Juárez ― Bracho
Para conmemorar el centenario por el nacimiento de Benito Juárez, se realizaron en el país múltiples acciones gubernamentales ―concursos, colocación de testimonios por la presencia presidencial en los estados, proyección de esculturas, nombramiento calles y pueblos con el nombre del expresidente. El fin era juarizar a la nación, como un medio para fortalecer la legitimación histórica del régimen―.
Hubo un concurso de ensayo biográfico, propuesto por la Comisión Nacional del Centenario de Juárez, ganó el escritor Rafael de Zayas Enríquez, con Benito Juárez, su vida – su obra. El zacatecano Leonardo S. Viramontes participó con el libro Biografía popular del benemérito de América Benito Juárez. Este libro obtuvo un accésit.
Por varios motivos el libro de Viramontes me es conocido: el autor era zacatecano, participó en un grupo político que gobernó la entidad en la última década del siglo 19.
Fue profesor del Instituto de Ciencias, escribía para periódicos locales y fue uno de los oradores cuando develaron la escultura ecuestre del general Jesús González Ortega en la ciudad de Zacatecas. En 1906, Leonardo residía en la capital del país, dictaba clases en la Escuela Nacional Preparatoria.
Llegué al libro por estar indagando a Viramontes y al militar reformista. En el texto dice: “De un humilde pueblecillo del Estado de Zacatecas había salido un obscuro joven, ex escribiente de Juzgado, -que se hizo conocer muy pronto como la mejor espada de la causa liberal.
Jesús González Ortega se llamaba aquel capitán improvisado; la guerra de Reforma justificaba su carácter de revolución esencialmente popular: de otras partes se levantaban campeones, principalmente hombres pensadores, que corrían al campo sin más antecedentes que su valor y su entusiasmo. El nuevo caudillo se conquistó desde luego inmensa popularidad; era a la vez soldado y orador; tenía por armas su sable y su palabra, como los paladines de la Revolución francesa; y cuando desde el templete en la plaza de armas de Zacatecas, arengaba al pueblo, las masas se levantaban como un solo hombre”.
Para construir este párrafo, el profesor Viramontes usó dos folletos: uno que cuenta el ascenso gubernamental (1858) y otro donde es presentado en la capital del país (1861).
Bicentenario
El lunes 21 de marzo de 1825, la Cámara de Diputados aprobó la credencial legislativa de José María Bracho (sombreretense, abogado, casado, propietario y minero). Asiste como representante del estado de Zacatecas. El mismo día juró e inició labores. Él se había presentado desde el viernes pasado, pero su expediente fue turnado a comisiones.
Los diputados, en general, sesionaban desde enero. Por Zacatecas, conforme a la convocatoria y Constitución general de 1824, fueron elegidos Crispín Velarde, Santos Vélez y Juan Bautista de la Torre. Velarde acudió desde Guadalajara, iba luego de concluir como diputado constituyente; Vélez ya estaba en la capital del país; De la Torre no concurrió (era diputado constituyente en Zacatecas y presidente de la Sociedad de Amigos del País), aprobada su renuncia, en la entidad se debió enviar a otro representante.
José María Bracho avisó desde el inicio de febrero que sí acudiría a la capital del país. El dato no es baladí, un año antes no aceptó ser gobernador del estado -hubiese sido el primer ejecutivo, incluso quien promulgara la primera Constitución política del estado-. Más todavía, no escribió directamente a los diputados, sino al ministro de Relaciones, don Lucas Alamán, con el cual tenía contacto merced a las inversiones mineras que ocurrían en Sombrerete.
Luego de su andar en México, Bracho sostuvo amistad-correspondencia con Alamán. Invirtió en minas y su trabajo lo distinguió como el capitalista individual del Departamento. En cada préstamo forzoso, en las listas apreció el nombre del sombreretense en primer lugar ―ya entonces los viejos señores aristócratas de Zacatecas eran leyenda y relatos―.
