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    Opinión Por DAVID H. LÓPEZ

    Francisco y la regla de oro

    2 de mayo de 2025No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Buscamos en vano algún antecesor que al menos lo iguale. Fue el pontífice más abierto al diálogo interreligioso en la historia reciente de la Iglesia católica.

    Sus gestos—visitas a sinagogas, abrazos a pastores evangélicos, declaraciones con imanes—construyeron una narrativa de tolerancia que contrasta con la realidad en varios territorios de México, donde la jerarquía católica ha sido cómplice, por acción u omisión, de la persecución religiosa.

    La Iglesia enarbola la libertad de culto como principio sagrado, pero en México, sus feligreses—y en muchos casos sus párrocos y obispos—actúan con un doble estándar: exigen respeto para sí mismos mientras callan ante los atropellos contra quienes abandonan o no profesan el catolicismo.

    Francisco hizo más que ningún otro papa por tender puentes con otras confesiones. Desde su emblemático “¿Quién soy yo para juzgar?”, hasta su oración interreligiosa por la paz en Asís, su pontificado fue un esfuerzo constante por romper barreras.

    Sin embargo, en México, ese mensaje no se tradujo en cambios estructurales. La Iglesia local sigue operando bajo una lógica de monopolio espiritual, donde la disidencia religiosa—especialmente en comunidades indígenas—se paga con marginación, violencia o destierro.

    ¿Dónde están las homilías de los obispos mexicanos denunciando estos crímenes? ¿Dónde las campañas diocesanas enseñando a sus feligreses que perseguir a un protestante por su fe es negar el mandato de Cristo: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes” (Mateo 7:12)?

    México es un caso paradigmático de cómo la retórica ecuménica choca con la práctica. Mientras el Vaticano firma declaraciones sobre fraternidad humana, en estados como Chiapas, Oaxaca, Hidalgo, Jalisco y Guanajuato la intolerancia religiosa es sistemática.

    En Chiapas, según la SEGOB, entre 2020 y 2023 hubo más de 200 agresiones contra evangélicos, incluyendo incendios de templos y despojos de tierras. En San Juan Chamula, los conversos fueron expulsados de sus hogares si se niegan a contribuir económicamente a fiestas católicas.

    Por otra parte, comunidades enteras en Oaxaca aplican usos y costumbres para prohibir cultos no católicos. En 2022, en San Pedro Yaneri, familias evangélicas fueron desterradas por “romper la unidad”.

    En Hidalgo, autoridades locales—aliadas con líderes católicos—impiden la construcción de templos protestantes bajo el argumento de que “alteran el orden tradicional”.

    Lo grave no es solo la violencia, sino el silencio calculado de la burocracia católica. Cuando sus feligreses queman templos o expulsan familias, los obispos rara vez condenan con firmeza. Prefieren llamados genéricos a la “armonía”, como si la quema de una iglesia fuera un simple malentendido y no un delito.

    El Papa Francisco logró lo que parecía imposible: sentar a evangélicos, ortodoxos y musulmanes en la misma mesa. Pero en México, su mensaje no caló. La jerarquía católica local sigue anclada en un patronazgo religioso que ve a las minorías como una amenaza, no como compatriotas dignos de respeto.

    Si el catolicismo mexicano quiere honrar su propio discurso sobre libertad religiosa, debe denunciar sin ambigüedades cada caso de persecución, incluso cuando los agresores sean sus propios feligreses; educar desde el púlpito en la tolerancia activa, llamando, si no a un ecumenismo unificador (que no todos los religiosos comparten), al menos a una cristiana conducta de tolerancia; y romper alianzas con caciques locales que instrumentalizan la religión para controlar comunidades.

    Francisco demostró un catolicismo que pudo ser una fuerza de fraternidad cívica y, si se desea, espiritual.

    Pero en México, esa posibilidad sigue secuestrada por inercias de poder, silencios cómplices y una tibieza moral que normaliza la violencia religiosa. No basta con que los obispos mexicanos firmen documentos sobre diálogo interreligioso; deben actuar cuando sus fieles—en nombre de esa misma Iglesia—queman, excluyen o expulsan.

    El verdadero ecumenismo no se hace en los salones del Vaticano a niveles jerárquicos, tampoco en encuentros de oración interreligiosa en entornos urbanos clasemedieros; la regla de oro debe vivirse en las calles de Chenalhó, en las plazas de Huejutla, en las comunidades donde el catolicismo sigue siendo impuesto a costa de sangre y lágrimas. Si la Iglesia mexicana no corrige este rumbo, el discurso de tolerancia articulado por el admirado pontífice será solo eso.

    Además de todo lo dicho sobre Francisco, añadamos que sirva su memoria para que sus jerarcas y su feligresía en México vivan el llamado cristiano a la fraternidad y el amor al prójimo que no cree como ellos.

     

     

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