El café como pretexto
Las prisas de la vida diaria poco permiten tomar tiempo y detenerse. La velocidad y la rapidez se han convertido en atributos que caracterizan las vidas urbanas en las que al reloj siempre le falta más de lo que le sobra. Sin embargo, entre el apuro cotidiano y las productivas rutinas adultas existen espacios en los que aparentemente se venden tazas de café, pero que en realidad se rentan solo para poder estar y pausar un poco al tiempo.
Un café se convierte en la excusa para sentarse a disfrutar de una charla, para hacer planes, intercambiar chismes o tener encuentros furtivos hasta consigo mismo. Adentro de los establecimientos de café los relojes avanzan distinto. Afuera corren. El ambiente producido ralentiza las revoluciones por minuto requeridas para vivir.
El calor del café ofrece un apapacho disponible casi en cualquier esquina y adaptable al presupuesto del consumidor como cualquier otro producto comercializable. Habrá quienes lo prefieran solo o quienes lo acompañen con tanta leche, azúcar y otros añadidos, que termine sabiendo a todo menos a café.
Sin embargo, tomarse un café se ha vuelto cultural tanto por los efectos que causa la cafeína como por lo que sucede mientras se convierte en el pretexto. Se bebe café para despertar, pero también para imaginar y poner atención a lo que en otros lugares y momentos no se puede. Los detalles siempre están ahí, pero salen más fácil a relucir en cada sorbo.
Dicen que los cafés están llenos de intelectuales, bohemios y gente de negocios, la verdad es que eso no es necesariamente cierto a menos, por supuesto, que entre ellos mismos se la crean. Puede que haya temas que sea mejor tratar en un café, pero también puede que sea de esos lugares en los que está socialmente aceptado quedarse callado y no se necesita decir nada.
El sonido del choque entre la taza, el plato y alguna cuchara ridículamente pequeña hacen las veces de sonido ambiental que bien pueden acompañarse de jazz, folk, blues o algo lo suficientemente sofisticado como para no ponerlo en los camiones urbanos. Hay algo de teatralidad en los cafés hasta para levantar la taza, algo podrá saberse de la gente por cómo los bebe, principalmente claro, que les gusta mucho el café.
A los cafés se puede ir a hacer la tarea, leer una novela o a escribir tesis que nadie va a leer a menos que sea por tarea. En los cafés se puede ir a verle los ojos a la gente mientras se habla de todas esas cosas demasiado importantes como para mandarlas en un mensaje de texto.
También se puede asistir para conocer mejor a esas personas que se dicen cercanas, para ponerse al día y hasta para contarse secretos que funcionen para estrechar lazos semi voluntariamente.
Un café es el espacio ideal para tener citas románticas o de negocios, precisamente, porque ambas opciones son intercambios que ameritan convencer al otro de que su inversión vale la pena. La concentración que aporta la cafeína sirve para imaginarse futuros posibles sobre cualquier actividad que ahí se haga.
Lo de menos es conocer todo el proceso que permiten llevar el café a la boca. La cosecha, el secado, el tueste, la molienda, la extracción y todos esos detalles alrededor del café son datos que poca utilidad pueden aportar a la vida. Por eso son importantes.
La estancia en el mundo podría transcurrir descafeinada y sin el engaño que quizás permita la autoexplotación producida por estimulantes como el café. Sin embargo, tampoco hay garantía de que fuese mejor.
El amargor, acidez, cuerpo, consistencia y notas de diferentes sabores en el café son un lujo que no cualquier paladar puede permitirse, precisamente, por lo costoso que resulta detenerse. Las pausas son un lujo. En un mundo de prisas, mensajes de texto y miedo a la soledad se puede prescindir del café. Es innecesario. Quizás precisamente en eso radica su principal importancia.
