Gabriela Bernal Torres
Gabriela Bernal Torres

Una alameda para el “lícito recreo”

 

Hace algunos días, escribía en este mismo espacio que nuestra ciudad es una ciudad dieciochesca, o lo que es lo mismo, que gran parte de la apariencia de nuestro primer cuadro debe su origen a aquel lejanísimo siglo XVIII. Antes de ese periodo, la Muy Noble y Leal ciudad de nuestra Señora de los Zacatecas, era un poblado pequeño, alargado y según las crónicas, “con pocos edificios de cal y canto”. No solo algunas de las edificaciones más emblemáticas son de este periodo, si no también, algunos espacios que comenzaron a insertarse en el paisaje urbano y que se vincularon con proyectos bien definidos acerca de lo que se pensaba que debía ser una ciudad en aquel entonces.

Todavía en pleno dominio español, pero muy cerca de los albores del siglo XIX, comenzó a construirse un espacio arbolado que pretendía ser “una honesta diversión” que pusiera fin a los desórdenes que ocasionaba no tener una zona de “lícito recreo” en la ciudad. Esa zona se conoce hasta el día de hoy como la Alameda y huelga decir que ha mantenido su propósito inalterable a través de los siglos.

En el imaginario colectivo comúnmente permea la idea de que este paseo fue construido gracias al ímpetu reformador de Francisco García Salinas allá por 1830. Sin embargo, esta zona ya existía medio siglo atrás, pues a finales del siglo XVIII hubo una serie de reformas administrativas planteadas por la Corona española -conocidas como Reformas Borbónicas- que, entre otras cosas, replantearon la idea de ciudad en búsqueda de un espacio urbano más controlable, más estético y mejor administrable. Bajo estas ideas, la recuperación del espacio público se volvió un punto fundamental: había que tener bajo control a la llamada “plebe”, que en una ciudad minera era conocida por tener excesos que la administración virreinal continuamente buscaba controlar.

No solo en Zacatecas se implementó este proyecto materializado también en la división de la ciudad por cuarteles, si no que fue el común denominador en algunas ciudades iberoamericanas.

Entre la amplia gama de modificaciones que señalaban estas reformas, se encontraba la construcción de Alamedas o “paseos” que tenían como fin convertirse en espacios abiertos de esparcimiento y recreo, en el que el ocio fuera controlado. Su antecedente más próximo podrían ser los jardines públicos que el barroco instaurara en las ciudades europeas, pero en el caso americano, fueron de menores dimensiones y pretensiones estéticas. Por lo general las llamadas alamedas eran jardines emplazados en un espacio lineal, más o menos grande, en el que se sembraban álamos -de ahí el nombre- y otro tipo de árboles, a los que finalmente la población les dio el uso de paseos.

Para el caso de Zacatecas, la Gaceta de México con fecha del 26 de mayo de 1789, nos informa que “el comercio y la minería están formando a sus expensas un hermoso y dilatado paseo, que da principio en la extremidad del santuario de Nuestra Señora del Chepinque y terminará en la calle de San Juan de Dios”, lo que nos da una idea del dilatado paseo que tendrían los zacatecanos de aquel entonces, que básicamente ocuparía lo que hoy es Avenida Torreón hasta la Avenida Juárez.

Tal y como sucede en nuestros días, el agua no era algo que sobrara, por lo cual se deja claro que para el riego de las plantas que embellecerían el paseo, se extraería la necesaria del tiro de la mina de la Quebradilla que se encontraba justo en lo que actualmente es el hospital del IMSS.  Nuevamente, fue la minería y el comercio que, gracias a sus influjos, lograron enseñorear la capital zacatecana.

Según el historiador que más ha teorizado sobre las ciudades a lo largo de la historia, Lewis Mumford, la inclusión de espacios jardinados en las urbes ilustradas tenía que ver con dos aspectos importantes: la inclusión de ideas como higiene y la salud reflejadas en la planificación urbana, pero también la introducción de espacios de goce y disfrute sensorial que aportaran un respiro entre la masa de edificaciones de “cal y canto”, como viviendas, edificios, fábricas, etc.

Y es así que, de manera muy breve, he resumido como las modas, costumbres e ideas de un tiempo determinado, tienen un reflejo directo en la conformación de las ciudades. El conocer lo que alguna vez motivó la introducción de espacios verdes de naturaleza controlada, nos puede trasladar a este presente en el que precisamente se requieren espacios de “disfrute sensorial” entre verdaderas junglas de concreto. Por fortuna, nuestra Alameda continúa siendo un espacio de ocio para los zacatecanos; sin embargo, ¿cuántas “alamedas” se han seguido planeando en el vertiginoso crecimiento de ciudades cada vez más pobladas y cada vez más contaminadas?

 


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