A 15 años del Camino
Durante el receso de verano ocurrieron varios eventos y aniversarios importantes que vale la pena mencionar.
Entre ellos, el siempre esperado Festival Zacatecas del Folclor Internacional Gustavo Vaquera Contreras y el INAH Fest 2025, un evento con actividades culturales para conmemorar tres declaratorias significativas para nuestro estado:
La declaratoria de Zona de Monumentos Históricos para la capital, la inscripción de la ruta Wixárika como itinerario cultural, y el aniversario del nombramiento del Camino Real de Tierra Adentro como Patrimonio Mundial de la Humanidad, el cual se concretó el 1 de agosto de 2010. Es precisamente de este último del que quiero hablar en las siguientes líneas.
El Camino Real de Tierra Adentro, también conocido como Camino de la Plata, fue el eje vertebral por el que transitaron personas, mercancías y plata durante casi cuatro siglos.
Esta ruta fue trazada para conectar la riqueza argentífera del antiguo septentrión novohispano —cuyo centro neurálgico eran las minas de Zacatecas— con la capital de la Nueva España, llegando hasta Santa Fe.
A lo largo del camino se fueron tejiendo pequeñas y grandes ciudades a partir de presidios, villas, misiones y pueblos. Fue también un espacio donde se desarrollaron procesos de evangelización e intercambio cultural, dejando huella arquitectónica en puentes, haciendas, templos, fuertes y conventos. En reconocimiento a su importancia, en 2010 la UNESCO lo declaró Patrimonio Mundial, bajo la categoría de itinerario cultural.
La declaratoria —disponible en línea en whc.unesco.org/en/list/1351— señala la relevancia de 60 sitios de interés patrimonial, entre ellos centros históricos, cementerios, conventos, así como pequeñas capillas y templos.
El reconocimiento se otorgó bajo los criterios 2 y 4, que destacan el valor histórico y patrimonial de siglos de intercambio cultural, de costumbres y prácticas que también se materializaron en paisajes rurales y urbanos. Huelga decir que muchas ciudades —entre ellas la nuestra, Aguascalientes o San Luis Potosí— son, en varios sentidos, una muestra viva de ese legado.
Para el caso zacatecano, el área protegida abrazó varios sitios de interés patrimonial, además del Centro Histórico de la capital, que —sin este nombramiento— quizá habrían quedado en el olvido.
Baste mencionar que, dentro del itinerario cultural, se incluyen espacios significativos para el patrimonio religioso local como la capilla de la antigua hacienda de San Nicolás de Quijas (Pinos), el templo de Nuestra Señora de los Ángeles (Noria de Ángeles), el templo de San Panteleón Mártir (Noria de San Pantaleón, Sombrerete), el santuario de Plateros —tan relevante para el turismo religioso del estado—, así como los conjuntos arquitectónicos de Sombrerete, Chalchihuites y Pinos.
También se reconocen sitios arqueológicos como las pinturas parietales de la Cueva de Ávalos en Ojocaliente, y vestigios materiales del propio Camino en esa misma zona.
Más allá de los espacios materiales de indudable valor histórico y arquitectónico, este nombramiento también resalta el patrimonio intangible de una ruta por la que transitaron personas y, con ellas, ideas, prácticas, costumbres y hasta recetas de cocina.
¿Se ha preguntado alguna vez por qué la cocina regional del norte centro del país guarda similitudes con la de regiones más al sur? No es casualidad. A través del Camino también se transmitieron formas de hacer, de preparar, de nombrar y de compartir los alimentos.
Asimismo, el aspecto devocional —afortunadamente estudiado en años recientes— visibiliza cómo ciertas advocaciones religiosas sobrepasaron fronteras. El caso del Santo Niño de Atocha, por ejemplo, es claro testimonio de una imagen que viajó, se arraigó y fue resignificada en distintos pueblos a lo largo de la ruta.
El Camino Real de Tierra Adentro es, más allá de una ruta colonial, el testimonio vivo de la formación cultural de lo que hoy entendemos como México.
A quince años de su reconocimiento como Patrimonio Mundial, considero que su visibilidad en el imaginario colectivo sigue siendo escasa. Si bien los esfuerzos institucionales han sido importantes, más allá del ámbito académico o gubernamental, se sabe poco. Y lo que es más preocupante, las comunidades que habitan estos territorios han sido escasamente incluidas en los procesos de gestión, interpretación y divulgación.
El patrimonio es una construcción colectiva y presente. Se antoja necesario que se recupere la memoria viva de quienes aún lo recorren día a día, porque si este Camino fue alguna vez tejido por los pasos de miles de personas, es justo que sean también sus voces las que hoy lo mantengan vivo.
*Maestra en Estética y Arte
