Gabriela Bernal Torres
Gabriela Bernal Torres

¿El arte es siempre la respuesta? (I)

 

Cada vez escucho con más frecuencia a personas que afirman que han dejado de ver los noticieros porque solo transmiten episodios funestos: asesinatos, secuestros, balaceras, bombas, guerras, etc. Paradójicamente, son las notas que más “venden”, las que más se leen y ven, de lo que la población quiere enterarse. Lo cierto es que, nos guste o no, más allá de los matices que se imprimen a la información dentro de cada medio de comunicación, ésta es nuestra realidad cotidiana.

Una de las demandas sociales más acuciantes de los últimos años en nuestro país y en nuestro estado, ha sido la seguridad y el retorno de la tranquilidad en nuestra vida diaria. Sabemos que es el Estado quien debe garantizar los mecanismos que salvaguarden la integridad física y patrimonial de sus ciudadanos a través de corporaciones de seguridad y de un aparato de administración de justicia que, junto con otros órganos estatales actúen eficazmente… pero también sabemos que la prevención o, mejor dicho, el ánimo de atacar las causas de raíz, podría otorgar una solución a largo plazo que bien pudiera aligerar ese lastre social.

Es así que hemos escuchado en varias ocasiones que la violencia se puede prevenir desde la cultura y el arte, siendo éstos una suerte de bálsamos instantáneos para “regenerar el tejido social”. Esta frase, convertida casi en cliché por su repetición infinita, me ha llevado a preguntarme si realmente el arte -sin discutir en este espacio qué es arte y qué no- puede ayudarnos a sanar nuestras comunidades o si, por el contrario, le atajamos un rol de panacea para todos nuestros males sin que tenga la capacidad de hacerlo.

Para tratar de responderlo de manera muy superficial, quisiera pensar en los orígenes de lo que hoy denominaríamos como prácticas artísticas. Si el ser humano desarrolló las habilidades cognitivas y técnicas para tener conductas artificadoras fue porque este esfuerzo suponía un beneficio individual o colectivo. Y es que la naturaleza en general -y con más razón la naturaleza humana- no desarrolló nada que no fuera útil o ventajoso para un fin determinado. ¿Cuál era ese fin?  ¿Por qué aquellos seres humanos primitivos, quienes habitaban húmedas cavernas, empezaron a pintar sobre la roca, a entonar cantos guturales o a bailar entre las fogatas? La psicología evolutiva e incluso la neuroestética (el estudio de nuestras respuestas cerebrales ante estímulos artísticos) han dado diversas respuestas, algunas de ellas relacionadas con nuestra pregunta inicial: el arte funciona como un potente acto catártico que nos permite liberar las tensiones de la existencia, a la vez que permite que se genere un sentido de pertenencia a una comunidad en donde, al menos por un momento, se olvidan las diferencias que nos separan.

 

Empecemos por ver la primera de las respuestas que viene desde la neuroestética. Esta hipótesis señala que nuestro gusto por el arte viene de un estímulo perceptivo positivo ante las diferentes afrentas que el mundo les presentaba a nuestros ancestros. Nuestros antepasados debían distinguir los entornos peligrosos de los seguros, lo dañino de lo saludable, de tal forma que empezaron a asociar lo bello, lo simétrico o lo rítmico, con emociones o respuestas positivas, decidiendo propiciar esas emociones a través del canto, el baile o la pintura.

Otra perspectiva, surgida desde la psicología evolutiva, observa el arte a través de la idea del juego. Bajo esta luz, el arte es una actividad lúdica sin otro propósito que el de crear formas de imitación y juegos de representación. Para los adeptos a esta perspectiva, el arte y el juego tendrían en común también el disfrute de la regularidad, el ritmo, la imitación y la ilusión. Una especie de juego para adultos que permitiría no solo la creatividad, sino también una forma escapar de la rutina y de los problemas de la vida cotidiana. Si lo pensamos un momento, para los hombres prehistóricos los problemas eran bastantes. Los primeros grupos de cazadores-recolectores, vivían constantemente en riesgo de ser devorados por algún animal salvaje, alcanzados por cualquier fenómeno natural o vulnerables ante todo tipo de enfermedad e incluso accidentes que ponían punto final a su existencia. La subsistencia diaria no estaba garantizada, convirtiendo su vida en una vida dura, sin la certidumbre de nada o casi nada. Y este juego artístico permitía una especie de tregua ante este panorama. ¿Podría funcionar igual ante las adversidades que nuestra propia existencia nos presenta hoy en día?…

 


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