Nunca pasó el tren
Casi de forma secreta, todos los días se espera que algo fuera de la rutina suceda. A algunas personas puede brindarle seguridad que las cosas no cambien tanto entre un día y otro, tener una rutina es algo así como no dejarse sorprender tanto por el destino y creer, de buena fe, que las cosas que pasaron ayer pasarán igual mañana.
Lo cotidiano brinda una tranquilidad añorada. Sin embargo, pareciera que la gente anda permanentemente con la intención de sorprenderse de forma alguna, consulta con frecuencia las redes sociales, periódicos y noticias para ver si el mundo resulta un poco diferente al que fue muy parecido todos los días anteriores.
Hay eventos que hacen que las cosas se vuelvan notorias y es entonces solo cuando el foco de la atención se centra en particulares eventos, cuando algunas cosas cobran existencia.
Así como los bebés lloran cuando requieren ser atendidos en alguna de las necesidades que todavía no saben satisfacer, los adultos mandan señales sutiles para que su existencia sea notoria para otros.
Percatarse de la existencia del otro es esencial en un mundo en el que el individualismo se puso tan de moda, que difícilmente la gente se preocupa por lo que sucede a los demás. Todos llevan prisa a ciertas horas y sienten que sus motivos son más importantes que los del resto.
Los ruidos, por ejemplo, son expresiones sonoras que no se tenían contempladas en ambientes ya controlados. Solo se grita cuando no se puede hablar con un volumen habitual, ése que está normalizado y que es aceptado para que todo parezca funcionar correctamente.
Los niños gritan todo el tiempo porque todavía no se enteran que, ya de adultos, el silencio se vuelve preciado. Todos los animales, aunque no sean humanos, llevan consigo una capacidad para alarmar siempre que sea necesario.
Por su parte, los que sí son animales humanos expresan que algo les anda haciendo falta de diferentes maneras, se vuelven vistosos, levantan la voz y se mueven para interesarles a otros, truenan cuetes, tocan cláxones y gritan.
Qué merece la pena anunciarse con tanto ruido, el silencio dejó de ser un bien público. Fulanos de tal denotando existencia, presencias notorias para no pasar desapercibidos. Lo normal no es sorprenderse de todo ni todos los días, la normalidad es más bien, por fortuna, medio chata, callada y aburrida.
El ruido que hacen las cosas al caer, al explotar o al quebrarse es la expresión de que algo anda mal. Lo normal es que todo se encuentre con el suelo y con el cielo de la mejor manera posible, despacito, sin estruendo. Lo normal es que un paso le siga al otro sin problema y que, entre ayer, hoy y mañana no cambie nada tanto ni tan seguido.
Las marchas militares denotan seguridad en cada paso, un, dos, un, dos, ininterrumpidamente. Seguridad militar al servicio de un mundo cansado de interrupciones, cansado del ruido que hacen las maquinarias al dejar de funcionar. La calma antes de la tormenta para suponer que todo estará bien.
Cuánto ruido se puede soportar, cuántos gritos, claxonazos y explosiones para existir sonoramente. El ruido contra el anonimato porque solo de esa forma, a la fuerza, se invade la atención.
Hacer ruido es protestar, se toman vialidades, se piden prestados micrófonos y cámaras porque algo se tiene que decir. Se rompe la rutina para salir en las redes, en los periódicos y en las noticias, se quiebra la realidad para expresar que algo no es normal, que ayer no fue igual que hoy, se rompe a propósito lo cotidiano.
Cuando llora un bebé, cuando grita un niño y cuando suena un tren piden voltear a verlos, exigen atención para que la maquinaria global siga funcionando. El morbo alimenta las ganas de romper con la rutina y hace consultar, casi en secreto, que es lo que pasa en la estridencia.
El ruido se volvió normal porque lo cotidiano hizo necesario romper con los públicos silencios. Se protesta buscando la atención forzada, ésa que anuncian las malditas y cotidianas explosiones en el cielo, los cláxones y el sonido de un tren que, a pesar de tanto ruido, nunca pasó.
