Entre el dolor y la indignación
Desafortunadamente, en nuestro país no han sido pocos los casos en que representantes populares han perdido la vida en el ejercicio de su cargo. Lo que ha acaparado cierta notoriedad en los últimos años es que muchos de esos representantes habían iniciado una especie de vida pública que buscaba romper con el estatus quo de algunas situaciones, particularmente en lo relacionado con la violencia o el crimen.
El sábado por la noche nos sacudió la noticia del homicidio –en plena actividad pública y a pesar del escudo de seguridad que lo acompañaba– del presidente municipal independiente de Uruapan, Michoacán, Carlos Alberto Manzo Rodríguez.
El correr como pólvora de distintos elementos informativos alrededor de su crimen generaron un halo de dolor e indignación en las redes sociales, con un amplio reclamo a los gobiernos.
A partir de la noticia de su deceso, arreció la presencia en redes sociales y en aplicaciones de mensajería instantánea distintos fragmentos de notas en las que el fallecido alcalde michoacano hace referencia a temas como seguridad, grupos de la delincuencia organizada y formas de ejercer el gobierno.
Casi en la totalidad de los videos que consulté existían recientes comentarios de condolencias, frustración y rabia contra las situaciones que vivimos todos los días en diferentes partes del país, que nos han arrebatado la certeza de vivir seguros. Muy por el contrario, pareciera que ya nos acostumbramos a vivir con la presencia de escenas inhóspitas y hasta dantescas en las que la vida humana es el bien más simple y abaratado.
No cabe duda que el homicidio de Manzo generó una andanada de expresiones de distintos actores gubernamentales en los que el común denominador es la “condena” del hecho y la exigencia de justicia.
Pero en la sociedad pareciera que lo que importa es personalizar la tragedia y ponerle nombre y apellido -el que usted quiera- a las fallas del sistema de gobierno que expusieron la vida del presidente municipal de Uruapan y, en ese sentido, ser la vía de canalizar el dolor que asalta a la opinión pública por las características del homicidio.
Por otro lado, esa misma opinión pública ha manifestado de distintas formas la indignación por el hecho, considerando la naturaleza de lo que vive aquella entidad federativa y el rol que han jugado los distintos ámbitos de gobierno en la lucha contra las fuerzas que viven en la ilegalidad y que, bajo el uso de la violencia y el poderío de las armas, han sembrado el miedo y la zozobra en distintas franjas del territorio nacional.
Seguramente en los próximos días iremos conociendo avances de la investigación que realicen las autoridades responsables de dar con los autores intelectuales del crimen; me parece que eso (salvo su mejor opinión, por supuesto) irá aclarando el panorama respecto de un aumento o disminución del dolor y la indignación por el crimen, amén del actuar que se vaya dando en todos aquellos involucrados en los gabinetes de seguridad en lo local y en lo nacional.
La tragedia del alcalde Carlos Manzo nos debe llevar a reflexionar los tiempos que vivimos y qué hacemos como sociedad para evitar que en los próximos años pululen más hechos violentos que definan la vida pública del país; más allá de las responsabilidades gubernamentales, es claro también que necesitamos funcionarios públicos que asuman con talante y compromiso su papel (no solamente en temas de seguridad, sino en todos los tópicos públicos) de funcionarios que día a día lleven a cabo sus responsabilidades.
No podemos ni debemos vivir episodios en los que el dolor y la indignación se hagan presentes porque estamos sumidos en una espiral de ausencia de seguridad y de efectividad del estado, que ha llevado a algunos sectores a hablar del ente nación como algo “fallido”.
El lamentable y triste deceso de Carlos Manzo nos debe llevar del dolor y la indignación a la acción, a la acción pública, a la acción colectiva, con la plena confianza de que los gobiernos saben lo que significa atender la responsabilidad pública de dotarnos de seguridad, pero, sobre todo, de tranquilidad.
*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Administración Pública, UNAM
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