David H. López
David H. López

El presidente fue provocador al llamar a Alazraki, “hitleriano”. Es tanto o más que una mentada de madre equiparar a un judío con uno de los perpetradores del exterminio de este pueblo.

Esa sería la alocución inmediata, el juicio sumario sin muchos elementos y, mucho peor, sin contexto.

En otros comentarios y editoriales se ha señalado la inconsistencia de la comunidad judía al atizar implacablemente al presidente López Obrador por aludir a cualquier persona como “hitleriano” y más en una rauda defensa a un miembro de su propia comunidad. Su razonamiento en el análisis sumario es respetable, aunque no infalible. Llamar hitleriano es trivializar la memoria de un feroz genocida, es normalizar un término que debe ser tratado con extrema seriedad. Hay quienes afirmamos que los términos pueden quedar donde mismo siempre y cuando las acciones no se refundan en el olvido.

Más importante que no trivializar lo hitleriano, es importante no olvidar lo que hizo Hitler y aplicarlo a otros ámbitos actuales. En ello la comunidad judía también ha sido omisa en el señalamiento al maltrato de otros pueblos por razones raciales, religiosas, étnicas, etc., lo cual resulta paradójico: deberían ser los primeros y más solidarios por haberlo vivido en carne propia. Por otra parte, López Obrador ha sido comparado en muchas ocasiones con Hitler y la comunidad judía no ha reaccionado con la misma indignación.

Por otro lado, la provocación como recurso político es una práctica de dudosa moralidad. El presidente la domina a placer y la ha utilizado durante todo su sexenio. Sus oponentes, los aludidos, no atinan a asumir una posición inteligente.

El esgrima es claro: mientras empresarios, opositores políticos en activo, periodistas, actúan desde sus ámbitos de acción, con alguna columna, en la tenebra del cabildeo, en la operación política o en el “nado sincronizado”, López Obrador les responde desde su tribuna con dardos fulminantes, alfileres al corazón de su credibilidad. Su voz, desde luego, pesa; sus palabras calan.

Al provocar, los gravita a su propia cancha, la declarativa. Todos han elegido su mortero de respuesta; Twitter, Youtube, entrevistas con periodistas influencers; y todos repiten el patrón: somos víctimas del autoritarismo presidencial. El modo de operar es similar: responden igual con monólogos incuestionables.

Con todo, creo en lo personal que estas escaramuzas verbales le hacen bien al país. Discutir públicamente y discutir el hecho de discutir era urgente. Cuestionar personas en un racional donde para el presidente no hay intocables, empezando por el presidente mismo. No ha dejado de lado ningún tabú y eso se agradece.

He escuchado que algunos periodistas han sido vetados de la mañanera, privilegiando el acceso a youtubers e influencers afines al lopezobradorismo. Si es cierto, es lamentable. Faltará analizar caso por caso, porque también nos ha tocado ver a Denisse Dresser, a Pedro Ferriz Hijar y a Jorge Ramos, cuestionando al presidente con una amplitud que nunca se hubiera pensado para cualquiera de sus antecesores e incluso para Trump o Biden.

La realidad es que los provocados por el presidente rara vez tienen posibilidad de respuesta no por falta de articulación, sino por falta de argumentos sustanciales. Pero ese es otro problema y es de ellos.

En México se viven tiempos de debate y discusión. Atrás quedaron los años en que el presidente operaba desde la tenebra, y despedía fulminantemente vía su secretario de gobernación a cualquier periodista.

En lo personal no celebro la provocación, pero sí la libertad de acudir a ella (o no). En términos futbolísticos, no me gusta el catenaccio, el sistema italiano ultradefensivo que defiende todo el tiempo para esperar un error del rival y atacarlo “a traición”, pero entiendo que sea una forma de ganar.


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