Ricardo Monreal Ávila
Ricardo Monreal Ávila

Es conocida la fórmula consagrada por Adolphe Thiers, desde el histórico diario Le National, cuando el rey Carlos X de Francia fue derribado por la revolución de julio de 1830: “Le Roi n’administre pas, ne gouverne pas, il seulement régne”. “El rey no administra, no gobierna, sólo reina”.

Thiers, después de ese movimiento, sería primer ministro (1836) y primer presidente de la Tercera República Francesa (1871-1873). En México lo recordamos porque una avenida que inicia en Polanco y termina en Circuito Interior lleva su nombre.

Si la realeza reina, pero no gobierna, ¿quién desempeña esta función en una monarquía parlamentaria? El Parlamento, de manera directa, y el pueblo, de manera indirecta, a través de sus representantes. Por cierto, desde 1830, Thiers pedía “un rey elegido por el pueblo”, por lo que puede ser considerado el primer monarquista populista.

Sin embargo, no toda realeza es ornamental ni está destinada a llenar cada quincena las revistas del corazón, las publicaciones aspiracionales de moda o las especializadas en escándalos amorosos plebeyos. Hay notables excepciones, y una de ellas fue, indudablemente, la reina Isabel II del Reino Unido, cuyas exequias reales se dieron ayer.

Isabel II realmente reinó y gobernó, como lo demuestra la forma de enfrentar los principales desafíos y retos de sus 70 años en el trono, uno de los periodos más longevos desde el medievo.

Puso fin a los intentos monárquicos para desconocer la independencia de la India y tratar que la Corona del Reino Unido nuevamente dominara allí y en Pakistán. La joven reina Isabel sepultó aquellos apetitos imperiales, refrendando la separación de lo que fue, desde el siglo XVIII, dominio económico de la Compañía Británica de las Indias Orientales.

Después, durante seis meses, recorrió los países de la Commonwealth, y fue la primera monarca del Reino Unido en visitar Australia y Nueva Zelanda (1953-1954). Posteriormente, en plena Guerra Fría, realizó una gira de 10 días por Alemania Occidental, donde se habló por primera vez en la historia sobre la posibilidad de una unión europea.

En 1966 enfrentaría su primera crisis de legitimidad social, al mostrarse distante y ausente respecto a la tragedia minera del sur de Gales, en la cual murieron 144 personas, en su mayoría menores de edad. Sin embargo, pronto demostró sensibilidad, al buscar posteriormente beneficios y reformas laborales en el sector minero.

Después de la India, la reina Isabel enfrentó en las décadas de los años sesenta y setenta del siglo pasado la descolonización de más de 20 territorios a los que el Reino Unido reconoció y cuyas cartas de independencia validó. Y cuando todo el mundo pensaba que el Imperio británico sucumbía territorialmente, la reina Isabel anunció el ingreso del Reino Unido a la Comunidad Económica Europea. Cambiaba territorios por mercados; tierra por industria y comercio, con bastante éxito, como lo demostró la posterior fortaleza de la libra esterlina.

Vendrían después la guerra de las Malvinas, la cesión de Hong Kong y el al Brexit. En todos estos episodios la reina estuvo del lado de los sentimientos de su pueblo, y jamás se opuso a ellos. Reinó y gobernó. No perdió el paso ni el piso. Por ello, sus funerales fueron reales, en el sentido político del término: no sólo fue la gratitud popular para una gran monarca, sino el reconocimiento internacional a una gran jefa de Estado.

Twitter y Facebook: @RicardoMonrealA

 


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