AGENCIA REFORMA/NTRZACATECAS.COM
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CDMX. A unos días de cumplir 80 años, Felipe Garrido (Guadalajara, 1942) transita con cierto esfuerzo los vericuetos de la memoria. Pero entre los pasajes que permanecen vívidos está la sobremesa familiar.

Estampa típica, la describe el escritor, editor, traductor y académico: él, sus tres hermanas, su madre y su padre, contador de profesión, muy buen lector y «un cuentero respetable», que empezaba de pronto a relatar historias que el joven Garrido pensaba eran una completa invención suya.

«Lo contaba como si se le estuviera ocurriendo en ese momento», recuerda el miembro de número y ex director adjunto de la Academia Mexicana de la Lengua (AML), quien este sábado celebra ocho décadas de vida, en entrevista desde su departamento al sur de la Ciudad de México.

«Algún día confesó sus plagios, porque nos regaló una edición infantil del Quijote», dice sobre cómo eventualmente conocieron el origen de tales narraciones. «Descubrimos que no eran relatos exactamente de él, pero que él los había contado muy bien».

Aunque Garrido no hace tal correlación, pareciera que de esa sorpresa por la forma en que su padre aparentemente ideaba aquellos episodios -más el afortunado hecho de haber sido criado en el seno de una familia lectora- germinó su interés por concebir sus propias ficciones.

Aspiración difícil de cumplir durante sus jóvenes años como reportero en revistas como Mañana o Contenido.

«Fue muy chistoso, porque yo quería escribir, pero no eso. Porque me mandaban a entrevistar a quién sabe quién; y yo iba, lo entrevistaba y entregaba, y publicaban mis entrevistas o los reportajes que hacía. Pero realmente lo que yo quería escribir era algo mucho más libre.

«Cuando yo le inventaba cosas a Fernando Solana o después a Armando Ayala Anguiano (sus editores), me decían: ‘No, no, espérate, espérate. Escribe lo que es. Y lo que quieras inventar, invéntalo pero por otro lado. No revuelvas'», rememora el autor formado como licenciado en letras hispánicas, en la UNAM.

Dada la afición por la lectura que imperaba en casa, resultaría lógico pensar que fue visto con buenos ojos que Garrido decidiera estudiar y dedicarse a las letras. «No tanto. Yo creo que se asustaron», aclara el académico.

«‘Se nos pasó la mano’, yo creo que dijeron mis padres. Cuando yo empecé con que quería ser escritor, (me cuestionaron): ‘¿Por qué? Si puedes ser arquitecto, puedes ser quién sabe qué’. De hecho, yo hice un año de arquitectura. Mi primer año en la UNAM fue de arquitectura, en el 60».

Tras hablarlo con su padre, tuvo que terminar el año con buenas calificaciones antes de poder cruzar la explanada central en Ciudad Universitaria para integrarse a la Facultad de Filosofía y Letras.

Si bien ahora Garrido considera sus años de reportero como un tropiezo, entretenido en asignaciones donde no se suponía que debiera inventar nada, de ahí surgieron las oportunidades que lo encaminarían a destacar «por su escritura inventiva y renovadora en el ámbito de la narrativa breve», como fue calificado al recibir el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en 2015.

Y es que, tras una buena entrevista a Emmanuel Carballo, éste le publicó su primer cuento en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica (FCE); mientras que, contento también con una entrevista que Garrido le había hecho, Luis Spota lo invitó a colaborar en el naciente Heraldo de México, donde dirigía el suplemento cultural.

«Y ahí sí se valía todo. Ahí podía yo escribir cuentos, a veces alguna entrevista. Digamos que Luis me dio la oportunidad de escribir con libertad», remarca el autor de Viejo Continente (1973), una selección de artículos que Garrido redactó como reportero recorriendo Europa, publicado como libro con el apoyo de Alí Chumacero, su maestro indiscutible de todo lo que tenga que ver con edición.

«Esos artículos eran cuentos; sí estaban anclados en algo más o menos real, pero finalmente eran cuentos», refrenda quien, cual hacen los escritores, ha puesto mucho de sí en sus ficciones, como en aquellas de Conjuros (2011) -que le valió el Premio Xavier Villaurrutia- donde está su relación con sus abuelos. «Ahí hay muchos episodios de mi vida, no en orden o mezclados, convertidos en cuentos».

