El sorteo nacional del azar
Según la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, se puede ser mexicano por nacimiento o por naturalización; es decir, los mexicanos nacen o se hacen. Nacer mexicano implica tener padres mexicanos o nacer en alguno de los bonitos estados que integran el país. Se puede nacer hidrocálida, norteño, campechana, chilango o, en una de ésas, hasta zacatecano.
Teniendo la suerte de haber nacido en el país y, además, en Zacatecas, se puede nacer y crecer dentro de un hogar nuclear, compuesto, ampliado o no familiar. Con un poco de suerte, se puede nacer perteneciendo a la clase alta, si no, ya de perdido a la media; o ya de plano, si no favorece el sorteo nacional del azar, pues a la baja. Para hacerse mexicano hay que casarse con alguien que haya nacido en México y de quien quizás, en una de ésas, hasta pueda enamorarse.
A algunos mexicanos les gusta enamorarse, así como en las películas extranjeras en las que se aprende cómo encontrar una mujer bonita soportando juntos hasta que se hunda el barco o viviendo muchas veces el mismo día.
Los mexicanos que se casan hacen fiestas de acuerdo a las tradiciones del estado, hogar y clase social en la que se nació. A veces dan caldo de gallina, otras veces mole, asado de boda con frijoles y arroz o algún exquisito platillo francés de difícil pronunciación.
La comida suele ir acompañada de algún destilado o fermentado local, nacional o extranjero que también dependerá de las mismas suertes de las que depende todo lo anterior, mientras quizás se escuche un conjunto norteño, una bocina con Bluetooth o un quinteto clásico de cuerdas.
Una vez matrimoniados o no, los mexicanos nacidos o hechos pueden dedicarse a tener hijos, a trabajar, a buscar el éxito en la vida o ya de perdido a administrar las empresas familiares. Tener un modo honesto de vivir según, claro, la moralidad en turno, también es requisito para ser mexicano.
Ser un mexicano que vive de manera honesta implicaría no faltar a los mandamientos del sorteo nacional del azar, si es que se cree en eso, y si no, pues ya de perdido ser éticos y civilizados con el resto de habitantes del planeta, mexicanos o no.
Los que no son mexicanos son extranjeros y por alguna razón ligada también a la predestinación tienen algo de extraños enemigos que no comparten con el resto, a menos por supuesto, que se hagan mexicanos y entonces ya aguantan vara.
Muchos mexicanos emigran a otros países porque el sorteo nacional del azar no les favoreció tanto. Casi siempre se van a los otros estados unidos que salen en las películas extranjeras en las que se aprende cómo enamorarse y, si las cosas van bien, también allá se hacen ciudadanos, residentes o de perdido, habitantes.
Si las cosas van mal, entonces alguien los deporta y los regresa a su rancho porque allá son extranjeros y por alguna razón ligada a la predestinación tienen algo de enemigos y extraños que no comparten con el resto; sin embargo, aguantan vara.
Oficialmente mandar dólares a México también es un modo honesto de vida, lo de menos es donde se esté viviendo. Allá, a algunos mexicanos y extranjeros les dicen frijoleros nomás por lo que dan de comer, a veces, en sus bodas.
Una vez habiendo nacido o habiéndose hecho naturalmente mexicano, hidrocálida, norteño, campechana, chilango o hasta zacatecano matrimoniado o no, emigrado o no, de clase baja, media o ya de perdido alta, con hogar nuclear, compuesto, ampliado o no familiar, de acuerdo al sorteo nacional del azar, es por fin posible saber qué se es y qué no.
Ser de algún lado ayuda a saber a dónde se pertenece y a dónde no para, de perdido, poder sentir algo de orgullo porque luego, si no sé es de ningún lado, hay riesgo de convertirse en extraño enemigo. Al parecer, no se puede ser todo en la vida ni de todos lados. Lo que sí se puede es gritar con orgullo lo que tocó en el sorteo nacional del azar, tal como queda claramente establecido en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
