La materia del insulto
Insultar es una forma verbal de liberar presión, primordialmente para el que insulta y no para el insultado. El sujeto objeto del insulto recibe una especie de agravio cultural que siempre intenta hacer sentir menos en terrenos de la inteligencia, la capacidad, el género, el sexo y por supuesto, la moral.
Para que un insulto surta efecto tiene que haber al menos dos cómplices, el que necesita hacer sentir mal para liberar presión y el que ha aprendido que tiene que sentirse mal al ser insultado. Cuando se insulta a alguien y no lo toma a mal, como que algo de la cultura no anda funcionando bien, quién sabe qué será peor.
Insultar es un juego en el que se usan palabras de acuerdo a una moral en turno, o más bien, en su contra y se dirigen a herir el cuerpo social, ése que se construye de significados y flota entre la gente.
Los insultos tienen variaciones dependiendo de los contextos y necesidades de los insultantes. Existen los infantiles que aluden a comparaciones con objetos al insultado como cabeza de chorlito, nariz de camote u orejas de Dumbo.
La imaginación es la esencia del insulto, pero los hay que no requieren tanta. También están los tan recurridos insultos sexuales, que todo lo vuelven fornicable y mientras más aluden a la homosexualidad, peor intencionados son. Los que prohibieron insultar así en los estadios, hacen que funcione mejor el acuerdo.
Hay insultos que de tan inteligentes no se pueden entender porque los insultados no están listos para ofenderse, quién sabe qué será peor, si sentirse mentecato, bobalicón o mequetrefe o nomás saberse medio güey.
Hay también insultos exclusivos que necesitan un contexto familiar, grupal o comunitario para cacharse. Los memes, por ejemplo, se convirtieron en un lenguaje de los que están al tanto de sus actualizaciones, los que no, recurren a los mismos insultos gastados que ya pasaron de moda, esos sexuales e infantiles que insultan a la vez al obsoleto insultante, quién sabe qué será peor.
Para insultar se requiere de una mala intención, pero también una impotencia imposible de liberar de otra manera. Las “malas palabras” son ésas que se aprende que son malas sin aprenderse el porqué, antídotos contra el aburrimiento y el tedio de las buenas.
Los primeros insultos llegan quizás de la familia, como llega casi todo lo que luego se replica siendo lo suficientemente adultos como para creer que ser infantil puede también usarse como insulto.
De niños se aprende que el cuerpo tiene partes pudentas y por eso se puede insultar haciendo referencia a tales. De a poco, se aprende el añejo rol cultural de los géneros, el asco, lo prohibido, lo sexual, la superioridad del prestigio, la inferioridad de los animales, los niños, las mujeres, los pobres, los enfermos, otros cultos, religiones, nacionalidades y todo eso que se vuelve la materia del insulto básico.
Del otro lado, están los halagos que se aprenden igual y reflejan también la cultura y percepción social de lo bueno y lo malo, de lo superior y lo inferior. Qué quiere mi reina, mi príncipe o mi señor; cómo está mi mamita, mi papito o mi patrón.
Insultar, igual que halagar requiere medio recordarse niños inocentes para poder hacerlo bien. Se insulta con la palabra, las manos, las letras y con la lengua. Se insulta con lo propio y con la cultura, nomás es cuestión de imaginarse superior o inferior en cualquier tema, quién sabe qué será peor.
El que responde al insulto entra en el juego de dos o más reprimidos que intentan liberarse del peso social, de palabras que no necesariamente son malas, pero sí simbólicas. Los insultos cambian con el tiempo y se modifican según las necesidades de los insultantes.
Quién sabe, quizás algún día decirle a alguien rey nomás refiera autoritarismo, nepotismo o abuso de poder; o tal vez, bautizar a alguien como un completo imbécil termine rellenando sus ausencias.
Para insultar y ser insultado hay que temer que hay algo detrás de lo aparente con riesgo a ser revelado con palabras. Tal vez, detrás de los que se sienten superiores se esconden los que dudan que lo son y detrás de los que se creen medio inteligentes se escondan gaznápiros completos. En una de ésas, los supuestos adultos funcionales esconden niños inseguros y temerosos por ser insultados. Quién sabe qué será peor.
