Hacer como si
Los escenarios son espacios destinados a la representación, es decir, a hacer presente algo que antes existía solo en la imaginación. Puede haber puestas en escena teatrales, musicales y hasta políticas. Para poder representar algo teatralmente hay que actuar y utilizar el cuerpo, los gestos y otros instrumentos o vestuarios que ayuden a hacer creíble lo que se pretende mostrar. Algunos teatros tienen tarimas, proscenio o telones, otros solo necesitan el piso y mucha imaginación para recrear la escena y hacer que las cosas sucedan.
En general, todos los actos protocolarios son representaciones simbólicas de algo que necesita la imaginación para hacer como si estuviera sucediendo algo detrás de lo aparente. Las graduaciones, premiaciones, honores a la bandera y hasta las cenas románticas tienen mucho de teatral. Ni hablar de las religiones y el misticismo, que exigen una imaginación tan desbordada que roza el delirio colectivo para creer que mágicas manos invisibles mueven los hilos de la vida.
Esa misma teatralidad se extiende a lo cotidiano, la calle es un gran escenario donde actores y espectadores son los mismos. Fingen no darse cuenta de que actúan y, solo por eso, ya merecerían un Óscar. Todo parece tan natural como el jugo verde y la granola. Casi siempre se está actuando, incluso frente al espejo. Los ojos que miran ahí no son ojos neutrales sino el papel interiorizado en la mente de quien se refleja. Ser ciudadano, de algún modo, es meterse en el papel que le tocó según el lugar que le asignó el sorteo nacional.
En el escenario político siempre hay buenos contra malos y no necesariamente por la calidad de sus acciones, sino por el papel que les haya tocado interpretar en esa escenificación llamada bendita democracia. Unos son los que gobiernan y casi siempre se equivocan ante el público exigente. Espectadores y gobernados son los que se quejan y que también quisieran estar gobernando, pero no les queda de otra más que evidenciar las torpezas de los que fingen no tenerlas. Un público ávido de incidir en sus propias decisiones aplaude o abuchea según le convenga ejecutar para su propia interpretación.
Los escenarios suelen estar elevados para hacerse visibles, porque a ras de suelo todo se confunde con lo cotidiano. A los grandes actores no les gusta que no los tomen en cuenta porque para eso está la aburrida vida real. Es difícil imaginar a políticos, cantantes, actores, famosos o religiosos santiguados caminando a pie. Al parecer, ellos están predestinados al escenario principal, mientras el resto solo actúa como reparto.
Los proscenios permiten distinguir a unos de otros exaltando las diferencias para saber a quien dirigirle los aplausos, abucheos o de plano desairarles.
Todos los actos místicos, simbólicos, espirituales e incluso los artísticos requieren que el espectador se la crea y haga como si lo que sucediera no fuera actuado. La simbología, en ese sentido, quizás sea una herramienta para expresar en escenarios determinados lo que de otro modo sería difícil entender. Se necesita compartir significados para saber lo que sucede en ciertas representaciones. Ser normal consiste en coincidir en símbolos con otros, aunque esos mismos códigos resulten incomprensibles en escenarios distintos.
Lo que es normal en una representación no lo es tanto en otra. Es ridículo vestir toga, corbata o túnica en cualquier otra representación que no lo tolerara, aunque ya viéndolo bien de todos modos lo es.
La actuación entonces quizás sea mucho más ordinaria de lo que pudiera pensarse. Escenificar es el verbo favorito de los que viven en sociedad. “Hola yo soy fulana de tal y me dedico a representarme a mí misma, estos son mis gustos y éste el vestuario que utilizo para engañar de la manera más natural posible. Soy actriz de reparto en esta gran obra llamada vida cotidiana”. Quizás sea difícil dejar de andar al ras del suelo en la gran teatralidad del mundo, pero toda función política, religiosa, cívica o hasta romántica depende siempre de lo mismo, fingir lo más naturalmente, pero con mucha imaginación.
