A perpetuidad
El imaginario ser humano, consciente de su finitud, se inventó la eternidad. En colectivo, los pobres efímeros mortales imaginaron poderosos dioses eternos pero necesitados de alabanzas, rezos, flores y arrepentimiento, todo eso que sí les sobraba a los creativos caducables para ofrecerlo apropiadamente al mejor divino postor.
Como todo lo inventado, un solo dios tampoco fue suficiente. Al catálogo de inmortales se le añadieron ángeles, arcángeles, vírgenes y santos tan diferentes como variaciones sociales de los otros, sus fieles rezantes.
Opciones tan distintas como días en el año para que cada quien se suscriba a la propia, con pagos semanales, diarios o eventuales según como se vaya ocupando. Hubo dioses milagrosos, benevolentes, perdonadores, solucionadores de problemas imposibles, mágicos, místicos, curativos y todo eso de lo que carecen los que aspiran a esas trascendentales atenciones.
A los dioses, a los santos y a los ángeles hay que hablarles tan bonito como si fuera cierto eso de la devoción, la eternidad es un lugar que no se quiere visitar con mal atendidas deidades. Se les atribuyó rostro, nombre y personalidad, se les ofertó un día y una vestimenta eterna para poder identificarlos, se les hizo un poco humanos para saber cómo llegarles, cómo poder hablarles de tú.
Cada quien que le rece a su santo, cada quien que le pida ayuda y le agradezca lo cumplido según como les vaya en la feria. Gestores permanentemente disponibles al llamado de sus mortales, pero fieles y endeudables suscriptores. Santísimos intermediarios entre la imaginación y la finitud para no vivir tan lejos de lo eterno, Batman.
La existencia de santísimos permitió aligerar las conciencias, ya hubo con quien disculparse sin involucrar ofendidos, al menos los divinos no interrumpen cuando se les pide perdón, no refutan, perdonan porque son buenos, comprensivos y bondadosamente inagotables. No como otros.
Lo mundano se volvió ofensivo porque, según las escrituras, todo lo que es demasiado de mundo avergüenza. Lo mortal no puede ser tan bueno como lo celestial o lo divino, como lo inalcanzable. La esperanza de eternidad sustituyó el miedo a los finales inconclusos.
A dios se le respeta porque es bueno, porque todo lo sabe, es omnisciente, omnipotente y omnipresente, aunque nomás su club de fans se haya enterado. ¿Puede dios levantar una piedra que él mismo creó para que ni él pueda levantarla? Que cosas inventa el humano por no saber con quien disculparse, por no querer terminar olvidado sin padrinos celestiales.
Pobrecitos dioses a disposición de las inagotables necesidades humanas, de sus caprichos, de sus pesares. Pobres de los santos inspirados en mártires sufrientes que nunca se enteraron de lo que fueron y que ganaron una batalla contra el olvido.
Los modernos mortales rezan y les escriben a los santos en sus redes. Bendita tecnología que aproxima a lo divino, Batman. Bendiciones para todos porque el deseo de bondad siempre es bien dicho, sobre todo los días en los que les vaya mejor a los que rezan, esos días en los que no se sueltan cochinas maldiciones por las que luego podrá pedirse perdón.
Una ayudita por el amor de dios, quién contra dios si él está con los que necesitan justicia, bondad, piedad, inspiración; quién contra él si es eterno. No como otros. El temor hacia dios es directamente proporcional a la creatividad de cada temeroso.
Los muertos no mueren, casi todos se van al cielo allá más lejos de la estación espacial internacional; los que se van al infierno, fueron demasiado mundanos y no se arrepintieron a tiempo, por fortuna la eternidad también exime las culpas.
Que breve resulta la vida imaginando lo eterno. Que bonito un dios comprensivo, solidario y justo, que eternamente bello, bello. No como otros. Imaginando se puede crear más allá de los límites de lo posible, sin las mundanas restricciones del tiempo, de las condiciones sociales y espacio temporales. Gracias a dios, el ser humano se enteró que era finito, de otro modo, no habría que haber inventado la eternidad.
