OUTRA VEZ
No existe nada más liberador, para la aterrada alma, sobre todo en estos años de muchos balazos y más ideológicos bandazos, que leer los diarios y las redes sociales y enterarse de que el odio sigue prevaleciendo en el mundanal mundo.
La guerra de exterminio de Israel sobre los palestinos, en la franja de Gaza, no tiene paralelepípedo en la historia moderna. No hay día en que no leamos sobre los bombardeos en asentamientos civiles, en los que son los niños los que más sufren.
Las Naciones (des) Unidas calculan el número de muertos en más de 45 mil, de los cuales 15 mil, aproximadamente, son menores. Y escuchamos las declaraciones de los sionistas, que vomitan estupideces, señalando que deben acabar con los palestinos a como dé lugar, porque ellos son los elegidos.
Al odio le añadimos la política del miedo. La derecha y ultraderecha son maestros en utilizar el miedo para consolidar su poder o conquistarlo (¿recuerdan la campaña sobre AMLO en 2006?). Así actúan la derecha y ultraderecha en Alemania, Francia, España, USA, México. No tienen amor hacia sus semejantes porque, su biblia, la tienen en arameo, para no entender aquello de amar al prójimo.
¿Es tan difícil amar a la gente, amar al ser humano, independientemente de su color de piel, religión, ideología? Para los fascistas sí, porque ellos solamente se consideran los elegidos para gobernar, bajo sus premisas racistas y de defender sus privilegios, los muy hijos de su Pink Floyd.
Pero me pregunto a mí mismo: ¿es complicado amar? Mucho se ha escrito del amor desde diversas disciplinas: psicología, medicina, psiquiatría, entre otras.
El Centro de Barcelona ha definido al amor, como “un sentimiento de afecto hacia una persona a quien se desea todo lo bueno, pero también puede ser afecto hacia una cosa o una actividad”. Agregaría que es afecto hacia grupos de personas, comunidades y, en general, al ser humano.
Entonces, Trump y sus matraqueros no aman, porque no le desean lo bueno a millones de personas y no se tientan el corazón para aniquilar, a miles de personas en cualquier parte del planeta. No, ellos son unos hijos del odio y, estoy seguro, que hasta ellos se odian a sí mismos porque tanto odio debe de ser total: odio al ser humano, odio a la vida, odio al amor.
En otras palabras, para los entendidos, los fascistas no producen oxitocina ni dopamina (las llamadas hormonas del amor). No, ellos lo único que producen es asco y no, no los odio, pero si no existieran, el mundo sería mucho mejor.
Yo no odio, pero no soy muy tolerante con los intolerantes, con quien, en la mañana, en lugar de dar los buenos días, te la refrescan porque se les hizo tarde para llevar a sus hijos a la escuela o llegar al trabajo. De quienes agreden a las mujeres y niños, de los gabachos que agreden a los latinos, de quienes se tapan la nariz cuando ven pasar a familias de campesinos. Esa pinche gente es para vomitarla.
Y son fariseos hipócritas, esas personas que van a la iglesia a expiar sus pecados y toda la semana se la pasan haciendo lo contrario de sus mandamientos. De las señoras rancias que no salen de las iglesias y que son más pecadoras que la Magdalena. Eso me causa náuseas y me convierte en intolerante.
Sorry, pero, acá su cuaderno no hace esos panchos. Yo amo a la gente, la vida, la naturaleza, la noche, el día, las estrellas, el Sol, la música, los libros. Y nada más como ejemplo de la intolerancia y odio de los fachos: el fascismo alemán dedicó varios días a la quema de libros que, supuestamente, atentaban contra el espíritu alemán, por allá en 1933. ¡Ignorantes, asesinos, predicadores del odio, eso es lo que son la derecha y ultraderecha!
Creo que, en algún momento de nuestra vida llegamos a odiar algo; por ejemplo, la pobreza, la represión, personas o personajes impresentables arrodillados frente al poder, la vida misma, pero, más que nada, es un odio frente al sistema.
Poco a poco ese odio se transformó en deseos de terminar con tanta injusticia, en alegría de salir a la calle y tomar las banderas de la igualdad, la libertad, la fraternidad, el amor a los más desfavorecidos por el sistema opresor. Hoy esa alegría se ha perdido y sigue el odio latente en la sociedad. ¿Podemos terminar con él? Creo que sí podemos, solo nos falta un poco de alegría en el corazón y mucho, pero mucho amor por nuestros semejantes. All you need is love.
