Esta tarde vi llover (1)
“La experiencia siempre ha demostrado que jamás suceden bien las cosas cuando dependen de muchos” (Nicolás Maquiavelo).
En días pasados, el 4 de agosto para ser más exactos, la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la publicación del decreto por el que la jefa del Ejecutivo Federal crea la pomposa Comisión Presidencial para la Reforma Electoral.
Para coordinar los trabajos de esta reformita, se nombró a Pablo Gómez como titular de la comisión y se hicieron diversos planteamientos acerca de la manera en que se llevará a cabo la discusión de los temas que el país requiere con urgencia: partidos políticos, financiamiento, eliminación de las diputaciones de representación proporcional, etcétera. O sea, pan con lo mismo.
Para ello se elabora una ruta crítica que va de debates, conferencias, reuniones y demás actos, para que la ciudadanía (sic) participe con sus propuestas. Porque para que el país avance recordemos: Primero los Pobres.
Así, lejos de hacer un planteamiento serio y completo, nos debemos contentar con otra maquillada más a la legislación electoral. Y surge la pregunta: ¿para cuando la Reforma de Estado? Porque las reformitas electorales que se proponen no resuelven el problema de fondo, es decir, las modernas formas del quehacer políticos e instituciones democráticas para el siglo 21.
Hace muchos años, en la década de los 90 del siglo pasado, debatimos -me incluyo- en diferentes partes del país, la necesidad de combatir la simulación política del PRI, las formas en que se ejercía el poder por parte del partido hegemónico.
Muchas conclusiones obtuvimos del debate entre expertos en constitucional, ciencia política, sociología, derecho electoral, para proponer que el sistema presidencialista seguía, y sigue, siendo un lastre para millones de mexicanos.
Vimos la posibilidad de avanzar hacia un sistema de gobierno semi presidencialista con un Ejecutivo de dos cabezas: jefe de Gobierno y jefe de Estado. Un jefe de Gobierno emanado del parlamento que debatiera, entre pares, con la oposición.
Se propuso la reducción del Congreso y, algunos incluso, demandaron la desaparición del Senado por ser una cámara que solo mantenía a políticos parásitos que en nada contribuían a la gobernabilidad. Pero los partidos políticos, alentados por imponer a sus familiares en el Congreso, aumentaron el número de senadores, de 64 a 128. ¡Qué poca!
Además, encontramos que un gran número de senadores son familiares de políticos, debidamente acomodados para recibir una beca por seis años, sin el menor rubor. Tal desparpajo es el resultado de una clase política que carece de clase.
No, estimada presidenta. Lo que el país necesita con urgencia es una cirugía mayor de sus instituciones, no se trata de curar el cáncer con mejoralitos, es imprescindible que usted, definida como persona de izquierda, inicie los trabajos de la Reforma de Estado, que incluya -obviamente- la reforma electoral.
Debemos ser radicales, ir a la raíz de los problemas. Y nuestra patria ocupa hoy más que nunca cambios radicales en el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. ¿Está usted de acuerdo en que el Congreso siga siendo un espectáculo bochornoso? ¿Acaso no es necesario cambios profundos en las relaciones políticas al interior de la Cámara de Diputados? ¿Se debe permitir que personajes de la fauna priísta y panista, confundan el debate con la barbajanería? No. Si un representante del partido que sea, insulta o provoca actos propios de un porro se debe de imponer una sanción ejemplar, desde la suspensión hasta el retiro del cargo. Porque México necesita debate de altura y no payasadas como la de los representantes del PRIAN. ¡Basta ya de un Congreso convertido en zoológico! Queremos una Reforma de Estado y no reformitas electorales (Continuará).
