El asesinato de Charlie Kirk y la subsiguiente retórica incendiaria del presidente Donald Trump en Estados Unidos, sumada a la asfixiante polarización mediática en México—donde medios alineados con el poder económico y la oposición niegan el diálogo—, no son fenómenos aislados. Son la manifestación de una pandemia global: la cultura del desprecio.
En ambos contextos, aunque distintos, se reafirma la urgencia de aprender a debatir civilizadamente. Recordemos el libro Amad a vuestros enemigos, de Arthur C. Brooks, cuyas recomendaciones pueden ser un antídoto práctico.
La restauración de la capacidad de discutir sin despreciar puede ser crucial para la consolidación de nuestras democracias o, en casos más extremos, para su mera supervivencia. El texto de Brooks va para seis años y fue escrito en un contexto donde la polarización asomaba con alevosía, aunque mucha de esa incubación se atemperó con la pandemia.
Frente a esta realidad, las ideas de Brooks emergen no como una utopía ingenua, sino como un manual de resistencia civil sumamente práctico. Su tesis central es que hemos confundido el desacuerdo, que es saludable y necesario, con el desprecio, que es el veneno que corroe los cimientos de la convivencia.
El desprecio no se limita a pensar que el otro está equivocado; implica creer que es una persona despreciable, inferior y carente de toda dignidad. Este es el combustible que alimenta los titulares amarillistas, los algoritmos de redes sociales y los discursos de odio que vemos reproducirse tanto en México como en Estados Unidos.
Ante este panorama, la propuesta de Brooks comienza por una autocrítica individual. Nos invita a reconocer nuestro papel como consumidores en la “economía del odio”.
Cada vez que clickeamos con rabia un contenido que nos indigna, que compartimos un meme que ridiculiza al otro bando, o que nos enganchamos en una discusión virtual destinada a humillar y no a persuadir, estamos financiando con nuestra atención el mismo negocio tóxico que dice representarnos. El primer paso, por tanto, es un acto de voluntad personal: dejar de ser cómplices. Debemos desconectarnos de los mercaderes del conflicto y negarnos a replicar sus narrativas deshumanizantes, especialmente en momentos de alta tensión tras tragedias como la reciente en Estados Unidos.
Pero Brooks no se queda en la negativa. Su verdadero aporte está en las acciones afirmativas. La más revolucionaria, y quizás la más difícil, es buscar activamente el encuentro con quien piensa distinto. No se trata de una batalla dialéctica para ganar, sino de una conversación genuina para entender. Este acto de curiosidad voluntaria es un antídoto directo contra la deshumanización, porque restaura la historia personal detrás de la etiqueta política.
Finalmente, Brooks aboga por disentir con dignidad. Esto significa separar firmemente las ideas de la persona. Podemos y debemos defender nuestras convicciones con pasión y con datos, pero atacando los argumentos y nunca la dignidad inherente del otro. Es la diferencia crucial entre decir “su propuesta me parece inviable por estas razones” y proclamar “son unos elitistas que no les importa el pobre”.
La primera fórmula permite el debate y hasta la persuasión; la segunda solo profundiza la herida y garantiza una escalada del conflicto. En sociedades donde la palabra “enemigo” ha reemplazado a la de “adversario”, recuperar este arte de la discrepancia respetuosa es un acto de valentía cívica.
El camino fácil es el del insulto, que solo conduce al abismo. El camino difícil, el de la cordura, es el que construye sociedades resilientes. Arthur C. Brooks no nos pide que abandonemos nuestras convicciones, sino que las defendamos de una manera más inteligente, eficaz y, en el fondo, más humana.
En un momento donde la democracia en ambas naciones parece jugarse su futuro en el campo de batalla del discurso público, seguir manuales como este ya no es una opción filosófica. Es una necesidad práctica para la mera supervivencia de nuestro proyecto de vida en común.
