MADRID. Alejandro Talavante paseó una oreja en la decimoséptima cita de la Feria de San Isidro, celebrada este miércoles en Las Ventas de Madrid.
Morante y Pablo Aguado fueron silenciados. Se lidiaron toros de Juan Pedro Domecq en la novena cita del ciclo con el cartel de “No hay billetes”.
La bronca a Morante
Valedor, de 586 kilos, de la ganadería de Juan Pedro Domecq, fue el toro que abrió plaza, con el que Morante de la Puebla firmó un buen comienzo de faena, con pinturería y arte.
El arte de Morante es tan efímero como estrella fugaz, apenas unos cuantos muletazos y no quiso saber más.
El astado no le gustó, es más, no quiso verlo. Es una figura que va de la mano de eso, de abreviar y matar a los novillos como dios mejor le de entender.
A Morante lo amas o le odias, pero está presente y convoca a la afición. Le puedes ir a ver pegar los mejores muletazos, o como hoy, armar la bronca. El genio incomprendido, ése es Morante.
El cuarto de la tarde, Ollero, de 593 kilos, segundo del lote de Morante de la Puebla, quien en su faena comenzó con esas pinceladas.
Un toro que sin estar sobrado de fuerza tuvo ese fondo de clase y nobleza. Muletazos con mucha profundidad, buscando por ambos pitones. La afición le recriminó la colocación y la distancia, pues le obligaban a cruzarse, lo que simplemente no sucedió. La espada, otra vez, la más grande de sus enemigas.
El temple de Alejandro Talavante
Con el segundo de la tarde, Alejandro Talavante lució con el capote al recrearse por verónicas.
Un gran inicio de faena al torear de rodillas, apuntando transmisión al animal. Le faltó fuerza, y por ello Talavante fue muy fino en los toques; lo llevó despacio.
Se terminó por apagar muy pronto el toro y Talavante decidió no insistir más. Silencio.
Al ruedo salió un ejemplar de casi de 700 kilos, al que frenó y enceló Talavante en su capote, bregándolo hasta lucirse en el remate.
Lo pasó por ayudados a pies juntos, atalonado en la arena, para iniciar su faena, envolviéndoselo en lo más destacado de toda la tarde.
El astado se movía, desplazándose, entrando y siguiendo con ritmo las demandas de Talavante, que le permitió la continuidad bajo aquella muñeca izquierda.
Cambió a pitón derecho, arrancándose con prontitud, embistiéndole abajo y dándole emoción a la faena.
Siguió mostrándose totalmente asentado en la arena, llevándolo hasta el final, echándoselo a la cadera para después dejarle los vuelos en la cara y llevarlo totalmente metido en un sinfín de naturales, que pusieron al público de pie.
Tenía nobleza, clase, fijeza, fondo y, sobre todo, bravura el de Juan Pedro, siendo excepcional en la tela. La espada cayó defectuosa, pero resultó efectiva.
Pablo Aguado, el capote privilegiado
Pablo Aguado empezó a lucirse al natural después de bregar al tercero, entre los ¡olé! del público.
En el tercio de varas, el toro derribó al caballo y el picador cayó en la cara del animal.
Morante, entre abucheos, salió a hacer su correspondiente quite, al que replicó Aguado con clase y temple.
Inició su faena de muleta por abajo, para después seguirlo con firmeza y despaciosidad, ganándole terreno hasta rematarlo por el pitón izquierdo con desmayo.
Continuó por el derecho, con un novillo escaso y manso que trató de envolverse a la cintura echándoselo a la cadera, redondeando el trazo.
Buscó las teclas con la mano derecha, uno a uno, tratando de sujetarlo al dejarle la tela en la cara.
El animal se movía, pero no hubo forma de que la faena se rompiera. Cambió al natural, sin acople ni entendimiento entre ambos, acercándose cada vez más a las tablas. Pinchó.
Aguado se estiró con clase y despaciosidad en los medios durante el saludo capotero con el cierraplaza.
Alcanzó la faena de muleta entre probaturas, muy despacio, pasándolo por ambos pitones, sin lograr que el animal bajara la cara.
Le pudo andar y sacar del tercio, pero sin mucho que decir, llegó muy mermado a la faena.
Le dio tiempo, sitio y siguió por el derecho, respetando sus tiempos. Fue incierto y se movía a base de arreones defensivos. Tampoco le pudo bajar la mano, por lo que pasaba y pasaba sin decir nada. Cambió al natural, pero el público ya no quería ver nada, pedían que lo matara.



