Miré
Fui cinero por ocio. He mirado de todo y sin medida. He ido de los Almada a Farinelli… De Merly a Un lugar sin límites, y de todo me quedo con Birra, pizza y faso. He mirado reseñas, interpretaciones y tal al conversar con amigos, tutores y transeúntes.
Me gusta escuchar la sorpresa y el cuchicheo de los espectadores en las salas de cine. Me van las experiencias del cine cuando me dicen de relatos, actores, escenas y referencias. Mi cine va tanto o más por los oídos, que por los ojos. El rumor, la crítica, la reseña y las biografías me dan tanto como el cine.
Los salones moldearon mi consumo. Conservo tickets, boletos y billetes de los ingresos a las salas. Conocí varios salones, los de mi infancia y adolescencia son el México, el Plaza, el de los cristianos junto al jardín de la Madre y las casas ajenas.
En Castellón adquiría plaza y bono. Estuve en salones que hoy ya no existen. En París miré La virgen de los sicarios. Allí lloré no por el mamón de Vallejo, sino por escuchar el castellano de Les serviteurs. En Ciudad capital asistí fumado a Plaza Loreto; en la Cineteca me convertí en okupa después de mirar Kids.
LA GUERRA DE LAS GALAXIAS
Sería el 78 o hasta 79, quizá el mismo 77, cuando proyectaron La guerra de las galaxias en el cine México de Fresnillo.
Rondaba entre los siete a nueve años cuando miré lo más fantástico en mi vida. Ustedes saben de las historias y las secuencias; los sonidos de las espadas, las peleas y los robots… Ahora y entonces no tenía genealogía para ese mundo, el de la novedad del futuro.
Al cine nos llevó mi madre (porque sí tuve). No nos dejó ir con la parvada de la calle. Siendo cuatro, el boleto fue a gayola. Nada de palomitas o refresco. Nada de jugar en el intermedio. Advierto, ahora, que estando en las alturas de ese hermoso edificio, me sentía como un todo en la confederación de la Galaxia. El cine me fue enorme. A gayola nunca lo vi o sentí fuese para el común; vivir el cine no excluye, integra.
SOUNDTRACK
El primer casete con soundtrack fue el proveniente de La Misión. Lo compré en las vacaciones de la Semana Santa de 1988. Lo adquirí porque miré la película; una de los primeros consumos que hice en Zairo. Nada supe, poco sé de Ennio. De la historia de las misiones algo advertí. Allí conocí a Robert y Tommy.
Todavía conservo el artefacto; muchas veces lo presté, igual exigí su regreso. Pude comprar el casete porque fui desinvitado a un viaje. Iría a San Juan Bautista del Teul; quería ir por la influencia lectoral de la novela Siempre Dolores (Taibo I) –alude a cristeros de la región, cine móvil y la vida de la actriz-.
No fui a la tierra que ahora me parece la más chingona para vivir; al no ir, mantuve dinero. En el ocio de aquel Viernes de Dolores caminé por los portales y en la casa Enciso miré el casete… Ahora escucho a Ennio en Youtube. El casete me da pena tirarlo, porque imagino la contaminación que haré en la tierra, la que deseaban proteger los indígenas y jesuitas.
POSDATA
Sí, sí estoy en Santa Rosa, capital de La Pampa, en Argentina. Estoy acá por un congreso académico. La ciudad, sin edificios mastodónticos, es una población cuadriculada donde los autos, los choferes y personas van sin prisa.
Las personas son “relindas, rebonitas, reatentas”. No es necesario decir que soy foráneo, me delatan mis tonos de voz y piel. El color del cielo no es azul, como el de Zacatecas.
