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    Inicio»Editoriales»Opinión»1985: Alma Colectiva
    Opinión Por David H. López

    1985: Alma Colectiva

    25 de septiembre de 2025No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Hay una verdad cruda, inscrita no en libros, sino en la memoria cicatrizada de los pueblos: la tragedia posee un poder paradoxal para unir lo que la indiferencia cotidiana mantiene separado. No es un fenómeno que se invoque con ligereza, sino una lección que se impone con la fuerza de un derrumbe.

    Bajo el antiguo mantra que susurra “no hay mal que por bien no venga” yace una comprensión profunda: de la pérdida más desgarradora puede brotar, lentamente, el germen de una humanidad compartida. México, un país moldeado por la geografía de la fractura, lleva esta verdad grabada en su historia reciente, y el ejemplo más luminoso y doloroso se encuentra en las cicatrices del 19 de septiembre.

    El terremoto de 1985 en la Ciudad de México no fue solo un evento geológico; fue un parteaguas social. Ante la magnitud de una devastación que borró edificios y vidas, las estructuras formales se desvanecieron.

    Lo que surgió de entre el polvo y el luto no fue el caos, sino una fuerza telúrica de otro tipo: la solidaridad espontánea de un pueblo que, literalmente, se arremangó para mover escombros con sus propias manos. En ese instante, las etiquetas de clase, profesión o ideología se pulverizaron. El “otro” dejó de ser un desconocido para convertirse en un brazo más, en una mano que pasaba cubetas de escombro, en un vecino que compartía el agua y el consuelo.

    La ciudadanía, en su sentido más puro, se configuró no en las urnas en ese momento, sino en la acción colectiva de rescatar, abrazar y reconfortar.

    Es imposible disociar este embrión de comunidad activa de lo que vendría después en la vida política del país. No pocos atribuyen a ese despertar cívico, forjado en la urgencia de la ayuda mutua entre colonias y manzanas, los primeros y firmes pasos de una democracia electoral que se abriría paso a partir de 1988.

    El abatimiento colectivo de 1985 sembró una semilla de incredulidad hacia las narrativas oficiales y, sobre todo, una fe renovada en el poder de la organización desde abajo. El país, tras verse a sí mismo capaz de levantarse con sus propias fuerzas, nunca más volvió a dormir el sueño profundo de la pasividad. La tragedia había revelado que la verdadera fortaleza no residía en las instituciones verticales, sino en la red horizontal de la gente.

    Por supuesto, esta reflexión no menosprecia otras tragedias regionales que han marcado a fuego distintas comunidades. El huracán Gilberto en 1988 en Monterrey, la gran inundación de 1999 en Zacatecas o el más reciente sismo del 19 de septiembre de 2017, que resonó como un eco doloroso del pasado, confirman el patrón.

    Algo tiene la catástrofe, al encararnos con la muerte y el dolor, que rasga la fina capa de la civilización y nos devuelve a lo esencial. Al ver nuestra carne vulnerable y reconocer el miedo en los ojos del otro, nos sabemos simplemente humanos, frágiles y efímeros. En ese reconocimiento mutuo de la fragilidad nace la compasión, el impulso primario de tender la mano.

    He aquí, entonces, el estrujante legado después de las 7:19 horas del 19 de septiembre de 1985: una solidaridad que no es un sentimiento débil, sino una fuerza tangible grabada en la memoria nacional. Nos dejó la certeza de que la unidad no es un eslogan, sino un acto de creación colectiva que nace cuando todo lo demás se ha derrumbado. Esa memoria, dolorosa pero poderosa, nos reclama y nos interpela en el presente: es el recordatorio permanente de que juntos, sí somos, y que unidos, sí podemos.

    Es la prueba de que nuestra mayor fortaleza se encuentra en el abrazo del otro, en ese tejido social que, forjado en la adversidad, se convierte en el cimiento más sólido para cualquier futuro.

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