Dar de beber a la ciudad (II)
En la colaboración anterior hablé un poco acerca de uno de los monumentos más icónicos de la ciudad de Zacatecas, el acueducto El Cubo.
Terminé el texto anterior diciendo que para el siglo 19, los veneros de abastecimiento para las fuentes de la ciudad se habían agotado. El agua de las minas y la del Arroyo de la Plata resultaba inadecuada para el consumo humano y en aquella época se propuso que el único cuerpo de agua de la cual podían surtirse las fuentes de la ciudad era desde La Encantada.
Además, a pesar de haber solucionado la primera parte del proceso de distribución del vital líquido, es decir, el punto desde donde se extraería, los problemas por su conducción fueron constantes.
Por ejemplo, para 1844 tuvieron sendas quejas acerca de la escasez del líquido en la fuente de Villarreal, lo que para la opinión del encargado de la comisión de aguas era culpa del contratista quien no contaba con “esa delicadeza que obliga a los hombres a llenar sus compromisos […][ya que] cada vez se escasea más el agua potable y los más días sucede que el público se agolpa ansioso sin encontrar en la fuente la precisa para cubrir sus necesidades”, además se quejó del mal estado en que mantenía a las mulas de la saca de agua, quienes sin comer lo necesario, no rendían lo esperado.
En la serie ayuntamiento, del fondo “Abasto de agua” en el Archivo Histórico de Zacatecas, se puede constatar que contratistas iniciaban y terminaban su cargo y las quejas eran continuas; si no era por el mal estado de las instalaciones, lo era por el mal funcionamiento de la maquinaria.
Sin embargo, el ayuntamiento de aquel entonces parecía incapaz de exigir el cumplimiento de contrato a cabalidad, así como de realizar las inversiones necesarias para que las sacas de agua se mantuvieran funcionales.
En 1878 así lo expresaba el contratista en turno: “La causa principal de la escasez del agua es más bien debida a la imperfección y mal estado de los aparatos de extracción pertenecientes a la municipalidad que a la falta de líquido en cuestión”. Los efectos de esta problemática se dejaron sentir con la constante falta de agua en la fuente de Villarreal.
Por su parte, el acueducto, al tratarse de una obra que recorría varios metros de longitud y que además contaba con una altura considerable, también necesitó constantes reparaciones.
Pocos son los documentos que mencionan alguna reparación, pues los acueductos son construcciones costosas que presentan muchas dificultades en cuanto a su planeación, edificación y sobre todo mantenimiento.
El ayuntamiento fue el responsable de su cuidado y en 1845 cuando envió una comisión para reconocer el estado de algunos pilares del acueducto. Según el informe elaborado durante esta inspección, la altura de la edificación había provocado que los pilares más altos del centro se estuvieran desplomando.
El comisionado termina añadiendo que también al sur hay unos arcos arruinados y por la gravedad del daño, el costo podría ser “algo pesado”. Los costos que significaba conservar en buen servicio las edificaciones de la saca de agua así como el conducto monumental que transportaba el líquido, junto a la ineficacia de los contratistas, obligaron al ayuntamiento a buscar otras formas de suministro.
En la última década del siglo 19 la Asamblea Municipal consensó ofrecer la contratación de agua a compañías privadas que propusieran un nuevo y más moderno sistema de aprovisionamiento.
Tras varios intentos fallidos en 1894, el doctor Luis M. Yesi firmó un contrato en el cual se estipulaba que la ciudad tendría un sistema de drenaje, así como varias presas en el estado.
Además del agua potable, el agua salada sería conducida desde el tiro de Lete hasta la Alameda a través de tubos de fierro, implementándose así, un nuevo sistema de abastecimiento que dejó atrás el uso de antiguas tecnologías como el acueducto.