Se consagraría como un maestro del cuento corto al publicar por años uno a la semana en sus columnas «La musa y el garabato», en Unomásuno, y «Mentiras transparentes», en La Jornada.

La clave para ello, además de lo que denominó «la estética del relámpago» -las consideraciones de estilo, forma y magia que persigue en sus relatos-, fue partir de imaginar el final.

«O sea, lo primero que tengo es la idea de un final, cómo termina una historia», reitera. «Ya sé cómo termina la historia, y entonces, lo que tengo que construirle es un antecedente que sea verosímil, que haga juego, que sea interesante, que despierte la curiosidad del lector».

Con «Mentiras transparentes» a la espera de ser lanzada como libro, Garrido confiesa que le gustaría volver a tener una columna para inventar cuentos bajo la presión propia de las fechas de entrega.

Curiosamente, al margen de la anhelada ficción que tuviera prohibida en tanto reportero, entre los proyectos e ideas que se plantea el escritor en estos momentos de su vida está una suerte de memorias. Un relato más bien autobiográfico en el que figuren su relación con los libros, la escritura, la lectura y hasta sus maestros.

«Contar en total desorden 80 años de vida», comparte Garrido, a quien la ocasión de cumplirlos le deja en claro una cosa: «Yo digo que ya es tiempo de tomarse la vida en serio y ponerse a trabajar de a de veras».

Formar lectores; abandonar la simulación
A menudo, Felipe Garrido ha dicho que creció engañado. Haber sido criado entre lectores le hizo creer que todo el mundo lo era, y el tiempo le demostró que ello estaba muy lejos de ser cierto.

Cuando empezó a dar clases en el Centro Universitario México, donde él había cursado el bachillerato, descubrió que de 50 de sus alumnos, apenas tres eran lectores.

No quiere decir que todos los demás no supieran leer o escribir; al contrario, todos estaban espléndidamente alfabetizados, pero no había en ellos el gusto por leer un libro que no fuera por obligación. Y este es uno de los problemas que el escritor lleva años señalando.

«Tenemos un sistema educativo -ahora está peor que nunca, pero desde antes tampoco era tan excelente- que ha preparado una masa de alfabetos, no lectores», lamenta Garrido, acérrimo y connotado promotor de la lectura en México.

«Si tuviéramos claro que la misión más importante de la escuela es formar lectores capaces de entender lo que leen y de comunicarse por escrito, habríamos dado un paso inmenso adelante», continúa quien durante años ha hablado con cada Secretario de Educación Pública para convencerle de que el foco de esta dependencia sea formar lectores. «Si hiciera eso, sería suficiente».

Sin ello, opina Garrido, es imposible tener un País ordenado donde cada quien sea capaz de hacer muy bien lo que tiene que hacer.

«Lo que pasa en Educación Pública es tan trágico, porque estamos preparando los próximos 30 años; hemos estado sembrando el camino de bombas, y nos van a explotar.

«Y no puede haber un salvador ni una salvadora. La salvación es que cada quien haga lo que tiene que hacer, que abandonemos la simulación. La simulación es un mal nacional muy, muy grande», apunta el autor.

Además de la ficción y las antologías dirigidas al público joven, los esfuerzos de Garrido por promover la lectura incluyen experimentos como «Un poema al día», que surgió como un pacto con alumnos de un taller de escritura para que se comprometieran a leer poesía -el rey de los géneros, aun por encima del cuento, estima el autor-, con el que por más de mil 930 días ha enviado por correo electrónico un poema cada noche.

«En este momento hay algo más de 500 mil lectores que leen ese poema todos los días», destaca el académico el día en que ha enviado versos de la escritora nicaragüense Gioconda Belli.

Hacedor de libros en instancias como el FCE y la UNAM; alguna vez dueño de una librería en Torreón, y amigo de escritores como Juan Rulfo y Juan José Arreola, Garrido también promovió la lectura desde la función pública, como cuando participó en el programa Rincones de lectura, en la SEP.

Iniciativa que si bien fue formando una tradición literaria mediante un acervo que durante 14 años estuvieron leyendo alumnos entre preescolar, primaria y secundaria, terminó por ser cancelada en el 2000 y sustituida por las bibliotecas de aula. «Yo creo que ese fue un error», expresa Garrido.

