Por años uno de los temas que me han causado obsesión es el despliegue de narrativas y la competencia de todas ellas entre los principales rivales políticos que las utilizan propagandísticamente.
Desde que conocí el concepto “narrativa pública” acuñado por el académico de Harvard Marshall Ganz —lustros antes de que la conciencia de su existencia y su uso se generalizaran en México—, el tema me ha causado fascinación por la capacidad que podemos desplegar para contarnos muchas versiones de un mismo suceso, idea, movimiento, personaje…
Ahora el algoritmo nos instala en otra era, la de la posverdad, donde elegimos procesar información que vaya acorde a lo que hemos decidido creer. ¿Y qué con “la verdad”? No importa mientras estemos a gusto.
De eso tiene la culpa la Inteligencia Artificial que, acompañando a las redes sociales, nos despliega solo la información que nos interesa por afinidad, no por curiosidad honesta. Se pone peligroso, ya que la polarización está resultando como producto de vivir en esa burbuja informativa que nos ha procurado el algoritmo.
Algo así como lo que sucedía hace siglos antes del surgimiento de las grandes ciudades. La información se tribalizaba, se confinaba a la verdad que nos dictaba nuestro mundo pequeño y en razón de eso, confirmábamos la pertenencia a un grupo, a una tribu.
La burbuja de las tribus se rompió cuando las grandes poblaciones emigraron a ciudades y la información se generalizó en función de veracidad y circulación… o al menos eso creímos.
Hoy somos muy citadinos, pero solo atendemos a la narrativa de nuestra tribu virtual. Aterrador.
Paradójicamente, uno de los respiraderos que nos hacen asomarnos, siquiera un poco, son los grupos de WhatsApp donde formamos parte de agrupaciones con otras afinidades, pero no necesariamente con sesgos ideológicos, sino con otros intereses.
El mejor ejemplo son los grupos de vecinos donde circulan opiniones políticas y religiosas de todo tipo y donde, con mayor o menor frecuencia, se dan discusiones que llegan a subir de tono.
Pero aún en esos casos nos regresamos a la burbuja, porque cuando el vecino B con quien no solemos estar de acuerdo en lo político u otros temas, manda una liga, archivo, meme o cualquier tipo de material, decidimos pasarlo de largo. Quién sabe, tal vez debamos darnos una vuelta por esos contenidos para confrontarnos, aunque sea por casualidad, con puntos de vista opuestos al nuestro.
Sin embargo, el impulso humano —o tal vez la pereza cognitiva— nos lleva a preferir la comodidad del eco antes que el desafío de la discrepancia. Nos hemos convertido en arquitectos de nuestra propia prisión ideológica, sin darnos cuenta de que al bloquear lo distinto, también bloqueamos la posibilidad de crecer, de entender, de empatizar. La burbuja no solo nos aísla del otro; nos empobrece por dentro.
¿Qué hacer entonces? No se trata de renunciar a lo que creemos, sino de recordar que la certeza absoluta es, en el fondo, una fantasía. La inteligencia crítica nace del contraste, no de la repetición. Si solo escuchamos lo que ya sabemos, ¿para qué queremos oídos?
Tal vez lo que ahora necesitamos es una desintoxicación periódica de nuestras convicciones; no para renunciar a ellas, sino para ponerlas a prueba. Como quién abre la ventana después de días encerrado, se trata de ventilar la mente.
Empecemos en pequeño: leer un artículo de quien piensa distinto, escuchar un podcast que desafíe nuestros supuestos, preguntar —desde la honestidad, no desde la confrontación— por qué alguien cree lo que cree. No para convencernos, sino para comprender. No para cambiar de tribu, sino para recordar que detrás de cada postura hay una historia, un miedo, una esperanza.
No es fácil. Duele salir de la zona de confort, pero duele más vivir en un mundo que se encoge día a día por nuestra propia voluntad. Si el algoritmo nos encierra, seamos nosotros quienes, a propósito, abramos la puerta.
Al final, la verdad no es un territorio que se posee, sino un horizonte al que nos acercamos entre todos, incluso —sobre todo— con quienes no están en nuestro mismo mapa.
