David H. López
David H. López

México escucha la discusión de las élites sin un entramado de instituciones democráticas, lo que puede ser peligroso para una democracia que no tiene partidos democráticos

Es necesaria la transformación de Morena en un partido democrático. La implementación de la democracia en los partidos de nuestro sistema político es urgente y se antoja como el siguiente gran esfuerzo para que México tenga un sistema político saludable.

Para una democracia se necesitan demócratas. Empezando por sus partidos políticos, México no los tiene. Lo preocupante es que en la configuración de nuestro sistema los ciudadanos tampoco hacen demasiado por vigilarlo.

El PAN fue por décadas patrimonio democrático de la nación. En momentos se antojaba como el último reducto de libertad en contraste con el priísmo autoritario (incluso durante la transición democrática de los noventa) y el primitivismo tribal del PRD.

Eso fue hasta el sexenio de Felipe Calderón, con quien el panismo mutó de un conjunto de facciones aceptablemente democráticas y libres a bloques cartelizados en torno a grupos que se repartían el poder y los recursos del estado. Algunos creyeron que la desfiguración era temporal y que el PAN regresaría a su estado normal después de Calderón; erraron.

La nueva configuración ideológica suele confundir a muchos. ¿se puede ser demócrata y progre? ¿Demócrata y restaurador del estado benefactor? En contraste, ¿Sigue siendo compatible la democracia con el libre mercado e inclusive con el conservadurismo?

Hasta hace alrededor de 10 años esas preguntas se antojaban ociosas. Hoy no lo son tanto.

México escucha la discusión de las élites en torno a lo que más conviene, sin un entramado de instituciones democráticas, lo que puede ser peligroso para una democracia que no tiene partidos democráticos. A eso sumar que los sectores menos favorecidos comienzan a impacientarse de votar elección tras elección sin encontrar escenarios de genuina mejora en su nivel de vida. ¿Movilidad social? Ni soñarlo.

Parafraseando a Nelson Mandela, si la gente vota y se celebran elecciones legalmente cada determinado tiempo, pero no tienen alimento, salud y calidad de vida, la democracia es un cascarón vacío. Cualquiera podría acusar al prócer sudafricano de socialista y pasar de largo la idea, pero el gran problema es que el cascarón comienza a resquebrajarse y eventualmente a caer.

¿De qué democracia hablan quienes afirman defenderla junto al INE del autoritarismo de la 4T y López Obrador? Y la pregunta no es por conjurar la acusación, sino de la falta de autoridad moral para clamar democracia en una cultura política que poco valora a la democracia por su incapacidad de gestión de problemas sociales.

¿De dónde creímos los mexicanos que sacaríamos demócratas para poblar nuestro sistema político? La transición de los noventa nos arrojó un sistema elementalmente confiable de conteo de votos, muchas negociaciones de posiciones políticas, pero no nos arrojó una cultura de respeto a las instancias democráticas.

Morena tuvo elecciones de sus consejeros distritales y en 11 de los 345 se denunciaron irregularidades. ¿Dónde terminarán los conflictos que deriven de ellas?

En ese punto, la máxima de Churchill: “la democracia es la peor forma de gobierno excepto por todas las demás que se han inventado…” cobra fuerza porque, en la praxis, a nuestros políticos y partidos insisten en enfatizar la primera parte de esta frase y vituperar los principios democráticos.

Tampoco les queda a los críticos del morenismo acusar las disfunciones. Casi tan absurdo como señalar la corrupción, excepto porque a la gran mayoría de los actores políticos sí se les puede acusar con pruebas en la mano de desdeñar la democracia.

En lo personal ansío ver los procesos democráticos en la vida tanto de Morena como de los otros partidos de nuestro sistema. Mentiría si dijera que tengo fe en ellos, pero busco motivos para que la realidad me diga en mi cara que no tengo la razón. ¿Y si no los encuentro? A seguir buscando.


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