STAFF | NTRZACATECAS.COM
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Alejandra tenía una imaginación incomparable y eso me ponía a pensar quién debió ser el escritor en realidad. Supongo que muchos de sus desvaríos, por llamar de alguna forma a las epifanías que atrapaba de la realidad, se debían, en primer lugar, a la herencia de una estirpe de adivinas que eran capaces de leer el futuro en los residuos del café turco en el fondo de una taza o el destino en las líneas engarzadas de la palma de una mano; y en segundo lugar, porque su profesión de bióloga le obligaba a pensar como científica. No creí que esto tuviera algún tipo de relación con la fantasía o la creatividad; pero cuando ella me explicaba múltiples conceptos, teorías o leyes con esa emoción prendida en sus ojos al transmitir algún conocimiento, me hacía comprender que teorías, como la selección natural de Darwin, nacen como cualquier cuento puede hacerlo: a partir de un momento de inspiración y clarividencia. Sin embargo, Alejandra sobrepasaba muchas veces los límites de lo cotidiano, quién en su sano juicio se levanta una mañana de junio diciendo que soñó con el nacimiento del sistema solar.

—Menos mal que no me despertaste inoportunamente— me dijo en aquella ocasión.

Le pregunté por qué lo decía y me explicó de manera detallada cómo en su sueño las reacciones caóticas de una nube molecular conformaron al sol y a los planetas rocosos y gaseosos; cómo fue que la tierra, después de un proceso violento, se enfrió y dio lugar a los aminoácidos, que empezaron a formar células y de allí organismos inverosímiles que colonizaron todo el ambiente que se dejara. Habló también de las extinciones, de las adaptaciones provocadas por la mutación de algún gen al azar, de la sobrevivencia del más fuerte, de los movimientos de las masas continentales, de la gran variedad de especies, del hombre y sus largos viajes evolutivos hasta establecerse en sociedades, de la caída del Imperio Romano de Occidente, de la Guerra de los Cien años, de la imprenta, de los poemas del Romancero Gitano. Luego comentó también que en su sueño vislumbró su nacimiento y el mío, la manera como nos conocimos y cómo llegamos hasta el pequeño departamento donde nos encontrábamos.

—Y esa clase de brevísima historia, qué tiene que ver con que te hubiera despertado de manera inoportuna.

—Que si lo hubieras hecho cuando mi sueño apenas se desarrollaba en la Guerra Fría, mi mente hubiera quedado suspendida a medio camino de la luna, y tú y yo ni siquiera habríamos nacido.

Su oración para mí no tenía ningún sentido; pero a veces debía aceptar las reflexiones de Alejandra como fatalidades irrefutables (a pesar de que eso contravenía al método científico que ella intentaba aplicar a cabalidad), porque su lógica era difícil de contradecir.

Por tales motivos fue que nos metió en aquel embrollo cuando recién estudiaba el tema de evolución. Corría el mes de enero, Alejandra apenas había pagado el ingreso a un nuevo semestre y no llevaba ni dos semanas de leer los postulados de Buffon, Lamarck, Darwin y Wallace cuando comenzó a elucubrar sus suposiciones fantásticas.

—Imagínate que hay cosas de la evolución que no podemos ver— me dijo, con un libro entre las manos, en el que en una de sus páginas aparecía un grupo de jirafas con diferentes tipos de cuellos (unos más largos que otros) intentando alcanzar la copa de un árbol.

—Cómo cuales— le pregunté. Ella sonrió, mirando el vacío.

—No lo sé, por ejemplo, por poner un caso, los cazadores de microbios como Pasteur o Leeuwenhoek nos dieron las pautas necesarias para entender que la vida no se origina de manera espontánea, sino que existen microorganismos invisibles para nuestros ojos, que continuamente se reproducen e invaden todas partes— luego permaneció callada, con los ojos clavados aún hacia la nada.

—Ok. ¿Y luego?— dije con gesto de extrañeza.

—Pues, si entendemos que el motor de la evolución son las mutaciones del ADN y la selección natural, es decir, la sobrevivencia del más fuerte o del más apto, podrían suceder eventos ahora mismo, entre cualquiera de las diez o cien millones de especies estimadas para el planeta, de los que sabríamos— dicho eso, los dos permanecimos en silencio: ella porque continuó sumergida en sus abstracciones, y yo porque no entendí nada y no quería verme como un imbécil.

