Los culpables
Para vivir con ganas, los días no pueden ser iguales siempre, no deben. El tedio que produce la rutina vuelve necesario convertirse en buscadores de diferencias entre un día y otro, sin menospreciar, por supuesto, la segura tranquilidad que puede producir vivir rutinariamente.
Ojalá que algo suceda, es el pensamiento que baila en la mente de los que se aburren fácilmente. Que pase algo, lo que sea pero que pase, para rescatarse del profundo tedio que implica vivir como si se pudiera saber cómo hacerlo.
Ayer se parece mucho a hoy, ojalá no suceda igual mañana. Quizá, sería mucho mejor fingir que el sonido que produce el mecanismo del reloj es una pieza musical improvisada, única e irrepetible, cada vez más valiosa porque menos dura. Primero, segundo, último.
Cuando los días parecen todos iguales hay que ponerles adornos. Hay que conmemorar santos, vírgenes y dioses que no sufren con la escasez del tiempo porque ellos no necesitan usar relojes ni salir de vacaciones. La eternidad alivia muchos malestares. Ellos sí son inmortales, no como los pobres funestos que los mal inventaron y cuyos días parecen ser todos iguales, aunque no deban.
Habrá que santificar el tiempo, bendecirlo, dedicarlo a la reflexión cuando sea posible, meditar sobre los errores y los aciertos, pensar en eso que no se debe pensar otros días, que no se puede.
El tiempo es precioso, aunque sea solo por hoy, ya mañana dios dirá, que se haga su voluntad porque la voluntad de los hombres (y mujeres) nunca ha resultado suficiente.
Hasta sus casas se vuelven distintas. No sabía que tenía tanto polvo acumulado, tanta desorganización. Cuánto tiempo llevarán esos propósitos bajo la cama. Quién puede vivir en un lugar así, sin darse cuenta de todo lo que acomodó a su antojo la rutina.
Sandalias aquí, pasta de dientes aquí, sentido de la vida aquí. Todo a la mano porque hay que salir corriendo casi a diario, intentando ganarle a la pieza musical improvisada del reloj, o al menos, no dejarle ganar siempre tan fácil.
Asomarse a la ventana a ver qué pasa, quizás un pájaro o un avión, nunca Supermán, pero qué ganas. Ojalá que algo suceda. Seguramente los dioses se aburrirían viendo aviones pasar. La eternidad alivia muchos malestares.
Por fortuna, los días que son santos no pueden ser iguales, no deben. Son santos porque alguien murió, resucitó y subió al cielo de los pájaros, los aviones y Superman, allá donde esperan vivir los que se portaron suficientemente bien, o al menos, se arrepintieron a tiempo de haberlo hecho suficientemente mal.
Seguro un mejor lugar que aquí, en donde el polvo se acumula y hay que inventarle adornos a los días para que no luzcan iguales. Aquí, en donde se puede hacer casi de todo para luego poder arrepentirse. Porque el cielo, es para los arrepentidos, así que hay que echarle ganas, no vaya siendo que sorprenda el final de la pieza musical improvisada sin mucho de que desdecirse. Por mi culpa, por mi culpa, por mi justificada culpa.
La información en la nube afirma, religiosamente, que santo significa perfecto y libre de culpa. Malditas imperfecciones humanas que no dan chance de andar ahí junto a los pajaritos. Humanos condenados a parir con dolor, a trabajar y a morir. Expulsados del paraíso a este monótono y polvoriento mundo en el que hay que santificar los días para hacerlos diferentes, esperando que, ojalá, algo suceda, porque la voluntad de las mujeres (y los hombres) siempre es insuficiente.
Que necesarios los dioses. Los días son santos por culpa de los que no lo son, por ese deseo de que la pieza musical improvisada agárrelos confesados, libres de todo mal. Cuáles son tus rutinarios pecados pequeño insecto sin voluntad.
Lo que hay que hacer para vivir con las ganas suficientes, para que los días no deban, o más bien, no puedan ser tan iguales. Vivir para que algo suceda y el sonido que produce el mecanismo del reloj sí sea una pieza musical improvisada. Último. Segundo. Primero. A ver si ayer deja de parecerse a hoy aprendiendo a culparse adecuadamente, arrepintiéndose, santificándose.
Todo lo que es santo es perfecto y libre de toda la cochina culpa tan necesaria para, luego de retractarse, poder ascender a las nubes, allá en donde vuelan los pajaritos, los aviones y los super hombres (o mujeres). Ojalá que, en estos días, por fin algo santo suceda.
