Eso
Cae sobre la cabeza de quienes caminan o corren porque no quieren que les caiga encima. Temen resfriarse o arruinarse el peinado, el maquillaje o el atuendo con el que se ven tan bien, como se espera que luzcan quienes controlan lo que les cae encima, y también adonde quieren, pueden o deben ir o estar, y donde no.
No como los otros, esos a quienes les suceden cosas que no pueden controlar, que no usan peinados, maquillajes ni atuendos que los hagan ver como si pudieran controlarlo todo y como si no tuvieran que caminar o correr para evitar lo que no quieren les caiga en la cabeza.
Se escucha solo en los oídos del portador, como si no quisiera compartirse. Al parecer, no cualquiera es digno de elegir lo que quiere, puede o debe escuchar. Al menos, cualquiera puede colocarse unas diminutas bocinitas que repitan una, dos o 424 veces, una serie de sonidos y silencios ordenados para resultar agradables a quien decide oírlos.
Al escuchar se puede más o menos controlar lo que sucede en lo inmediato. Ya lo que pase afuera no es competencia, ni interés o preocupación de nadie, al menos no de cualquiera. En una de ésas ni existe tanto como lo que sí puede escucharse solo en los oídos del portador.
Incómoda cuando hay tanto que no se sabe qué hacer con él, si tirarlo a la basura o quizás, nomás desaparecerlo con aplausos, gritos o alguna alarma que anuncie que ya es momento de terminar. Después, solo se oye el corazón, un silbido en la nariz o esa nada que siempre acecha detrás de todo el ruido cotidiano.
El sonido nunca falta, al menos hasta que vuelve a hacerse de noche y todos tienen que aislarse entre paredes, bajo llave y lejos de los otros también encerrados. Siempre con miedo de interrumpir la frágil horizontalidad, ésa donde apenas se pueden cerrar los ojos para que no incomode tanto no saber qué hacer con él.
Cuando se manifiesta, hay que correr como si la velocidad bastara para olvidar que anda detrás. Hay que hacer ejercicio suficiente para poder verse al espejo admirando los resultados de la huida. También se puede prender un cigarrillo, tomarse unas copas o píldoras pretendiendo que no existe, mientras se conversa sobre otros tópicos más agradables, más preferibles.
Hay que calmarse. Respirar hondo. Alinear los chakras lo más posiblemente, constelarse y vibrar tan alto que pueda sentirse bien con algún dios, santo o ente superior inventado o recomendado por alguien a quien también le recomendaron que hay que correr para olvidar que siempre anda detrás.
Duerme a discreción en los bolsillos, en la cartera o en los álbumes familiares. También puede aguardar en el teléfono, la tableta o en la computadora personal, lista para consultarla cada vez que haga falta, preferentemente, cuando nadie más esté mirando, porque esas cosas no deberían de revisarse en público ni a cualquier hora del día.
A veces se deja ver entre líneas, en algún mensaje instantáneo, en los silencios de nota de voz o en el murmullo de mucha gente hablando al mismo tiempo sobre quién sabe qué. Es imposible reconocerla mientras sucede. Solo se identifica después, cuando vuelve a dormirse discretamente en los bolsillos.
Se esconde debajo de la piel y se va con cada sístole, pero regresa con la diástole. Se disfraza en el aliento con una Halls o una menta de ésas que predicen el futuro mientras no se demuestre lo contrario.
Habita entre las caries, pero sale en forma de granitos que pueden ocultarse con maquillaje o algún astringente como el jabón de azufre o una mascarilla de babas de caracol importada por menos de un dólar. A veces se queda dormida entre los huesos. Luego despierta y apenas se asoma a la superficie, saluda a todo lo que existe y, ahora sí, se muda bajo cualquier otra piel.
