GABRIELA BERNAL TORRES
GABRIELA BERNAL TORRES

San Sebastián en Zacatecas

 

La semana pasada la iglesia católica conmemoró la festividad de uno de los santos con mayor presencia en México desde la época virreinal: San Sebastián. En el estado son dos los municipios los que dedican danzas, procesiones, misas y novenarios al santo mártir de los primeros años del cristianismo, cuyo culto se remonta hasta el lejano medievo. Sin embargo, en la capital también tuvo un espacio primordial, pero las devociones son tan cambiantes como el hombre mismo, que ya poco se recuerda de este hecho.

El culto a San Sebastián mártir surge en el contexto de la persecución de los primeros cristianos. El santo, hijo de nobles romanos, se desempeñó como militar bajo las órdenes del emperador Máximo. Ya convertido, se dedicaba a difundir la fe cristiana entre sus compañeros y animar a los nuevos conversos para que no desistieran en la defensa de su fe. Como era de esperarse, las noticias sobre su identidad religiosa no tardaron en llegar a los oídos del emperador, quien le pidió renegara de su condición de cristiano so pena de muerte. La historia es bien conocida, al negarse a la solicitud de Máximo, Sebastián fue conducido al martirio consistente en morir a flechazos o saetazos, cuya apoteosis de este momento ha sido ampliamente representada en el arte.

A partir de este momento y sobre todo en el periodo medieval, la devoción a San Sebastián fue en aumento ya que se le atribuyeron propiedades anti pestíferas. Su relación con la peste tiene origen en la modalidad de su martirio y en la creencia de que las flechas eran castigos divinos que portaban enfermedades y otros males. En cada epidemia que asoló a Europa, San Sebastián era el santo elegido para mitigar las inclemencias de la enfermedad y pedir su erradicación. Bajo estos antecedentes, la devoción al mártir llegó a la Nueva España.

Fueron los conquistadores españoles los que trajeron consigo la costumbre de dedicar ciudades y templos a la tutela o cuidado de un santo protector. Dentro de esta tradición que finca sus raíces en la religiosidad medieval, la elección de un patrono tenía que ver en la mayoría de las ocasiones con sucesos específicos en la vida de un territorio. La calamidad, la enfermedad, la falta de cosechas o la plaga dentro de ellas, eran razones por las cuales los hombres novohispanos imploraban la intercesión divina para mitigar la desgracia. San Sebastián fue uno de los santos preferidos en este sentido, pues como ya se mencionó líneas arriba, desde su origen se le asoció como abogado ante la presencia de enfermedades o epidemias. Su culto en Nueva España fue difundido por las órdenes mendicantes y la devoción al mártir se puede encontrar en varias poblaciones a lo largo y ancho de toda la república, incluso en Zacatecas

Una de las poblaciones que se pusieron bajo la tutela de Sebastián fue Veracruz, que durante el siglo XVII sufría las muertes que causaba el vómito negro. Fue así que en 1648 la población portuaria se encomendó al santo dejando y a partir de este momento no pareció tener otro protector en cualquier caso de calamidad pública. Asimismo, el santo también se veneró y se venera en León, Guanajuato, en cuya festividad se fundó la ciudad; en Chiapa de Corzo, donde se le festeja con la tradicional danza de los papaquis y por supuesto en Zacatecas, donde además de ser patrono de Saín Alto, se le celebra en Nochistlán.

A la muy noble y ciudad virreinal, el culto a San Sebastián llegaría en fechas muy tempranas, poco después de la fundación de la ciudad, es decir aproximadamente en 1570. Una ermita de pequeñas dimensiones, como se acostumbraba en aquel entonces, se construyó para el santo romano en lo que actualmente es el templo de Santo Domingo y que en su momento fue el santuario que, a la mayor gloria de Dios, construyeran los jesuitas en nuestra ciudad. En uno de los retablos barrocos del templo aún se conserva la escultura de un San Sebastián de matices hieráticos, sin el dramatismo ni la sensualidad barroca con el que comúnmente se le representa. Tampoco tiene flechas, solo quedan las señas de donde en algún momento se situaron las saetas, que incluso se menciona, eran de plata. La antigüedad de la escultura es incierta, solo un estudio del material podría afirmar sí es la misma obra que presidiera el altar de la ermita.


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