Sin embargo, eso no fue lo insólito, porque, como ya describí de forma breve, algo así podía suceder en cualquier momento. No, el acontecimiento importante, que en definitiva no esperaba, sucedió tres o cuatro días después. Llegué del trabajo cuando encontré a Alejandra en nuestro cuarto, acostada sobre el colchón sin base, la habitación estaba impregnada de un olor desagradable y ella tenía un semblante de tristeza y señales de haber llorado.

—Qué pasó— le pregunté, sin darle importancia al mal olor.

Sin más, ella me explicó que tuvimos una jirafa invisible viviendo en nuestro pequeño departamento y nunca nos dimos cuenta. Aliviado, le reproché que si por algo como aquello estaba así. Ella afirmó con un movimiento de cabeza y luego comentó que sólo se enteró de la existencia del animal ahora que estaba muerto. Siguiéndole el juego, adiestrado ya en cada uno de sus artificios, le cuestioné:

— ¿Entonces, esto que apesta es una jirafa en descomposición?

—Sí— contestó con toda naturalidad.

—Y cómo sabes a qué huele una jirafa muerta.

—Porque de chiquita mi papá y yo vimos el cadáver de una jirafa anciana en un zoológico.

—¡Ay, Alejandra! Yo pensé que te había pasado algo malo— dije, sin continuar con aquello y tratando de dar por concluida la situación.

—¿Y una jirafa muerta en nuestro cuarto no te da tristeza? Están en peligro de extinción, además a mí me gustan mucho y son muy bonitas.

Luego de eso, discutimos. Ella se enojó conmigo por mi incredulidad y yo con ella por estar convencida de tal disparate. Y no se trató de una pelea pasajera, de esas que podían resolverse desnudos en nuestro colchón sin base; al contrario, reñimos como si lo hubiéramos hecho por una situación de celos o por una disparidad de política.

—¡Estás loca!— terminé gritando.

—Y tú crees que el socialismo es la solución para el mundo, quién está más loco— replicó ella, sólo para no dejarme la última palabra y con ello asestarme un golpe bajo.

Pasaron un par de días en los que no nos dirigimos la palabra. Yo pensaba que en ese transcurso de tiempo el aroma se retiraría y sólo sería cosa del olvido. Pero, para desgracia de mi orgullo, el olor empeoró. Sin darle aún la razón a Alejandra, investigué con los vecinos preguntando si en sus hogares tenían aquel problema. Todos alegaron no percibir nada extraño. También revisé los tubos de gas, pero no encontré ninguna fuga. Al parecer, el raro olor provenía de ninguna parte.

Poco después, más convencido, Alejandra me sorprendió tentando el vacío de nuestro cuarto, obligándome a preguntarle cómo era que una jirafa podía ser invisible. Ella, con el semblante de quien ha ganado una larga batalla, me contestó en una oración concreta:

—Mutación y selección natural.

Confundido, le pedí que me diera más detalles, y ella, arrogante pavo real, extendió sus argumentos como plumas de colores acerca de evolución, cambios en las especies, adaptaciones y selección sexual. Luego me hizo imaginar la posibilidad de zancudos invisibles, a los que no pudiéramos matar con facilidad, molestándonos toda la noche y cosas por estilo. ¿Cuáles? Bacterias aún más invisibles degradando a nuestra jirafa invisible.

Por supuesto que lo de la jirafa en nuestra habitación no fue cierto: resulta que teníamos una comunidad de ratones envenenados detrás del closet. Alejandra lo supo un día después de haber teorizado con su animal de cuello largo, sólo que no me lo dijo, en parte por orgullosa, en parte por ganar nuestra discusión y en parte por hacerme creer que aquel asunto era verdadero.

Aunque todo resultó ser una farsa, hoy en día me cuido de la fauna invisible, producto de la evolución, no vaya a ser que en un descuido me tope con un jaguar en mi cocina, con un cuervo a media noche posado en mi busto de Palas (y que además de invisible pueda hablar), o con una jirafa muerta en mi habitación, y no sepa cómo sacarla de allí.

Mauricio Jiménez / Integrante del Taller de Crítica y Creación Literaria Roque Dalton


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