Marco Antonio Flores Zavala
Marco Antonio Flores Zavala

Los informes, ¿espectáculos necesarios?

 

En enero de 1835, en la ceremonia de instalación y apertura de sesiones del Congreso constitucional de Zacatecas, el presidente de la asamblea manifestó que ésa era la séptima ocasión que ocurría el evento en el estado, desde el inicio del Congreso constituyente, 1823-1825. Lo era sin interrupción en la continuidad de las legislaturas y sin que hubiese alteración en el orden institucional. El comentario, así lo expresó, servía para comparar la situación zacatecana con otras entidades federativas del país y con el gobierno de la República, que para entonces estaba, una vez más, con un ejecutivo que provenía más de una negociación política emergente en la capital del país, que del ordinario proceso electoral que le mandataba la Constitución general de la República. Al acto legislativo siguió la toma de posesión de un nuevo gobernador —Manuel González Cosío sucedió a Francisco García Salinas—, que cubriría el período de 1835-1839. Aquella jornada, histórica en un sentido no banal del término, fue también excepcional por esa normalidad, pues la transmisión del poder no generó rupturas definitivas en el funcionamiento del sistema político establecido en la entidad. Meses después se estableció el gobierno centralista y vinieron tantos cambios, que lo de hoy son una secuencia política más.

Al concluir la administración, el gobernador presentaba un informe. Posteriormente se remitía una memoria. El responsable del documento era el secretario de gobierno. Desde entonces, los informes gubernamentales son espectáculos. Espectáculos políticos. Asuntos convergentes al mismo hecho son la auditoría, la rendición de cuentas, las cuentas trasparentes, la atención a los organismos autónomos descentralizados; pero éstos son actos cotidianos técnicos, propios de la burocracia. Otro caso son las memorias gubernamentales, los libros con los que se testimonian los días y las labores de cuando se ejerció el poder y de cómo se expone –en otra entrega les comento sobre ello-. Otra ruta es la presencia de los titulares del ejecutivo a la apertura de sesiones de las legislaturas o del Congreso en turno. Son actos de gobierno.

Pero eso de leer, asistir con cortes, hacer gastos para lo superfluo –invitar, asistir, convivir en banquetes, tomarse fotografías para la posteridad- son espectáculos políticos. Se pueden poner adjetivos: actos republicanos, democráticos, liberales, constitucionales, revolucionarios… son espectáculos donde el actor principal es el titular del ejecutivo. Las comparecencias de los secretarios, son secuelas de lo principal, donde los diputados –más los de oposición- hacen par con los colaboradores del gobernador en turno.

Concurro a tres modelos históricos para confirmar lo aseverado, del espectáculo del poder: uno es cuando la reina inglesa –ya un referente por sí misma- asiste a la apertura de las sesiones del parlamento. Llega –llegaba- ataviada con sus muy pesados atributos, sobre todo la corona; ella era la única que hablaba. Ya luego el primer ministro tiene sus sesiones de comparecencia, control y censura. Los únicos excesos que ocurren en las sesiones es cuando la oposición grita, se levanta, avienta papeletas o hace algo chusco, sin extralimitarse de la civilidad.

Otro modelo es el estadounidense, cuya fuente popular son las películas y series. El presidente acude a la Cámara de representantes, el ejecutivo lee y el presidente o presidenta de los representantes le responde con un mensaje breve –recordemos la escenificación de Donald Trump y Nancy Pelossi-. Antes de salir de la Casa Blanca el ejecutivo designa un suplente por aquello de las emergencias. Concluye el magno acto y se acude a un par de convivencias –algunas de las cuales son pagos por asistencia-. En los casos citados los medios hacen registro y análisis de los mensajes, los cuales van del vestuario a las secuencias ocurridas, de las palabras claves pronunciadas a la ausencia de explicaciones que se requerían.

El tercer modelo, le llamo aquí caso mexicano –muy diferente a los republicanos y constitucionales de los diferentes estados latinoamericanos-, cuya trayectoria y variables son una correspondencia a los cambios constitucionales habidos en el país. En este esquema se va de la apertura de sesiones, los informes presentados, la presentación y comparecencia de las memorias de los secretarios o ministros de Estado, a la negativa y sometimiento del ejecutivo al poder legislativo (Zedillo, Fox, Calderón, López Obrador)… a nivel estatal es lo mismo (Romo, Monreal, Medina), aunque la dramaturgia es también a otro nivel: va de copy-paste a escenas frescas en los guiones establecidos.

Los actos que conforman los informes son el espectáculo, pese a ser actos burocráticos -son un mandato legal que se deben cumplir conforme a lo escrito-. Desde el siglo XIX se han convertido en puestas en escena del poder, teatralidades a veces innecesarias. Si bien la atención se centra en los mensajes y en los números, la parafernalia integra eso, junto con los símbolos, discursos, rituales y actores. El informe es una puesta en escena donde se desea representar –lo que se dice se es- y se construye al mismo tiempo una idea de la percepción, para intentar atajar “lo certero” de la percepción –el indiscutible enemigo del poder, porque es lo que no se tiene en el manto del dominio-.

Ante la historia de los informes, vale hoy preguntar: ¿qué se debe y puede esperar del informe gubernamental del estado de Zacatecas? ¿Repetición del pasado, reproducción del modelo presidencial o un acto que se dé en el marco de la ley -esto es entrega del documento? Aunque tampoco dejarían de ser una puesta en escena.

 

Reflexiono: requiere el gobierno estatal hacer un acto específico para el informe, es decir, una teatralización para leer un extenso texto ante cientos de personas –unos invitados y con trato especial, otros citados y aglomerados en áreas sin número y sin atención-. Hoy día se preguntan en los corrillos ¿qué se informará? ¿Cuánto será el gasto de los actos para el informe, que no marca ley alguna? Lo que se haga o deje de hacer, será una seña de un paso por la historia, esa cruel narración que es despiadada en afecto o desafecto.


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