Alberto Chiu
Alberto Chiu

Encuestas vs. razón propia

 

Dos semanas ya de campañas, y restan 51 días para que llegue el momento decisivo de la jornada electoral. Quizás sea un poco -o mucho- pronto para que nadie cante victoria, pero en estos días siguen circulando por todos lados cualquier cantidad de encuestas y sondeos de opinión (que no son lo mismo), en las que los candidatos presumen que han subido en el ánimo de los ciudadanos que presuntamente votarán el próximo 6 de junio.

“¿Qué tan confiables son estos instrumentos de medición?” se preguntan muchos ciudadanos. Bueno, pues habría que preguntarnos al mismo tiempo, qué tan confiables son -y han sido a lo largo de su historia propia- las empresas que las llevan a cabo; qué tanto han acertado o se han equivocado en sus diagnósticos; qué tanto se han dejado llevar por las instrucciones de quienes les han contratado; y hasta qué tanto han sido quizás usadas como simples o complejos instrumentos de mercadotecnia para convencer o para desincentivar a los potenciales votantes de que vayan o no a las urnas.

¿Deberíamos hacerles caso a las encuestas? ¿Son estos instrumentos el principal motivo para ir a votar o para abstenernos de hacerlo? Me parece que independientemente de las encuestas o sondeos de opinión, independientemente de si son cara a cara, o telefónicas, o por internet (que se han puesto tan de moda en esta temporada de pandemia), los ciudadanos tenemos que basar nuestra decisión en otros factores, y no sólo dejarnos llevar por las mediciones estadísticas.

El objetivo será siempre, o al menos eso es lo deseable, convertirnos en una sociedad más analítica, más reflexiva, pensante, que se interese en conocer siempre cada vez más a todos los candidatos y sus propuestas, sus planteamientos de gobierno o de trabajo legislativo, sus valores y los de los partidos que los han propuesto para ser electos, y hasta entonces… tomar una decisión.

De modo pues, que el primer paso de los ciudadanos para prepararse a las próximas elecciones tiene que ser, forzosamente, el mostrar interés. Interés en sus candidatos, en escucharlos y analizar sus mensajes y propuestas; y el segundo paso, decidir. Decidir en conciencia, liberados de ataduras que tengan que ver con las necesidades materiales o con los condicionamientos del voto. Y sí, esto parece ser una utopía, pero creo que se puede lograr con voluntad y honestidad.

Una ciudadanía que no tiene interés en hacer este análisis de sus candidatos, difícilmente podrá tomar una decisión congruente con sus propias necesidades, sus valores y sus principios, y acabará tomando decisiones forzadas, emanadas de las visceralidades y no de la razón ni el sentido común, que una vez más parece ser el menos común de los sentidos.

Lamentablemente, el desinterés por informarnos acerca de los candidatos y sus propuestas, parece convertirse también en otra especie de pandemia: se contagia entre los ciudadanos más maduros tanto como entre los más jóvenes, siendo en éstos particularmente donde se anida con daños todavía mayores, y muestra a una sociedad a la que no le interesa más que seguir en la inercia del statu quo, para desgracia de sí misma. ¿Esa es la sociedad a la que aspiramos todos?

Yo estoy seguro de que no es así. Y estoy cierto de que hay muchos, muchísimos ciudadanos que todavía creen en la posibilidad de cambiar una situación desgastante y lesiva, en una situación de progreso mediante el trabajo y la aplicación de la ciencia y la virtud, en contra de la ignorancia, la hipocresía y la ambición malsana.

Nadie ha dicho que este camino sea fácil, ni que se logre de un día al otro, de la noche a la mañana; requiere de un esfuerzo constante para denunciar a quienes se aprovechan de la sociedad misma en busca de un beneficio personal; requiere de no claudicar a los propios ideales, teniendo siempre en mente el beneficio de los demás, y haciendo lo necesario por amor a los demás. ¿Estamos dispuestos a hacerlo?


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