En un giro que hubiera hecho sonrojar a cualquier economista clásico, el Tesoro de Estados Unidos ha decidido que, después de todo, los aranceles de Trump no causarán recesión ni afectarán la inflación. ¡Qué alivio! Resulta que décadas de consenso sobre los efectos distorsionadores del proteccionismo pueden ser descartadas con un comunicado bien redactado y un optimismo institucional. Si esto no es un triunfo de la narrativa sobre la evidencia, entonces habrá que reescribir los manuales de economía… o quemarlos.
¿En qué quedamos? Durante 40 años, el mantra del comercio libre fue incuestionable en Washington: los aranceles eran un impuesto al consumidor, un obstáculo al crecimiento y un riesgo inflacionario. Desde Reagan hasta Obama, republicanos y demócratas —al menos en teoría— compartieron esta visión. Pero ahora, con Trump imponiendo aranceles del 10% (o hasta 125% a China, al cierre de esta colaboración), el Tesoro nos asegura que no pasará nada grave. ¿Eran falsos los modelos que predicaban los riesgos del proteccionismo, o es falsa la nueva complacencia?
Lo más irónico es que el mismo establishment que antes citaba estudios del FMI o la OMC ahora minimiza sus advertencias.
Cuando en 2018 economistas como Larry Summers alertaron sobre los costos de la guerra comercial, se les tomó en serio. Hoy, con la inflación aún por encima de 3% y una deuda pública récord, el mensaje es: “No se preocupen, esta vez es diferente”. ¿Diferente por qué? ¿Porque lo dice un gobierno que necesita justificar su estrategia industrial… y su retórica electoral?
El argumento más audaz es que los aranceles no afectarán la inflación. Esto contradice no solo la teoría básica (los impuestos a las importaciones encarecen productos), sino la experiencia reciente: en 2019, la Fed de Nueva York estimó que los aranceles de Trump costaron a cada hogar estadounidense $831 al año. Hoy, con cadenas de suministro aún frágiles y precios de energía volátiles, reintroducir barreras comerciales difícilmente será neutral.
Pero el Tesoro insiste: los nuevos aranceles son “estratégicos” y “focalizados”. Claro, como si China fuera a absorber el costo sin retaliar, o como si las empresas no trasladaran el golpe a los consumidores. La administración Biden, que llegó al poder criticando los aranceles trumpistas, luego los defendió con el mismo discurso de “proteger empleos”. Eso sí, sin mencionar que, según el propio Peterson Institute, los aranceles a China salvaron apenas 1 mil 800 empleos siderúrgicos… a un costo de $650 mil por puesto. ¡Eficiencia en estado puro!
Lo preocupante no es que los gobiernos cambien de opinión (eso es inherente a la política), sino que lo haga sin pudor intelectual. Durante años, economistas de todo el espectro coincidieron: los aranceles generan ineficiencia y presiones inflacionarias.
Ahora, porque el viraje proteccionista es bipartidista, se nos pide creer que las reglas han cambiado. ¿O será que el rigor analítico se suspende cuando el populismo comercial gana votos? Se volvieron marxistas de Groucho, “estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”.
El mensaje tácito es peligroso: “Si nosotros lo hacemos, está bien; si el otro lo hace, es un desastre”. Trump fue acusado de incendiar la economía global con sus aranceles y de pronto… “no hay riesgo”. Esta selectividad no solo erosiona la credibilidad de las instituciones, sino que revela que el debate económico se ha vuelto conveniencia de tribus.
Lo más frustrante es que, si en dos años la inflación repunta o el crecimiento se estanca, nadie asumirá responsabilidades.
Los mismos que hoy restan importancia a los aranceles dirán que fue “por factores externos”. Mientras, los ciudadanos pagarán precios más altos por automóviles, electrónicos y bienes esenciales, y algún funcionario en Washington seguirá citando estudios ad hoc para justificar el fracaso.
Presenciamos el inicio de una era donde los dogmas macroeconómicos se doblarán sin decoro ante la conveniencia política.
