Los usos del pasado
Si visita la CDMX en estos días o si ha estado pendiente de las noticias de la capital del país, seguramente habrá escuchado que en el Zócalo se está desplegando un espectáculo de luz y sonido para conmemorar los 700 años de la fundación de México-Tenochtitlán. Según información periodística, a partir de hoy se podrán ver en la Plaza de la Constitución figuras prehispánicas monumentales, así como un video mapping de la historia de la ciudad mexica, resaltando a los principales tlatoanis y encumbrando el símbolo por excelencia que dio origen al mito fundacional de nuestra mexicanidad: el nopal.
Los fastos conmemorativos no sorprenden. En el contexto actual, es notorio el interés creciente que han tenido los últimos gobiernos en recuperar el pasado y la memoria indígenas, cambiando nombres de calles y avenidas, retirando monumentos y conmemorando fechas que habían caído en el olvido o que al menos no eran tan rememoradas ni en la historia oficial ni en las conmemoraciones cívicas.
Pareciera entonces que, dentro de cada proyecto político, de cualquier color, siempre hay un ejercicio de reinterpretación del pasado en el que se proyectan sus propios valores e ideas.
Esto es parte de un ejercicio común en todas las sociedades humanas: desde hace siglos, gobernantes y príncipes han echado mano de la historia y los vestigios del pasado para justificar su poder y sus acciones. Si bien no se trata de una práctica nueva, sí se trata de un fenómeno que merece ser observado con lupa, especialmente porque revela cómo lo que nos cuentan sobre el pasado puede moldear mucho la forma en que entendemos desde el presente y nos proyectamos hacia el futuro.
Uno de los usos más visibles de la historia en el terreno político es su función como vehículo de legitimación. Es a través de la historia que los Estados no solo explican de dónde vienen, sino que construyen una narrativa con la que buscan generar cohesión, identidad y un sentido de pertenencia compartido, algo que es pasado, pero también destino.
La herencia cultural del México prehispánico se convirtió en la columna vertebral del discurso de reinvindicación histórica de la Cuarta Transformación desde el sexenio de López Obrador, y como tal, ha sustentado varios proyectos que se presentan como ejemplo del poder simbólico que ejerce la historia y sus vestigios dentro de las narrativas del poder.
Ejemplos hay varios. Pero volviendo a las conmemoraciones por los 700 años de la fundación de México-Tenochtitlán, cabe preguntarse: ¿en este México del siglo 21, qué relatos históricos se están consolidando? ¿Cómo se presentan y por qué?
La fundación de México-Tenochtitlán —cuya conmemoración se proyecta hoy en luces sobre el Zócalo— es un hecho histórico que, desde su origen, se entreteje entre el mito y la realidad. La señal del águila sobre el nopal devorando una serpiente no es solo un símbolo nacional: es un relato que organiza, da sentido y cohesiona.
Hoy se recupera con fuerza simbólica, no tanto como acontecimiento histórico verificable, sino como emblema de la grandeza del pasado indígena. Es desde ahí que se actualiza la narrativa heroica, en un intento por enfatizar el esplendor de las civilizaciones originarias que, en este nuevo ciclo, habrían de ser reivindicadas tras siglos de olvido y despojo, ¿pero realmente están siendo reivindicadas?
Pero, ¿hay en estas conmemoraciones una mirada crítica al pasado? ¿Estamos aprendiendo algo nuevo al recordarlo así? O simplemente seguimos reproduciendo una vieja fórmula en la que el relato glorioso de lo indígena es abruptamente interrumpido por la colonización, sin espacio para matices, sin preguntas abiertas. Conmemorar no es lo mismo que comprender, y proyectar luces sobre los templos del pasado, construir estelas monumentales, no garantiza -siempre- el ejercicio de una memoria profunda.
Como señalaron Hobsbawm y Ranger en la Invención de la tradición, las representaciones del pasado no solo transmiten los hechos pretéritos, también sirven para innovar el presente de la nación. Por eso importa preguntarse: ¿qué estamos construyendo al mirar hacia atrás? Porque no hay recuerdo inocente. Toda evocación del pasado es también una toma de posición.
*Maestra en Estética y Arte
