Miguel Moctezuma L.
Miguel Moctezuma L.

Mutilados resilientes o rebeldes

 

Lo más pernicioso de la política antinmigrante consiste en presentar la migración en pleno Siglo XXI como un asunto de seguridad nacional, como si Estados Unidos estuviera al borde de la amenaza de una invasión o como ya se decía desde la década de los 60´s. como si en realidad ese país viviera su disolución cultural y social (Huntington, 2005). Desde el ángulo que aquí interesa destacar, es que, con el desconocimiento de derechos, lo que en realidad producen esas políticas es el incremento de la vulnerabilidad de un sector que de por sí ya es vulnerable.

Podemos sentirnos vulnerables y subjetivamente asumir ese sentido como irremediable, sobre todo cuando lo naturalizamos, pero también podemos reconocer que esa vulnerabilidad nos ha sido impuesta, pues, si nos limitamos a la biología es fácil comprender que nadie nace vulnerable. Sólo entonces podemos avanzar y romper con la subjetividad que se nos es dada como destino.

Vivimos en medio de una tensión personal que nos conduce a la presión de adaptarnos bajo la lógica de alcanzar el reconocimiento social; sin ese reconocimiento, el destino que nos espera es la marginación, la exclusión social y en los casos extremos la persecución. El problema para los inmigrantes es que se exige se adapten a un modelo de sociedad que se concibe a sí mismo como homogéneo en lo social y cultural. La adaptación social resulta muy complicada y a veces imposible cuando el contexto es de exclusión y violencia, como sucede en un ambiente en donde conviven en conflicto nativos e inmigrantes. Ese tipo de adaptación asimétrica mutila la certeza de la seguridad al manipular las emociones de unos y otros. Por esa vía se conduce hacia la ansiedad y su normalización. La patología social se naturaliza (Evans, Reid, 2016). Por supuesto, esto va más allá de la resiliencia y nos conduce hacia la senda de la lucha por el reconocimiento de derechos (Honeth, 1997) y, por tanto, hacia el ejercicio de la ciudadanía trasnacional y el diseño de las políticas públicas de corte trasnacional.

Que los inmigrantes aprendan a evadir los peligros en las sociedades anfitrionas no implica que alcancen mejores niveles de salud; entonces, aunque encuentren relaciones de solidaridad, no por ello el contexto dejará de imponer su sello; sin embargo, habrá que reconocer que, el establecimiento de relaciones de solidaridad disminuye los temores y en no pocos casos provee de información importante para enfrentar la adversidad.

Con la llegada de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, la vida de nuestros paisanos que residen en Estados Unidos dejó de ser lo que era; es decir, se perdió el estatus del frágil reconocimiento de derechos. Previo a ello se percibía un ambiente de tolerancia controlada, pero, pronto se transformó en persecución, al grado de hacer una similitud entre inmigrantes y criminarles. Desde que el presidente Barack Obama asumió el poder hubo hechos en curso en esa dirección, lo que produjo una enorme frustración por las expectativas que había levantado su campaña, como lo fue la promoción de las deportaciones de aquellos migrantes que habían cometido alguna falta administrativa, y para expulsarlos se les fabricó la imagen de que se trataba de la expulsión de criminales. Este hecho llevó a Obama en 2014 a ser llamado “Deportador en Jefe” por Janet Murguía, presidenta del Consejo Nacional de la Raza.

No es extraño que con el récord en las deportaciones se desencadenara una crisis social cuyo saldo fue: a) la separación de familias, b) la pérdida de ingresos familiares, c) la imposibilidad de pagar créditos de viviendas, d) la ausencia escolar de los hijos, e) el cambio hacia otro lugar de destino, etc. El sufrimiento más difícil fue la pérdida de la custodia de los hijos, sobre todo cuando los padres detenidos y ya deportados no pudieron recoger a sus hijos en las escuelas y terminaron acusados de negligencia. Estos hechos vistos desde el ámbito de la salud emocional aún esperan ser evaluados.

Con Donald Trump se le dio continuidad a esa misma política, pero aumentó en crueldad, separando familias durante el cruce fronterizo, deteniendo a los inmigrantes en sus trabajos o en las calles e, incluso, generando una retórica abiertamente de odio. No obstante, lo más insólito fue el despertar del sentimiento xenofóbico y discriminatorio; en algunos casos, la violencia llegó a costar la vida a los inmigrantes. Ese sentimiento mostró como ropaje el acendrado nacionalismo de quienes asumieron la retórica de que Estados Unidos está siendo invadido y, por tanto, su estabilidad social corre peligro. Esa situación terminó por asombrar al mundo.

Viendo esta situación por generaciones: los niños, adolescentes y jóvenes que acuden a los centros de educación en estados antiinmigrantes se exponen a todo tipo de violencia social y discriminatoria. Inversamente, los niños, adolescentes y jóvenes que acuden a los centros de educación en estados proinmigrantes tienen la posibilidad de superar las barreras de sus padres; sin embargo, su éxito depende de que rompan con las experiencias del fracaso y discriminación que han vivido sus familias tanto en México como en Estados Unidos. Ésta es una traba que no se supera si los menores y jóvenes se limitan a la interacción de sus comunidades de sus padres y cuyo romanticismo entre los académicos termina invisibilizando los hechos. Por supuesto, la formación de una comunidad de migrantes en el extranjero funciona como estructura de protección, pero la historia de las redes sociales y de la interacción social nos ha enseñado que para abrirse camino es necesario establecer otro tipo de relaciones más allá del grupo (Granovetter, 1973). En este caso, vale la pena probar lo que se conoce como “protección inmunitaria” (Evans, Reid, 2016) en el sentido de colocarse a salvo ante cualquier amenaza, renunciando a enfrentar la realidad, ocultándose e incluso, renunciando a tomar iniciativas para reclamar derechos; pero, eso termina por mutilar a las personas.

 


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