Pasó entonces a la Dirección General de Publicaciones de Conaculta, desde donde mantuvo una postura crítica con lo que ocurría en la SEP.

«Pero me decía Sari (Bermúdez): ‘No es posible que estés en Conaculta pegándole a la SEP’. Entonces, le dije: ‘Como yo le voy a seguir pegando a la SEP, te renuncio aquí en Conaculta y me voy no sé a qué, pero me voy’.

«Y renuncié a la Dirección de Publicaciones de Conaculta, después de año y medio de estar ahí, más o menos. Y ya pude dedicarme a escribir mal de Reyes Tamez (entonces titular de la SEP), sin sentir que estaba lastimando a mi amiga Sari», comparte el autor.

Pese a esto, después Tamez le pediría hacer una versión resumida de El Periquillo Sarniento, obra cumbre de José Joaquín Fernández de Lizardi, del cual se hicieron 32 millones de ejemplares. Y de lo cual Garrido conserva una valiosa imagen: «Un par de niñitos sentados en la banqueta, leyendo los dos el mismo libro de Lizardi».

Días tormentosos
Hace unos días, en el marco de la cuarta Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios de la UNAM (Filuni), Felipe Garrido se reencontró con la escritora Cristina Rivera Garza.

«Nos dimos un abrazo. Me dijo ella: ‘Uno de estos días tenemos que platicar’. Y le dije: ‘Por supuesto que sí'».

La misma cordialidad con la que se despidieron el 5 de julio pasado, luego de la entrega del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2021, otorgado a Rivera Garza por su libro El invencible verano de Liliana.

«Cristina se despidió de mí ese día diciéndome: ‘Si todos pensáramos igual, ¿de qué platicábamos?'», relata Garrido, presidente de la Sociedad Alfonsina Internacional, una de las instituciones que otorga el galardón.

Tras estas últimas palabras cruzadas en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, siguieron cuatro días tormentosos, llenos de insultos, dice el autor, quien fuera duramente criticado por haberse declarado intrigado por los motivos del feminicida de Liliana Rivera Garza.

«Yo dije, está escrito y grabado, que a mí me hubiera gustado que Cristina hubiera tratado más a fondo ese personaje, porque a mí me parecía importante el asesino.

«Es decir, además de la muchacha asesinada, yo creo que el asesino nos debe interesar», insiste Garrido. «Si queremos acabar con los feminicidios, tenemos que conocerlos bien. Tenemos que saber por qué suceden».

De forma que el escritor no retira lo dicho, sino que aclara que no se trata de un reclamo hacia Cristina Rivera Garza y su trabajo, sino de la inquietud por dilucidar los modos de actuar y las justificaciones propias de los asesinos de mujeres.

«Mi queja es que no conocemos -y voy a escribir sobre eso- bien a quienes causan daño, y por eso quedan en libertad de poder seguir causando daño», sostiene.

Pero la polémica fue imparable. «Yo creo que hubo textos muy venenosos en periódicos», dice. Y así como llegaron insultos, hubo mensajes de apoyo.

Legado literario
Entre las obras de Felipe Garrido destacan:
-Con canto no aprendido (1978)

-Tajín y los siete truenos (1982)

-Cómo leer (mejor) en voz alta: guía para contagiar la afición a leer (1990)

-Se acaba el siglo, se acaba (2000)

-Asombro del Nuevo Mundo (2008)

-La patria en verso (2012)

-El Quijote para jóvenes (2013)

-El buen lector se hace, no nace (2014)

Inventiva galardonada
Algunos de los reconocimientos a los que se ha hecho merecedor son:
-Premio de Traducción Literaria Alfonso X 1983

-Premio de la Organización Internacional para el Fomento del Libro Infantil 1984

-Premio Los Abriles, por La urna y otras historias de amor

-Premio Xavier Villaurrutia por Conjuros, en 2011

-Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de lingüística y literatura, en 2015

-Premio Nacional de Letras de Sinaloa, en 2016

-Premio Granito de Arena, otorgado por la Comisión de Fomento al Libro y a la Lectura del Estado, encabezada por la Secretaría de Cultura de Jalisco.


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