamplona, Sevilla y San Isidro los toros de la finca de Zahariche.

El destino es así, azaroso, y nada se puede hacer, Dávila Miura tuvo que lidiar toros de los hierros de Buenavista y El Ventorrilo, el segundo con una nobleza y calidad que aprovechó para ser ovacionado al final de su actuación, pero no, no fue con un Miura, como él lo había previsto.

Mansos y deslucidos resultaron los cuatro Miuras lidiados con los que la bravura no llegó, menos la emoción que conlleva el tan sólo anunciarse en cualquier plaza.

Las expectativas no se cumplieron en un frío cierre de la Feria de San Isidro que no pudo templarse ni con la ola de calor que durante la corrida se sintió, cuando el termómetro superaba los 36 grados.

Rafaelillo, guerrero incansable que ha librado las más duras batallas frente a los Miuras, no dejó nada en el tintero; valor y entereza con el cuarto del festejo, un toro que probaba y medía, con el que se habló de frente, para imponer su raza y poderío, el costo, dos puntazos y una ovación justa que le tributó en reconocimiento la afición de Madrid.

La recompensa no llegó para Rubén Pinar, quien se llevó el lote más complicado, dos toros que no caminaron y cortaron de tajo la fe puesta con la que se llega siempre a Madrid.

 

Rafaelillo
Laneto, de 527 kilos, fue el primero de la tarde para Rafaelillo, quien bregó bien con el capote, enseñándole al toro y marcándole el camino. Dávila Miura buscó adornarse en un quite por verónicas, breve y con suavidad porque el toro blandeó con el caballo, y había que cuidarlo.

Muletazos por alto en el prólogo de faena de Rafaelillo, conocimiento y oficio le sobran a este torero, que entiende a la perfección a los toros de la finca de Zahariche.

Suavidad en el trazo como si el imponente reloj de Las Ventas no caminara; pareciera difícil entender que eso pueda lograrse con un toro procedente de este hierro.

Poco a poco buscó ir a más con ese fondo de nobleza que mostró el toro, lo intentó por el izquierdo y por aquí las virtudes se esfumaron, ante un toro parado que tan sólo dio pequeños momentos.

Por derecho tuvo un poco, pero poco más, humillaba pero no transmitía, haciendo evidente la falta de casta.

Para el torero ningún esfuerzo fue en vano, hizo cuanto pudo con el noble y soso. Pinchazo hondo y dos golpes de descabello para retirarse en silencio.

Torrijo, de 506 kilos, cuarto de la tarde. Muy bien con el capote, farol de rodillas y continuó así con un vistoso toreo y un soberbio remate; el toro dijo poco en el caballo, alguna virtud parecía haberle visto el torero, que decidió brindar al respetable la faena.

El de Miura se dejó en los primeros muletazos, bastaron unos cuantos segundos para que evidenciara su justa fuerza y transmisión, pues caminaba sin sentido.

El cambio de comportamiento lo llevó a mostrar su peligro, prendiendo de fea manera al torero que se sabía herido, pero decidió quedarse en la escena; así, con firmeza absoluta, dejó pases llenos de valor.

Lo toreó por la cara, así tenía que terminar su faena, de la que dejó tres cuartos de acero, suficiente para dar muerte al toro.

Rafaelillo saludó con fuerza en el tercio y después, por propio pie, acudió a la enfermería de Las Ventas.

 

Dávila Miura
Poca fuerza tuvo el toro Africano desde la salida, confirmando la mansedumbre con los caballos; en banderillas nada fue diferente y finalmente el presidente del festejo, Javier Cano, anunció el cambio.

Salió entonces el toro Iluminado, de Buenavista, de 580 kilos; con la muleta mostró fijeza y nobleza. Dávila Miura ligó una primera serie por la diestra, correcto en colocación y sitio, cuajó la segunda que tuvo menos lucimiento, apostando por el izquierdo, donde el toro se descomponía al embestir, yendo a media altura; no flaqueó el torero sevillano, quien se impuso por la diestra, dejando momentos de lucimiento, mostrando voluntad y esfuerzo, pero el toro cada vez iba a a menos. Mató al segundo viaje y fue silenciado.

No era la tarde de Miura con los Miuras, pues el quinto, también devuelto a los corrales, fue sustituido por Nauseabundo, de El Ventorrillo, el cual tuvo nobleza y calidad.

Dávila brindó al respetable y comenzó a doblarse con naturalidad, el toro repetía y se metió en el engaño del torero, que toreó con temple por la diestra, mejor la segunda serie en la que el trazo fue con mayor hondura y largueza.

La franqueza del toro también se mostró por el izquierdo, donde cuajó muletazos de nota, una tanda más de naturales sin ayudado.

Faltó un punto para que la faena cuajara y llegara a más, de ahí que surgieran las protestas de un sector del público que le dividió al final de su actuación, en tanto que al toro le aplaudieron en el arrastre.

 

Rubén Pinar
Rubén Pinar no tuvo tela para cortar con Zahonero, de 557 kilos, el tercero del festejo, que también fue protestado y que a la muleta llegó con peligro, metiéndose por dentro, por pitón derecho, y por el izquierdo no tuvo un sólo pase; ante el difícil panorama, el torero apostó por abreviar, estuvo pesado con el acero, por lo que fue silenciado.

Su segundo, Escogido, de 615 kilos, siempre estuvo a la defensiva, probando al torero con peligro; simplemente un toro que no tuvo nada de nada. Pinar nuevamente estuvo errático con la espada y fue silenciado.


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