Los ecos del tiempo
Hace poco me recomendaron un libro que ya tengo dentro de mis favoritos. Se trata de Las Ciudades Invisibles de Ítalo Calvino, un texto que me recordó la importancia de voltear a ver con detenimiento los ecos del tiempo que surcan cada edificio, cada esquina y cada recoveco de una ciudad.
Aunque siempre me ha gustado pensar que las ciudades cuentan una historia, reconozco que a veces me dejo llevar por la cotidianidad y me abstengo de mirar a detalle lo que me rodea.
San Luis Potosí me ha acogido durante mis estudios de doctorado, pero hasta hace poco, me era ajena en todos los aspectos. Había tenido destellos de ella, vistazos que me habían dejado una buena impresión gracias a recuerdos emotivos y personales, pero nada más allá de lo que permiten algunas horas como visitante. Fue a partir del pasado enero que tuve la oportunidad de conocer el corazón histórico de San Luis Potosí y… me gustó.
Y es que puede que, desde fuera, sea una ciudad engañosa. Pensamos que estamos frente a una urbe sin sabor a pasado, de ésas que imaginamos que no destilan historia por sus monumentos en angostas calles adoquinadas. Sin embargo, un paseo por el centro de la ciudad nos puede alejar de este error, y espero poder explicar la razón.
La historia de la fundación de San Luis se conecta un poco con la de Zacatecas, en el lejano siglo 16. Después del descubrimiento de las minas zacatecanas en 1546, fue un zacatecano mestizo, Miguel Caldera, quien junto con un fraile franciscano estableciera el “puesto de San Luis”.
El punto al que llegaron se le denomina hoy Plaza de los Fundadores y es el marco de inicio de una historia urbana que hoy continúa; aquí tuvo lugar la fundación oficial de la ciudad en 1592. Como recuerdo de lo anterior, hay un escueto monumento con escalinatas “A los fundadores de San Luis Potosí”, ahí mismo, una silente escultura de San Luis Rey aguanta estoico el irascible sol potosino.
Cerca de ahí y dando apenas algunos pasos, está uno de mis edificios favoritos: el edificio Ipiña. Abarcando una manzana completa, esta construcción data de las postrimerías del porfiriato. Fue propiedad de un empresario quien, deslumbrado por la arquitectura francesa y gozando de mucha solvencia económica, solicitó la construcción de un edificio similar a aquellos de la Ciudad Luz.
Por el lado de la famosa calle Venustiano Carranza, una fachada porticada alberga restaurantes y cafés para quienes desean conversar, tomar un café o comprar un libro en Gandhi. Siempre he pensado que los portales bien aprovechados son un maravilloso espacio de encuentro y no sabe cómo me gustaría que así se hiciera en Zacatecas.
Unas cuadras más adelante está la Plaza de Armas, que sigue el diseño clásico de las plazas mayores hispanoamericanas: un espacio abierto rodeado por los edificios principales como la iglesia, el ayuntamiento y el palacio de gobierno. Por ahí, la antigua casa de la única virreina mexicana, la potosina María Francisca de la Gándara, hoy convertida en un muy recomendable restaurante. Para mí, la gran protagonista de este lugar es sin duda la catedral, la cual sorprende gratamente por su interior neoclásico de tonalidades azules.
Pero sin duda, si de templos se trata, ninguno como El Carmen. Construido como un complejo conventual por la orden de los Carmelitas Descalzos en el siglo 18, llama la atención por su barroquísima fachada.
La verdadera cereza del pastel se encuentra dentro, con la fachada estucada del camerín de la Virgen, joya indiscutible de la retablística novohispana y, hay que decirlo, enojo del sacerdote quien reclama siempre a los turistas su impulso de tomarle foto.
Muy cerca de ahí está el Teatro de la Paz (que nada le pide al Teatro Juárez de Guanajuato) y, enfrente, la antigua mansión Martí, sede del museo de las máscaras. Por ahí cerca, la plaza de Aranzazú con el convento franciscano, un lugar tranquilo para reposar la tarde y tomar un café.
Podría seguir contándole acerca de San Luis Potosí, pero la verdad ésta no es una invitación a visitarla. A veces no se trata de recorrer kilómetros, sino de aprender a mirar con otros ojos lo que ya nos rodea. A veces, el verdadero viaje ocurre cuando dejamos que la ciudad -la que vemos y la que somos por dentro- nos hable en voz baja.
Que cada paso sea una forma de reconciliarnos con el pasado, de abrazar el presente y de imaginar futuros. Mi invitación entonces, es la de mirar con detenimiento, a reencontrarnos con las ciudades y tal vez así, reencontrarnos un poco con nosotros mismos, como así yo lo he hecho en los últimos meses.
*Maestra en Estética y Arte
