Hacerle caso al nutriólogo
Parece que los que saben de nutrición entienden que, además de satisfacer en el cuerpo las necesidades esenciales, la comida se ha vuelto algo cultural alrededor de lo que giran rituales, placeres y otros significados sociales que más bien poco tienen que ver con adquirir solo vitaminas y minerales para que siga medio funcionando el cuerpo.
Al parecer, comer es placentero no solo por los sabores sino también por todo lo que los comensales encuentran en lo simbólico e inmaterial en hacerlo poco apropiadamente.
Se puede comer en familia, en pareja o en grupo; también para cerrar algún negocio, festejar seguir vivos o nomás porque ya andaba rugiendo suficientemente la tripa. A veces, incluso, se puede comer solo como si a nadie más le importara.
En el mejor de los casos siempre se pueden buscar manjares acordes al bolsillo del tragón en cuestión que no comprometan tanto el gozo de paladearlos solo o acompañado. Pareciera entonces que la comida también es eso insustituible por esos siempre apestosos complementos y suplementos que se apellidan también alimenticios y que recuerdan lo innecesario que resulta lo sabroso en alimentarse.
Comer no es alimentarse. Comer mucho le viene tan mal al cuerpo como comer muy poco. Los cuerpos de los comelones son distinguibles porque se nota que algo de más les anda sobrando por pasarse de tamales, tortas o todo eso muy sabroso que no recomiendan ingerir los que sí saben cómo se debe hacer. Hay que aprender a detenerse cuando ya fue suficiente comer, incluso sin haber llenado como en casi todos los demás placeres.
Que deliciosos son los platillos que invitan a deseducar la boca para querer seguirlos tragando como bestias cegadas por el placer.
Los flacos no siempre están así porque coman mal, depende a veces de las genéticas gratuitas, de quemar al menos las mismas calorías que ingresan o de saber cuánto, qué y cada cuándo ingerir. Nada como aprender a echar la papa saludablemente para que las barrigas no cuelguen tan desproporcionadamente al resto de las carnes que contienen las bonitas almas.
A pesar de las múltiples advertencias sobre lo dañino que pueden resultar los sagrados alimentos comprables en cualquier Oxxo, ninguna empresa de pancitos, refrescos o sabrosas chucherías producidas en montón ha quebrado en consecuencia. Las advertencias de los que sí saben de nutrición les vale a los comelones más kilos de basura que los que pueden sumarle a sus básculas.
Pocos placeres tan al alcance de la boca como comer, aunque sea mal y en desproporcional abundancia. En cualquier esquina venden algo lo suficientemente dañino, pero tan rico como para evitar evitarlo.
¿Qué más se puede comprar en cualquier esquina para disfrutar? ¿Cómo más van a gozar los que nomás pueden mal comer, pero a su debido antojo? Un lugar de gordos es un lugar quizás sí, de inconscientes y maleducados, pero también de hambrientos de placer difícil de encontrar por otros medios. Malditos paros cardiacos, maldita diabetes y maldito colesterol que no dejan sabrosearse la vida inadecuadamente.
Habría que comer muchas veces, pero tantito. Habría que comer muchas verduras, algo de frutas y poquito de carne, que mejor si es nomás pescado, pollo y casi nada de sabroso y jugoso marrano.
Habría que evitar lo monosaturado, lo trans y lo industrial. Habría que alejarse del engañoso glutamato monosódico, del vil aceite de palma y el perjudicial jarabe de maíz. Habría que tomar mucha agua, pocos o nulos refrescos y mucho menos cervezotas o alcoholes varios que además de atrofiar cerebro, también malsanan el comportamiento de los perfectibles cuerpitos. No habría que gozar tanto ni tan seguido por la boca, por la lengua, por la garganta.
Habría que poner atención a las partes flácidas, las partes gordas y esas desacostumbradas a ser bien atendidas. Habría que masticar mucho, comer suficiente fibra, probióticos, vitaminas y considerar la sinceridad de las racionales básculas gravitatorias.
Vivir bien es abstenerse del maldito placer. Al cuerpo hay que gobernarlo, educarlo, civilizarlo. Habría que, en todo caso, hacerle caso al nutriólogo y dejar de comer símbolos inmateriales nomás por el placer que pueden aportar en familia, pareja, grupo y a veces estando suficientemente solos, como si a nadie más le importara.
