Aunque lo quieran o no
“Salió más caro el caldo que las albóndigas” (Refrán Mexicano).
Las ferias son eventos que se celebran en todo el planeta y planetas circunvecinos, para que la plebe se divierta y se ponga hasta el gorro, bajo el sobrado pretexto de que al cuerpo hay que darle lo que pida.
Nuestro país está lleno de estos eventos, donde destacan algunos estados por la tradición de sus convivios. Ahí tenemos la clásica Feria de Aguascalientes, también conocida como la Feria de San Marcos que, según datos históricos se celebra desde 1812, para festejar al santo patrono de la ciudad, el evangelista San Marcos.
O sea que, las ferias, por regla general, son una mezcla de celebración religiosa con el desmadre propio del cuerpecito humano. Porque no todo es cuestión de rezos. Si a San Marcos le gustaba o no el reventón y si se peleó gacho son Simón Pedro (no el que ustedes conocen) es cosa que no nos ocupa en esta columnilla.
Lo importante es que la feria nació con fines esencialmente comerciales, para ofrecer el ganado y los productos de la región y de pasada para acordarse del primer obispo de Alejandría, según los relatos bíblicos.
Total, que la feria de aguas se replicó en otros estados y hoy en día no hay un espacio en el calendario para organizar ferias o fiestas para recordar al santo de cabecera y echarse la marranilla más sabrosa entre pecho y espalda. El asunto tiene que ver con el negocio. Y ustedes verán, sabios lectores y lectoras, como en cada feria siempre llegan los mismos negocios para ofrecer, desde comida y juegos para la chiquillada, hasta ropa made in China, sin faltar los famosos gritones que cuanto desmadre arman con el ofrecimiento de cobijas, productos de cocina y más.
No dejamos de lado la organización de corridas de toros, donde hay más ganado que gente, porque ya casi nadie pela estos bochornosos espectáculos, por la falta de figuras y ganaderías de prestigio.
Total, que la feria de nuestra ciudad, que se convirtió en nacional a partir de 1970, inicia con el nombramiento de la reina (sic) y las salutaciones de algún cantante que tuvo éxito hace unos 40 o 50 años.
Luego comienzan las actividades del palenque, donde lo de menos son los pinches gallos que se la rifan bien y bonito, para dar paso a algún cantante de moda y, lógicamente, y es aquí donde la feria es principio y fin, damos paso a tirar la lana en la compra de algunas botellas de bebidas punzo cortantes, hasta que el cuerpo comience a retorcerse de la méndiga ingesta de alcohol, huachicoleado de alguna destilería clandestina, vendido a precios de la mejor champaña francesa.
Pero al pueblo pan y circo
Por cierto, algunos paisanos me preguntaron del pan Lulú y la neta no supe qué responder, porque no acostumbro ir a esos lugares de mala muerte.
Pero preguntando se llega a Roma y, 65 por cientos de ciudadanos a los que encueste me comentaron que es un pan de lo más horrible que han ingerido; 30 por ciento respondió que es un refresco y se llama Lulú Reyna y el restante 5 por ciento contestó que está mas o menos digerible. En fin, que bueno que no comí esa madre.
En general la feria tuvo lo mismo de siempre, o sea, que la tradición se cumplió. Música para los que gustan de los tamborazos y gritos desde el fondo del alma y la billetera, pisto hasta para regalar, pero para puros cuates porque el negocio solo es de unos cuantos y son muy poquitos, juegos para los escuincles molones, exposición ganadera (resic) y mucha pinche piratería para quien tuvo billete para pagar el reducido espacio que le tocó.
Y si hubo madrazos de la poli a la raza y al revés, pues es por la calentura del pisto. Todos se ponen hasta el cepillo, porque la feria es de todos. Y si algunos se quejaron que les decomisaron su pisto, porque llegó a la feria a darle gusto al cuerpo, no chillen.
Recuerden que es negocio de unos cuantos y sí, son muy poquitos los que le echaron buen billete a la cartera sin despeinarse. Así son, dijeron algunos, las ferias del siglo 21. ¡Chale!
