Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Ella, la cautivadora, como a Odiseo la sirena del mito, ya ha comenzado a cantarme. A lo lejos. Mientras ella me tiende a romanzas sus redes yo, como el héroe, con cera ciego mis oídos. De carnada ella me aprontó su imagen falsamente hermoseada, relujada con primor. Yo, cerrando los ojos, la dejo pasar, y que a la distancia me sonría, me camele, me guiñe un ojo, maga engañosa. Y no más. Mi voluntad nunca va a conquistar porque soy perro viejo en el oficio de seducir sin ser seducido. “Eso que a mí me dice, señora, pienso entre mí, se lo dice a tantos”, y en lugar de que me le brinde me le blindo y me parapeto frente a las artes de mujer seductora que se exhibe ante las niñas, ellas tan cándidas, de mis ojos. Al influjo de sus cantos de sirena y hechizos de maga yo, Odiseo de masquiña, hago que me aten al palo mayor y, la cera en los oídos, evito el peligro de caer rendido al hechizo de su reclamo melodioso. Mis valedores.

Miro su vera efigie en la foto y contemplo la imagen de una sirena más bien madura, rostro no bello pero hermoso en lo enérgico de sus rasgos, en la apostura de su continente, en su presencia y en lo que el rostro evidencia del carácter de la mujer: firmeza, audacia, decisión, la pura mesura, la ponderación. Pues sí, pero no, que es mujer casada y, por lo que sé, de firme moral personal y arraigadas creencias religiosas. Como sea, tal parece que anda en agencias de ganarse mi gracia, lo que no ha de lograr. Sus artes seductoras me dejan entrever parte de su currículo, adornado, según  esto, de cualidades morales como hembra, madre y compañera de varón. Que ha logrado integrar una muy unida familia; que ambiciosa no es y que, por contras, de muy modesta se precia, y de muy leal en amores y convicciones. La mujer firme de la parábola, según todos los indicios. Pero no. No conmigo. De tenerla enfrente diría a la señora del largo cabello y ásperos rasgos de rostro:

-Bellas cualidades humanas de su persona, señora, pregonan sus cortesanos, ¿pero qué tal si aceptándola yo por soberana pega usted soberano cambiazo? ¿Qué si ya al sentirse segura y firme y respirando otros aires (gracias a mí y a tantos más que cayeran al hechizo de sus cantos), aflorase en usted ese pequeño Mr. Hyde que todos llevamos dentro y que, mal que bien, mantenemos encadenado? Porque usted bien conoce que los de allá arriba son aires enrarecidos, que marean y trastornan y absorben el seso, en ocasiones con todo y sexo. Señora:

Supongo que no diese usted ese cambio atroz que me tornase aún más desvalido de lo que ahora estoy. La percibo mujer de espíritu, que es decir de razón, imaginación, lógica, vida interior, sensibilidad y la suficiente cultura como para no caer en los excesos de la arribista y logrera, valida de la ocasión, como que antes de usted intentó seducirme. Pero usted ha de perdonar mi suspicacia, que a golpes de desilusión terminé perdiendo el candor.

Porque, señora, ¿se siente usted con la suficiente autocrítica (autocrítica, sobre todo) como para aprender de la historia y atenida a sus enseñanzas evitar alzarse más allá de su propia estatura? ¿Quién me asegura que usted, ya caída en la tentación del poder y el boato, no perdiese cordura, decoro y tantito más?

(Sigo mañana.)


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