El precio de la historia
Una década atrás tuve la oportunidad de frecuentar una escuela para extranjeros en Europa. Las clases, orientadas a enseñar el idioma nativo, fomentaban la conversación a través de temas polémicos o de importancia contemporánea. Recuerdo que el drama de la migración africana hacia el viejo continente ya estaba en pleno apogeo, siendo comentado en las clases y en los cafés.
Ahí se nos ponía sobre la mesa la necesidad de atender a los miles de africanos que día con día arriesgaban su vida para buscar una vida mejor y el hecho de que, algunos países europeos -específicamente los del sur-, carecían de una estructura política y económica que hiciera frente a la inmigración. Ante esto, un compañero brasileño dijo algo que hasta la fecha sigue resonando en mi mente: “Es el precio de la historia”. Ante el silencio de una profesora que pareció no entender el comentario, para otros latinoamericanos que estábamos presentes el asunto quedó bastante claro.
¿Pero por qué? ¿Hay algo en la historia que nos pueda dar luz acerca de un tema que sigue siendo tan complejo y que, hoy por hoy, afecta a miles en el mundo, incluidos muchos mexicanos que persiguen el “sueño americano”?
Los países del sur, como genéricamente se denomina a esta parte del mundo compuesta de naciones en desarrollo -y que actualmente conforman la periferia y semi periferia del sistema-mundo capitalista-, han sido históricamente colonizados, explotados y recientemente sometidos a relaciones de dependencia con respecto a países que se encuentran en el centro del desarrollo económico actual (Estados Unidos, Alemania, Japón, etc.).
Desde una perspectiva histórica, algunas interpretaciones sugieren que la actual crisis migratoria es causada, en alguna medida y con las debidas proporciones, por las consecuencias políticas y económicas de siglos de explotación, donde los recursos naturales de algunas naciones, así como su mano de obra, fueron explotados y extraídos para beneficios de otros.
Esta situación ha provocado siglos de relaciones internacionales desiguales, donde a pesar de la globalización y del intercambio libre de personas y mercancías, sigue existiendo una amplia brecha entre los que se llevan la mayor parte del pastel y a los que le queda solo una rebanada.
En el contexto actual, algunas economías locales son tan débiles que necesitan de la inversión extranjera para poder mantenerse a flote, amén del llamado dumping social, una práctica bastante común en donde las trasnacionales se ubican en países en desarrollo ofreciendo bajos salarios para reducir los costos de producción.
Para algunos estudiosos esto incluso habla de una “deuda histórica”, una especie de compromiso que tienen algunas naciones con otras por haber sido acreedoras de una deuda social, económica y hasta ecológica, cuyos efectos pagan países como el nuestro (pensemos, por ejemplo, en los desastres ecológicos provocados por el extractivismo minero en nuestra región).
En este sentido siempre se vuelve necesario preguntarse ¿hasta qué punto pareciera ser una cuestión moral el que ciertas naciones toleren la inmigración hacia sus países? Evidentemente la respuesta no es tan simple y siempre contiene muchas variables. Hay contextos concretos que no se pueden reducir a un debate ético.
Pero lo cierto es que actualmente hay miles de personas a las que no se les puede juzgar por buscar mejores condiciones de vida: mayor seguridad, un empleo seguro y mejor remunerado, en general, una existencia más digna.
Muy a pesar de todos los intentos actuales por frenar las olas migratorias, algunos expertos señalan que este fenómeno está lejos de desaparecer, por el contrario, tenderá a fortalecerse. Como menciona el teórico de la globalización Chakravarthi Raghavan, “…en un mundo de ganadores y perdedores, no se puede pensar que los perdedores desaparecerán por arte de magia: forzosamente deberán buscar mejor suerte en otro lugar” y eso, quizás, es el precio de la historia.
*Doctorado en Historia del Colegio de San Luis
