El joven extranjero que me abordó después de clase para platicar sobre la polarización no quedó conforme con mi explicación sobre dicho fenómeno.
—No terminó de responderme por qué está tan polarizado el país.
—La trampa es pensar que un grupo minoritario vociferante es representativo de una sociedad más grande y compleja, como para luego pensar que está polarizada.
—Entonces, ¿usted no cree que haya polarización?
—Es una ficción creada en torno a los cambios que se están procesando. Tu me dijiste que te costaba imaginar en tu país si los partidos predominantes fueran barridos para que otros pequeños o de reciente creación tomaran su lugar como principales. “Sería una revolución política”, dijiste.
—Sí. Los partidos tienen muchos años, aunque en mi país ha habido cambios así, la democracia sí refleja la voluntad de la gente.
—Bueno. Ésa es una diferencia sustancial respecto de lo que pasaba en México.
—Pero, ¿usted cree que ahora los partidos que gobiernan sí obedecen a la voluntad de la gente?
—Al menos en percepción, sí. Dos ejemplos: los aumentos al salario mínimo y los programas sociales que dan dinero en efectivo a determinados grupos de la población. Las personas perciben que la 4T sí piensa más en ellos. En ese sentido se sienten representados.
—Esos rasgos son elementales de un Estado de Bienestar. En mi país se cuestionan mecanismos, montos y algunos detalles, pero no la existencia del programa…
—Aquí la oposición contradecía todo. De hecho, no termina de creer en un estado de bienestar y batalla mucho para disimularlo. Más o menos ¿queda claro por qué perdieron?
—Algo más claro. En Europa muchos de esos programas son considerados derechos; no dependen del humor de políticos o de criterios ideológicos.
—Bueno. En México al elevarse a rango constitucional, ya son derechos. Así son reconocidos.
—¿Se supone que a partir de ahora todo gobierno debe darlos?
—Así es.
—Pero a como se respeta la Constitución y las leyes en México, ¿pueden ustedes confiar en eso?
—Excelente pregunta. Creo que con este poder judicial no podemos confiar en que un gobierno posterior no pueda suspender esos derechos.
—Entonces, ¿con la reforma judicial ya se van a respetar las leyes en México?
—La pregunta es fulminante. Yo no lo creo. Desde mi perspectiva, se está corrigiendo una parte del problema que es el aparato que imparte justicia. Es una parte importante porque el ciclo donde el violador de la ley lo hace sin enfrentar consecuencias, se alterará. Pero una cosa es eso, y otra que la población desarrolle una cultura de devoción a la ley.
—Suena bien, pero elegir a jueces, ¿corregirá al aparato de justicia?
—No en automático.
—Entonces, usted ¿cómo justifica un cambio tan radical, si no se asegura el resultado?
—No lo justifico, me parece un riesgo. Lo que sí me parece un acierto es no tener miedo a idear e implementar una solución de fondo. Para mí la democracia entraña el gran riesgo de perdernos en discusiones interminables, que las iniciativas e ideas queden en la nada y el problema no se solucione. La justicia en México se ha postergado mucho y por eso hemos normalizado la injusticia. Yo digo que ya basta. Tu, ¿qué opinas? ¿Imaginas a tu país así?
—Poniéndolo así, yo también estaría de acuerdo, pero sí tiene que reconocer que el riesgo de que no funcione es alto.
—Creo que el riesgo existe, pero no sé qué tan alto. Nadie lo ha intentado. No tenemos el antecedente de que un país ya lo haya introducido y no funcionara. Por eso vale la pena intentarlo.
—Si funcionara la democratización del Poder Judicial, ¿usted que concluiría?
—Esperemos a ver qué sucede. Pero por lo pronto, en México el Poder Judicial, como otros poderes, ha estado en control de oligarquías y creo que otras democracias andan por las mismas. Con ese antecedente, repito, vale la pena el intento.
