Ingresé a Facebook en 2007. La dinámica de las redes sociales era incipiente. Éramos una generación en migración. Crecimos pensando en las computadoras y sus derivados como cosas del futuro. Comenzamos a tener frente a nosotros monitores y teclados a principios de nuestra adolescencia; los más precoces poco antes de la pubertad.
En el idioma generacional nos llaman la Generación X. Somos la generación que dio el paso transitorio para el mundo que hoy vivimos. La inmediatez del Internet nos confrontó primero con mecanismos de mensajería instantánea (lustros antes del celular con apps y redes en la palma de tu mano), ¿Quién, de nuestra generación, no se acuerda de ICQ y el MSN Messenger?
Este último no solo daba la oportunidad de comunicarse si estabas frente a una computadora con Internet, sino dio lugar a los albores del “microblogging”. Como daba oportunidad de cambiar de “alias”. De entonces al mundo donde “si no existes en línea, no existes en absoluto”, han pasado varios fenómenos que vuelven a transformar los mecanismos de interacción entre los usuarios.
En este espacio hemos comentado los peligros de las redes en tanto un mecanismo de manipulación política y electoral.
Quedó ampliamente demostrada la perniciosa participación de Facebook en esquemas de manipulación electoral muy cuestionados porque vulneran la libertad de elegir.
El primer condicionante de la libertad de elegir es que se tengan todos los elementos posibles para tomar decisiones informadas. Ejemplo de ello, fue la participación de Facebook en la elección presidencial de EEUU en 2016 donde triunfó Donald Trump y en el Brexit que ganaron los secesionistas encabezados por Nigel Farange.
¿Por qué traemos a colación estos ejemplos? ¿Qué tienen que ver con el estado actual de las redes?
Muchos pensamos que todos esos escándalos no tendrían mella en el imaginario de las masas. Veíamos incólumes a los principales corporativos de redes sociales, como Meta y X. Pero parece que ha comenzado la rebelión de los usuarios.
Dos factores que comienzan a mostrar una modificación en el comportamiento. La mediatizada “libertad de expresión” donde entra —o no— en juego la “paradoja de Popper”, donde solo se puede ser intolerante con los intolerantes.
Veníamos de una “tradición” que en un contexto de libertad lo permitía todo, y por otro lado, la posibilidad de censurar en nombre de mínimos de tolerancia y buen gusto, donde los discursos radicales no tienen lugar.
Desde la llegada de Elon Musk al mando de X (antes Twitter) se ha abierto mucho el margen para que posiciones más radicales (sobre todo de derecha) se manifiesten libremente. Bueno, pues eso ya comienza a “cansar” a varios usuarios e inclusive instituciones.
Primero, el decrecimiento de X y el incremento de usuarios de otras plataformas como Bluesky, una red social que crece a razón de varias decenas de miles de usuarios por mes, tasa que se incrementó después de la elección presidencial de EEUU.
Segundo, la salida de varios usuarios influyentes; por ejemplo, en Europa. Dos equipos de futbol alemanes como el St. Pauli de Hamburgo y el Werder Bremen, que llamaron a X “máquina de odio” y acusaban la “reciente radicalización de la plataforma”.
En ese contexto hay otras redes sociales con vocaciones singulares y la propiciación de un ambiente donde los radicalismos y el odio sean moderados e incluso erradicados.
En lo personal no navego tranquilo en un ambiente donde el espíritu de las redes, cuyo impulso primigenio eran ser libérrimas a costa de dar voz y espacio incluso a radicalismos intolerantes y a los energúmenos que los enarbolaban, se convierte en un ambiente condicionado y censurado.
Las redes. Ese ambiente que comenzó para informarnos y conectarnos nos confronta con la condición moral de espacios donde el odio se mueve libre y la libertad lo apapacha como la madre que cría un cuervo para que le saque los ojos.
