Sobre orejas y disfunción social
Dicen los que estudian evolución que la función hace al órgano. Que la vida se escribe en el cuerpo como quien talla una piedra: insistiendo. Que cada parte sirve hasta que deja de funcionar y entonces se marchita, se encoge o se disfraza para parecer importante. Las orejas, por ejemplo, comenzaron siendo embudos sutiles, delicadas trampas para ondas sonoras. Luego, como todo lo útil, fueron convertidas en soportes para aretes de diseñador, para arracadas brillosas o para broquelitos breves. Cualquier cosa que las distrajera del aburrido oficio de escuchar. Con la nariz, la lengua, los ojos y las demás piezas del rompecabezas humano pasó exactamente lo mismo, las funciones biológicas quedaron delegadas por las sociales.
Los cuerpos tonificados, esculpidos casi con devoción, tienen el mismo destino. Son templos que no albergan ningún dios, pero sí culpas, disciplinas y perseverancias ajenas. Tienen una utilidad estética que a veces sirve para cargar garrafones de agua, pero sobre todo para exhibirse como postales de un mundo que confunde bienestar con aprobación y músculo con virtud. Cada uno, sin saberlo, ensaya su papel en un gran teatro donde los cuerpos se agrupan para formar órganos sociales hechos de tejidos tensos que respiran, se inflaman, se fatigan o se pudren al ritmo de las necesidades del ambiente. Allí, las vocaciones se vuelven anécdotas, y las inclinaciones personales, accidentes. Lo que vale es la función asignada, la que conviene, la que sostiene.
La metafórica sociedad tiene manos reales, millones. Manos que venden su fuerza por monedas que apenas alcanzan para prolongar su desgaste. Manos que levantan ciudades que nunca podrán habitar y que empujan máquinas sin saber si las máquinas las empujarán de regreso. La sociedad también presume una cabeza, por supuesto. Una especie de órgano que sueña con la razón, la palabra y la autoridad. A veces se elige, otras se hereda y algunas más simplemente aparece porque no pudo evitarse. En ésta se acomodan intelectuales, artistas y políticos que juran lubricar las ideas colectivas para que todo funcione mejor. Basta abrir una ventana, física o virtual, para admirar su impecable eficacia. Basta cerrarla de inmediato para evitarse la náusea.
Sin embargo, los roles sociales tienen poco de natural. Son trajes que se ajustan según el clima, la época o el capricho del mercado. Se aprenden por repetición, convivencia, educación o, cuando no queda más remedio, por necesidad. En un mundo que ha puesto precio incluso al aire respirable, cada quien practica no lo que ama, sino lo que más deja. Si no fuera así, habría médicos cantando en teatros, periodistas escribiendo versos recordables y políticos ejerciendo alguna utilidad. Pero todo es más sencillo, la sociedad camina con las manos porque los pies han decidido soñar con ser cabeza.
No es que el cuerpo social esté atrofiado, es que se ha vuelto experto en justificar la disfunción de algunos de sus órganos. Por costumbre, por inercia o por fe cívica, las administraciones públicas fungen como sistema nervioso central. Se les pide que sientan, interpreten y decidan. Ellas responden con trámites, sellos, comités y resoluciones que circulan con la velocidad de un coágulo atorado. Al resto de los órganos no les gusta demasiado, y por eso bloquean las avenidas, bulevares y cierran arterias, elevan la temperatura del cuerpo. La fiebre intenta expulsar a los parásitos, pero termina quemándolo todo. La burocracia no es alivio, es congestión.
Los seres vivos se adaptan porque no les queda de otra. Y adaptarse, dicen los que hablan de evolución, no siempre es mejorar, es más bien sobrevivir lo suficiente como para seguir adaptándose. En ese sentido, funcionar no es avanzar, sino no andar estorbando tanto. Hay órganos que se fortalecen solo para justificar su presencia; otros se atrofian porque ya nadie recuerda para qué servían. En el cuerpo social, la memoria es un músculo que se ejercita poco, y la voluntad, el resto de algún órgano que dejó vestigios.
Las orejas, por ejemplo, siguen ahí, conduciendo sonidos hasta el centro del oído, donde se procesan y se transforman en ideas que luego serán ignoradas por la administración de todo el sistema. Mantienen la forma cónica, no para escuchar mejor, sino para distinguir lo que no es ruido, para no tener que asumirlo. Luego pueden perforarse, mutilarse y cubrirse de adornos, después de adornarlas, lo de menos es la función. Cada órgano cumple su papel, servir mientras se pueda, fingir mientras funcione y adornarse cuando ya no pueda evolucionar.
